Miguel Delibes conoció a Elisa de Castro en Valladolid a mediados de los años cuarenta. Él, un joven periodista que empezaba a despuntar en El Norte de Castilla tras su paso por la Marina, quedó impresionado por la serenidad y la inteligencia de Elisa, que venía de una familia vallisoletana discreta y muy respetada. Los amigos que los vieron juntos desde el principio recuerdan que Delibes, habitualmente reservado, parecía transformarse a su lado: “Miguel, que solía hablar bajito y con pocas palabras, se volvía dicharachero cuando aparecía Elisa”, contaría años después un compañero de redacción.
Se enamoraron rápido y sin grandes alardes. Delibes, que nunca fue amigo de ostentaciones, le pidió matrimonio de manera sencilla, casi tímida. Eligieron casarse en 1946 sin ceremonia lujosa, sin traje de gala ni velo blanco: fueron al registro civil vestidos con ropa de calle. De hecho, esa boda austera ha quedado como una de las imágenes más entrañables de su historia: él, en americana y corbata modesta; ella, con un abrigo sobrio y el cabello suelto, caminando juntos como dos personas que se eligen sin necesidad de ornamentos.
Años más tarde, Delibes confesó que el verdadero sostén de su vida fue Elisa: “Mi mujer ha sido el motor silencioso de todo lo que he escrito”, dijo en una entrevista. Tras la muerte de Elisa en 1974, el escritor quedó profundamente afectado; de ese dolor nacerían obras como Señora de rojo sobre fondo gris, donde dejó entrever su duelo y su gratitud. Sus hijos también han contado que Elisa le leía en voz alta los borradores, le señalaba frases torpes y lo animaba cuando dudaba de su talento.
Una anécdota especialmente recordada ocurrió durante un paseo por el campo: Delibes, gran amante de la naturaleza, señalaba a los pájaros con entusiasmo, y Elisa, que compartía su pasión, le respondió: “Miguel, a veces creo que amas tanto a los pájaros porque te devuelven el silencio que buscas”. Esa frase, según contaron sus amigos, lo acompañó siempre.

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