—Papá, suenas derrotista.
—No. Sueno cansado. Que no es lo mismo.
El padre dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Había pasado diez minutos mirando vídeos de gente de veinte años levantándose a las cinco de la mañana para “dominar el día”, correr ultramaratones y facturar seis cifras antes del desayuno.
—Mira, cuando yo tenía tu edad me dijeron algo muy sencillo: estudia, trabaja duro, sé responsable… y te irá bien. Y durante un tiempo parecía verdad. Había grietas, claro, pero el suelo parecía firme. Luego vino 2008 y descubrimos que podías hacer todo “correcto” y aun así perder el trabajo, la casa o los ahorros porque unos tipos en traje habían apostado el planeta al blackjack.
El hijo removió el café sin mirarlo.
—Y luego llegó el Covid —continuó el padre—. Ahí ya se rompió la última ilusión. Empresas cerrando, gente impecable despedida por Zoom, autónomos arruinados, médicos destrozados, chavales encerrados dos años aprendiendo a vivir a través de una pantalla. Y mientras tanto, los más ricos duplicando su fortuna. ¿Qué lección se suponía que sacarais vosotros de eso? ¿Que el esfuerzo siempre tiene recompensa?
—Bueno, pero algo habrá que hacer.
—Claro que hay que hacer cosas. Pero no mentir. Ese es el problema. A vosotros os vendieron una meritocracia y luego os dejaron vivir en un casino.
El hijo levantó la vista.
—¿Entonces qué? ¿No merece la pena esforzarse?
—Sí merece la pena. Pero no porque el mundo vaya a darte lo que mereces. Eso es lo cruel de la historia que os contamos. Confundimos “esfuérzate” con “el universo será justo contigo”. Y el universo no firma contratos.
Hubo silencio. El padre sonrió con amargura.
—Antes uno corría porque era sano. Salías media hora, despejabas la cabeza, volvías sudado y feliz. Ahora parece que si no corres una maratón no existes. Y no basta con correrla: tienes que grabarla, subirla, monetizarla y poner un vídeo llorando al cruzar la meta con música épica. Si no está en redes, parece que no ha ocurrido.
—Eso es un poco exagerado.
—¿Seguro? Mira a tu alrededor. La gente ya no vive; documenta. Todo se convirtió en una competición invisible. Quién trabaja más. Quién duerme menos. Quién viaja más. Quién tiene mejor cuerpo. Quién optimiza mejor su ansiedad. Y todos agotados intentando subir un peldaño en una jerarquía que nadie entiende y que nadie disfruta.
El hijo soltó una risa seca.
—Optimizar la ansiedad… eso ha sonado muy LinkedIn.
—Porque es verdad. El estrés ya no es una consecuencia; es una identidad. Si dices que estás tranquilo, parece que eres un fracasado. Y encima os hicieron creer que vuestra vida también es vuestra marca personal. Que cada error puede hacerse viral. Que vuestra reputación social depende de un algoritmo.
El padre se inclinó hacia delante.
—Y luego está lo otro.
—¿OnlyFans?
—OnlyFans, sí. O cualquier cosa parecida. No voy a fingir escándalo moral, porque bastante hipócrita sería. Pero me impresiona que tanta gente joven haya interiorizado que incluso su intimidad es un recurso económico más. Como si el mercado hubiese entrado ya hasta el último rincón de la persona. Tu cuerpo, tu tiempo, tu personalidad, tus relaciones… todo convertible en contenido si hace falta pagar el alquiler.
—Suena bastante oscuro cuando lo dices así.
—Porque lo es un poco. Y aun así os exigen optimismo. “Mentalidad ganadora”. “Manifestar abundancia”. “Si no triunfas es porque no lo deseas suficiente”. Qué casualidad que un sistema roto siempre encuentre la forma de convertir el fracaso en culpa individual.
El hijo bajó la mirada.
—Entonces… ¿qué le dirías a un hijo?
El padre tardó en responder.
—La verdad. Le diría: trabaja, sí. Aprende cosas. Intenta construir una vida digna. Cuida a la gente que quieres. Pero no confundas esfuerzo con garantía. No sacrifiques tu salud pensando que el dolor siempre será recompensado. Y no bases tu valor en la mirada de miles de desconocidos.
Se quedó callado un momento.
—Porque prometerle a alguien que el mundo le dará exactamente lo que merece si se esfuerza… eso no es esperanza. Es crueldad.
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