El periodista encendió la grabadora mientras el humo del café subía despacio entre los dos. Afuera, la lluvia embarraba las calles del barrio viejo. El hombre frente a él —bigote gris, manos enormes, voz de violonchelo gastado— sonrió apenas.
—Antes de empezar —dijo el gitano—, no pongas música de violines tristes en tu cabeza. Siempre hacen eso ustedes.
—Intentaré resistirme.
—Hazlo. Porque ya bastante película nos han inventado otros.
El periodista abrió la libreta.
—Entonces… ¿de dónde viene vuestro pueblo realmente?
El hombre se acomodó en la silla.
—De muy lejos. Más lejos de lo que imagina la mayoría de europeos. Nuestros antepasados salieron del norte de la India hace unos mil años, quizá más. Los lingüistas lo descubrieron comparando palabras romaníes con el sánscrito y lenguas del Punjab y Rajastán. “Paní” para agua. “Rat” para noche. “Bal” para pelo. Palabras que todavía conservamos. Salimos en oleadas, cruzamos Persia, Armenia, Bizancio… y entramos en Europa como humo: apareciendo poco a poco en todas partes.
—¿Y por qué salieron?
—Ah, ahí empiezan las discusiones. Unos hablan de invasiones musulmanas, otros de guerras, hambre, castas bajas desplazadas. Lo cierto es que cuando llegamos a Europa ya éramos un pueblo mezclado por el camino. No un ejército ni una nación. Un pueblo viajero, sí, pero también herreros, músicos, comerciantes, tratantes de caballos, artesanos.
El periodista tomó nota rápido.
—En Occidente se os asocia mucho con los carromatos…
El gitano soltó una carcajada seca.
—Hollywood tiene mucho delito. Mira: sí hubo grupos nómadas que viajaban en caravanas, sobre todo en los siglos XVIII y XIX. Pero la mayoría de gitanos europeos jamás vivió en esos carromatos románticos de película. Muchos eran sedentarios. En los Balcanes había barrios enteros. En Rumanía trabajaban en aldeas. En Hungría eran músicos urbanos. En España, herreros, tratantes, jornaleros. Lo del carro pintado con una mujer bailando delante… eso vende más que una familia viviendo en un bloque gris de Sofía.
—¿Y lo de echar la suerte?
—Existe y no existe. Algunas mujeres lo hacían, claro. Igual que había curanderos rurales entre payos. Pero nos redujeron a eso. A la vieja con pañuelo leyendo la mano. ¿Sabes cuántos gitanos fueron mecánicos, soldados, veterinarios, chatarreros, músicos clásicos? Eso no sale en las postales.
Se inclinó hacia delante.
—El problema es que Europa necesitaba que fuéramos exóticos y peligrosos al mismo tiempo.
—También hubo espectáculos con osos…
El hombre asintió lentamente.
—Sí. En partes de Rumanía y Bulgaria hubo clanes famosos por la doma de osos. Los ursari. Llevaban osos amaestrados de pueblo en pueblo. Hoy suena cruel —y muchas veces lo era—, pero durante siglos fue un oficio. Tocaban el tambor, el oso bailaba, la gente daba monedas. Algunos decían que el animal alejaba los malos espíritus. Los comunistas acabaron con eso casi del todo, y luego llegaron las leyes de protección animal. Ahora quedan recuerdos, fotos viejas y vergüenza mezclada con nostalgia.
—Nunca habéis tenido un rey, ¿verdad?
—No como los europeos entienden un rey. Nunca tuvimos un reino gitano ni una corona reconocida por todos. Había jefes de clan, ancianos respetados, líderes locales. A veces se inventaban “reyes de los gitanos” para impresionar a nobles o negociar permisos. Pero era más teatro político que monarquía real.
El periodista levantó la vista.
—Sin embargo sí hubo dirigentes importantes.
—Claro. Intelectuales, activistas, músicos, defensores de derechos humanos. Gente que luchó para que se reconociera el genocidio gitano bajo los nazis. Porque también hubo un Holocausto romaní. Lo llamamos el Porrajmos: “la devoración”. Mataron a cientos de miles.
Se hizo un silencio corto.
—Y aun así sobrevivimos —continuó—. Siempre sobrevivimos.
La lluvia golpeó más fuerte los cristales.
—Quería preguntarle por Sara la Negra.
Los ojos del hombre brillaron un instante.
—Ah… Sara Kali.
Sonrió de verdad por primera vez.
—En la Camarga francesa, en Saintes-Maries-de-la-Mer, cada mayo llegan gitanos de toda Europa. Miles. Llevan la estatua de Sara la Negra hasta el mar. Algunos dicen que era sirvienta de las santas Marías que llegaron en barca desde Palestina. Otros creen que es una antigua divinidad mezclada con cristianismo popular. Nadie lo sabe del todo.
—¿Y para vosotros qué representa?
—Protección. Madre. Camino. Una santa que entiende a los que nunca tuvieron patria fija. Ver a los hombres entrar al mar con la estatua sobre los hombros… eso pone la piel de gallina, amigo.
El periodista cerró la libreta despacio.
—¿Qué es lo que más le molesta de cómo os representan?
El gitano miró por la ventana antes de responder.
—Que siempre nos cuentan como si fuéramos fantasmas del pasado. O ladrones. O magos. Nunca simplemente personas. Un pueblo europeo más, con siglos de heridas encima.
Luego sonrió otra vez, cansado.
—Y escribe también esto: los gitanos no desaparecimos. Seguimos aquí. Aunque a Europa a veces le incomode recordarlo.

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