miércoles, 11 de febrero de 2026

La relación del hombre medieval con su propio cuerpo.

 


En el scriptorium, la luz de la tarde cae oblicua sobre los pergaminos. Adso observa a su maestro con inquietud mientras este limpia cuidadosamente una lente de aumento.

ADSO: Maestro, me atormenta una cuestión… Vos decís que para comprender nuestro tiempo debemos entender cómo los hombres miran el mundo. Pero ¿cómo miran el cuerpo? Parece que lo temen más de lo que lo aman.

GUILLERMO: (sonríe levemente) Lo temen porque lo aman, Adso. Y lo aman porque lo temen. El cuerpo es el recordatorio constante de nuestra caída. En él se manifiesta el deseo, la enfermedad, la corrupción… y también la belleza de la creación. Esa ambigüedad inquieta a los hombres.

ADSO: ¿Y los leprosos, maestro? Muchos dicen que su carne deshecha es signo visible del pecado invisible.

GUILLERMO: Así lo creen muchos. En la mentalidad común, la lepra no es sólo enfermedad, sino metáfora. Se piensa que la corrupción del alma aflora en la piel, como si Dios hubiera querido escribir con llagas el pecado oculto. Pero recuerda, Adso: la enfermedad no prueba la culpa. Si así fuera, todo enfermo sería un criminal y todo sano un santo. Y sabemos que no es así.

ADSO: Sin embargo, se les expulsa, se les obliga a anunciar su presencia…

GUILLERMO: Porque el miedo es más fuerte que la caridad. El cuerpo enfermo recuerda al sano su fragilidad. Y nada teme más el hombre medieval que aquello que desordena el orden visible querido por Dios.

ADSO: ¿Es por eso también que judíos y prostitutas deben vestir de modo distinto? He visto señales cosidas en sus ropas…

GUILLERMO: Sí. El vestido no es mero abrigo, sino signo. En nuestra época, cada prenda dice quién eres y cuál es tu lugar en la jerarquía del mundo. Al judío se le impone una marca para distinguirlo; a la meretriz, otra para advertir su oficio. Se cree que el orden social debe verse con los ojos, para que nadie cruce los límites asignados.

ADSO: ¿Y si alguien lo hiciera?

GUILLERMO: Entonces no sería simple desobediencia, sino desafío al orden entero. Ponerse una prenda que no corresponde —sea hábito monástico sin vocación, espada sin linaje o velo sin honestidad— se considera usurpación. Y la usurpación exige castigo.

ADSO: Como las mutilaciones… He visto ladrones sin mano, blasfemos sin lengua.

GUILLERMO: El castigo corporal tiene una lógica terrible pero coherente: si el cuerpo fue instrumento del crimen, el cuerpo debe pagar. La justicia medieval escribe en la carne la falta cometida. Así, el delito se vuelve visible, permanente. Se pretende que el cuerpo marcado sea lección para los demás.

ADSO: (dudando) Y… ¿la mujer, maestro? Muchos sermones dicen que su cuerpo es ocasión de pecado.

GUILLERMO: (suspira) Ah, Adso… El cuerpo de la mujer ha sido convertido en símbolo del deseo que desestabiliza al hombre. Desde Eva se la ha visto como puerta por la que entra la tentación. Pero el deseo no reside sólo en ella, sino en la mirada de quien la contempla. Sin embargo, la predicación insiste en que la mujer debe velarse, ocultarse, disciplinarse, para que el varón no caiga.

ADSO: Entonces, ¿el deseo es siempre malo?

GUILLERMO: No. Es fuerza dada por Dios para la continuidad de la vida. Pero la Iglesia enseña que debe ser encauzado dentro del matrimonio, ordenado a la procreación. El placer sin propósito reproductivo se sospecha como rebeldía contra el designio divino. Por eso la reproducción se santifica y el deseo se vigila.

ADSO: Parece que todo en el cuerpo está bajo sospecha…

GUILLERMO: Porque el cuerpo recuerda que somos materia y espíritu al mismo tiempo. Y el hombre medieval desconfía de aquello que no puede dividir con claridad. Ama el alma porque la cree eterna; teme el cuerpo porque sabe que muere… y porque a través de él puede pecar.

Guillermo deja la lente sobre la mesa y mira a Adso con gravedad.

GUILLERMO: Pero no olvides esto, muchacho: el mismo Dios que se hizo carne dignificó el cuerpo. Si lo despreciáramos del todo, despreciaríamos también la Encarnación. Entre la condena y la idolatría del cuerpo, la sabiduría está en comprender su ambigüedad.

ADSO: Entonces, maestro… ¿el cuerpo es prisión o templo?

GUILLERMO: (con una leve sonrisa) Depende de cómo lo habites, Adso. Depende de cómo lo habites.

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