La historia del posible hallazgo del Fancy está poniendo bastante nerviosos —en el buen sentido— a arqueólogos e historiadores de la piratería, porque hablamos de uno de los barcos más legendarios de toda la Edad de Oro pirata. El Fancy fue el navío asociado a Henry Avery, también conocido como Henry Every o “Long Ben”, un personaje medio histórico y medio fantasma. A diferencia de Barbanegra o Calico Jack, Avery desapareció prácticamente sin dejar rastro después de uno de los golpes más brutales de la historia marítima.
Lo interesante es que en 2025 y 2026 un equipo dirigido por el arqueólogo marino Sean Kingsley y el historiador bahameño Michael Pateman empezó a localizar varios pecios en el puerto de Nassau, en la isla de New Providence, en las Bahamas, que fue uno de los grandes refugios piratas del Caribe. Entre esos restos hay uno que podría corresponder precisamente al Fancy.
Y aquí entra la parte casi novelesca. Avery no empezó como “rey pirata”. Era un marino inglés que acabó amotinándose en 1694 y tomando el control de un barco llamado originalmente Charles II. Lo rebautizó Fancy y se lanzó hacia el Índico, que en aquella época era el equivalente marítimo de asaltar convoyes bancarios internacionales. Allí operaban los barcos de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, comerciantes árabes, persas y, sobre todo, las enormes flotas del Imperio mogol.
En 1695 Avery y una pequeña flotilla piratearon el convoy del Gran Mogol cerca de la India. El gran premio fue el Ganj-i-Sawai, un monstruo flotante cargado de oro, plata, seda, piedras preciosas y peregrinos musulmanes ricos que regresaban de La Meca. El botín fue tan gigantesco que algunos historiadores lo consideran el mayor golpe pirata individual jamás realizado. El saqueo provocó una crisis diplomática enorme porque el emperador mogol amenazó con expulsar a los ingleses de la India si no castigaban a los culpables.
Avery se convirtió entonces en el pirata más buscado del mundo. Y aquí es donde Nassau entra en escena.
Según documentos históricos, Avery llegó a Nassau en 1696 cargado de riqueza. La teoría más aceptada es que desmontó el Fancy, repartió parte del botín, sobornó al gobernador corrupto de las Bahamas y desapareció. Lo fascinante es que el nuevo pecio encontrado encaja bastante bien con lo que describen los registros: un barco del tamaño adecuado, de finales del XVII, aparentemente desmantelado y sin artillería ni objetos valiosos, como si hubiese sido “desnudado” antes de hundirse deliberadamente.
Eso sí: los propios arqueólogos son prudentes. Nassau está llena de restos navales de tres siglos distintos. Encontrar “el” Fancy de forma definitiva exigiría alguna evidencia muy clara: campanas con nombres, piezas identificables, marcas de astillero o algo parecido. De momento hablan más bien de “candidato plausible”.
Lo bonito de estas excavaciones es que desmontan bastante la imagen romántica de Hollywood. Los hallazgos reales hablan de barcos incendiados para borrar pruebas, armas pequeñas, balas de mosquete, cañones giratorios, pipas de arcilla, herramientas para afilar espadas y restos de cocinas improvisadas. Nada glamuroso. Más bien violencia, suciedad y supervivencia flotante.
Y Nassau fue precisamente eso durante unos años: un agujero semianárquico donde convivían piratas, comerciantes, desertores, traficantes y gobernadores corruptos. Entre 1713 y 1718 llegó a convertirse casi en una “república pirata” informal. Allí coincidieron personajes como Edward Teach, Anne Bonny o John Rackham.
Pero antes de Nassau, el gran nido pirata caribeño había sido Port Royal, en Jamaica. Y ahí la arqueología subacuática ha sido todavía más espectacular.
Port Royal era probablemente el lugar más rico y más salvaje del Caribe inglés del siglo XVII. Los ingleses habían tomado Jamaica a España y usaban corsarios y piratas para atacar barcos españoles. Durante décadas aquello funcionó casi como una alianza tácita: los piratas traían botín y dinero; las autoridades miraban hacia otro lado. La ciudad creció a una velocidad absurda, llena de tabernas, burdeles, almacenes y comerciantes. Algunos contemporáneos la llamaban “la ciudad más perversa de la Tierra”.
Lo increíble es cómo terminó.
El 7 de junio de 1692 un terremoto brutal provocó licuefacción del terreno. Literalmente el suelo arenoso empezó a comportarse como líquido. Grandes zonas de Port Royal se hundieron en el mar en cuestión de minutos. Luego llegó un tsunami. Murieron miles de personas.
Y eso, paradójicamente, convirtió el lugar en un tesoro arqueológico extraordinario.
Como parte de la ciudad quedó sumergida de golpe y cubierta por sedimentos pobres en oxígeno, muchos objetos quedaron preservados como una cápsula del tiempo. Desde los años 80, equipos del Institute of Nautical Archaeology y de universidades jamaicanas y estadounidenses han excavado calles enteras, edificios, utensilios domésticos, botellas, monedas, armas y estructuras urbanas intactas bajo el agua.
Para los historiadores, Port Royal es oro puro porque permite estudiar cómo era realmente una ciudad portuaria pirata y corsaria, no la versión literaria. Los restos muestran una mezcla brutal de riqueza comercial y vida cotidiana caótica. Había comerciantes respetables viviendo pared con pared con traficantes, marineros violentos y aventureros. También se ha visto que muchos “piratas” eran en realidad corsarios semioficiales, una línea muy difusa en aquella época.
Los arqueólogos suelen insistir mucho en eso: la piratería caribeña no fue simplemente romanticismo con ron y loros. Era parte del sistema imperial europeo. Inglaterra, Francia, España y Holanda utilizaban piratas y corsarios cuando les convenía, y luego los perseguían cuando dejaban de ser útiles.
Y Avery encaja perfectamente en esa transición. Su golpe en el Índico fue tan enorme que ayudó a desencadenar la gran caza internacional contra la piratería. Después de él, las potencias europeas empezaron a tomarse mucho más en serio el problema porque el comercio global ya movía cantidades gigantescas de dinero.
Lo más curioso es que nadie sabe con certeza cómo terminó Avery. Hay leyendas que dicen que murió riquísimo en Madagascar, otras que acabó mendigando en Inglaterra tras ser estafado. Históricamente, la segunda opción parece más probable. Y eso también desmonta un poco el mito romántico: la mayoría de piratas acabaron ahorcados, arruinados, enfermos o desaparecidos. Avery simplemente tuvo la suerte —o la habilidad— de desvanecerse antes que los demás.

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