Mira, todo esto de los trenes no empezó como algo romántico ni épico, empezó por pura necesidad práctica: sacar carbón de las minas. En Inglaterra, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, las minas producían muchísimo carbón y había que moverlo rápido y barato hasta los puertos o las fábricas. Al principio usaban vagones tirados por caballos sobre raíles de madera o hierro. Era básicamente logística minera mejorada. Nada glamuroso.
Ahí es donde entra Richard Trevithick, que era un tipo bastante atrevido. A principios de 1800 se le ocurrió meter una máquina de vapor de alta presión encima de un vehículo con ruedas y hacerlo correr sobre raíles. En 1804 hizo una prueba en Gales: su locomotora logró arrastrar varias toneladas de hierro y hasta pasajeros curiosos. El problema era que pesaba tanto que rompía los raíles. O sea, la idea funcionaba, pero la infraestructura todavía no estaba lista. Trevithick era brillante, pero no siempre supo convertir sus inventos en negocios sólidos.
Después llegó George Stephenson, que sí tenía más olfato práctico. Él también empezó en el mundo de las minas de carbón. Mejoró el diseño de las locomotoras y, poco a poco, logró que fueran más fiables. En 1825, en la línea Stockton-Darlington, pasó algo histórico: se hizo una demostración pública donde una locomotora arrastró vagones cargados de carbón… y también un vagón con pasajeros. Más de 400 personas se subieron, algunas en un coche adaptado y otras literalmente sentadas en vagones abiertos. Fue como decirle al mundo: “Oigan, esto no es solo para carbón, esto puede mover gente”. Y ahí cambió todo.
Pero claro, no todo el mundo estaba encantado. En el siglo XIX había mucho miedo a la velocidad. Imagínate: personas que nunca habían ido más rápido que un caballo de pronto viajando a 30 o 40 km/h. Algunos médicos y “expertos” decían que el cuerpo humano no estaba hecho para eso. Se hablaba de que tanta velocidad podía provocar trastornos nerviosos, problemas respiratorios e incluso dañar la vista porque el paisaje pasaba demasiado rápido. Había quien pensaba que los ojos no podrían procesarlo y acabarías medio ciego.
Y lo de los soldados es buenísimo (visto desde hoy, claro). Algunos críticos decían que si los militares viajaban en tren en vez de marchar largas distancias, se volverían blandos, menos resistentes, incluso “afeminados” porque no endurecerían el cuerpo con caminatas forzadas. Como si la disciplina dependiera exclusivamente de ampollas en los pies.
También había miedo moral y social: que mezclar clases sociales en un mismo vagón fuera peligroso, que las mujeres viajaran solas, que el humo fuera tóxico… Vamos, cada nueva tecnología importante tiene su club de catastrofistas.
Al final, el tren no dejó ciego a nadie por mirar por la ventana ni convirtió a los soldados en poetas delicados. Lo que hizo fue acelerar la industrialización, cambiar el comercio, acercar ciudades y transformar la manera en que la gente entendía el tiempo y la distancia. Lo que empezó en túneles oscuros llenos de carbón terminó redibujando el mapa del mundo moderno. Y todo porque alguien pensó: “¿Y si en vez de caballos… ponemos vapor?

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