viernes, 5 de junio de 2026

Nigel Richards, el campeón mundial de Scrabble.

 Hablar de Nigel Richards es hablar de una de esas personas que parecen salidas de una novela rara sobre genios obsesivos. En el mundillo del Scrabble competitivo lo consideran, sin demasiada discusión, el mejor jugador de todos los tiempos. Y no solo porque haya ganado muchísimo, sino por la manera casi absurda en la que lo hace.

Lo primero que deja a todo el mundo con la cabeza torcida: Richards ha ganado campeonatos mundiales en idiomas que no habla. Literalmente. Ganó el campeonato mundial de Scrabble en francés en 2015 tras memorizar el diccionario francés en unas nueve semanas, y volvió a ganarlo después. Luego hizo algo parecido en español: en 2024 ganó el Mundial de Scrabble en español en Granada sin hablar castellano con fluidez.

Y aquí está la clave: él no aprende el idioma “normalmente”. No aprende conversación, gramática ni significado. Memoriza patrones de letras. Para él las palabras son casi objetos geométricos. Gente cercana dice que puede mirar páginas llenas de palabras y absorberlas visualmente.

Eso es lo que hace tan fascinante su caso. El Scrabble competitivo de élite no funciona como una partida familiar de sobremesa donde alguien pone “CASA” y otro “PERRO”. En el nivel profesional el juego es casi matemática aplicada. Los jugadores memorizan listas gigantescas de palabras válidas, estudian probabilidades de letras, aperturas, cierres de tablero y combinaciones óptimas. Hay programas de ordenador que analizan partidas, y aun así Richards a veces hace jugadas que parecen malas… hasta que el motor termina concluyendo horas después que eran correctas.

La imagen típica de Nigel Richards es casi legendaria: un tipo callado, desaliñado, muchas veces con camisetas de heavy metal, moviéndose en bici, hablando poco y jugando como si estuviera viendo el tablero en otra dimensión. Muchísimos periodistas han comentado que es extremadamente reservado y da muy pocas entrevistas.

Nació en Christchurch, Nueva Zelanda, en 1967. Lo curioso es que, según cuenta su madre, de joven ni siquiera destacaba especialmente en lengua o ortografía. Ella le enseñó Scrabble porque estaba cansada de que les ganara contando cartas en otros juegos. Y el monstruo despertó.

En cuanto a títulos, la lista es demencial. Ha ganado cinco veces el World Scrabble Championship, algo récord: 2007, 2011, 2013, 2018 y 2019.

Además:

  • fue campeón nacional de Estados Unidos varias veces seguidas;
  • ganó infinidad de Opens británicos;
  • dominó durante años el King’s Cup de Bangkok, considerado uno de los torneos más duros del mundo;
  • ganó campeonatos mundiales en francés;
  • y luego añadió el mundial en español.

Hay gente en la comunidad que directamente lo llama “el Tiger Woods del Scrabble”.

Ahora, sobre el juego en sí, el Scrabble tiene una historia bastante curiosa. Nació durante la Gran Depresión en Estados Unidos. Su creador fue Alfred Mosher Butts, un arquitecto desempleado que en los años 30 empezó a experimentar con juegos de palabras y probabilidades. Mezcló ideas de crucigramas y juegos de fichas, analizando incluso la frecuencia de letras en periódicos para asignar valores: por eso la Q y la Z valen tanto y la E vale poco.

El juego originalmente se llamaba “Lexiko”, luego “Criss-Crosswords”, y finalmente acabó como Scrabble en los años 40 gracias a James Brunot, que ayudó a comercializarlo. El boom real llegó en los 50, cuando un ejecutivo estadounidense lo descubrió de vacaciones y decidió venderlo masivamente. Desde ahí explotó. Hoy pertenece a Mattel fuera de Norteamérica y a Hasbro en Estados Unidos y Canadá.

La dinámica básica parece sencilla: cada jugador roba letras y forma palabras sobre un tablero con casillas de bonificación. Pero debajo de eso hay una profundidad tremenda. Porque no gana quien “sabe más vocabulario” solamente. También influye:

  • la gestión de probabilidades;
  • bloquear zonas del tablero;
  • dejar combinaciones útiles;
  • controlar letras peligrosas;
  • calcular el “rack” rival;
  • y aprovechar los llamados “bingos”, que son palabras largas usando todas las fichas de la mano.

El Scrabble competitivo además tiene algo muy peculiar: mezcla azar y cálculo. Las letras que robas son aleatorias, así que incluso el mejor del mundo puede perder. Por eso impresiona tanto lo de Nigel Richards: su porcentaje de victorias es monstruoso para un juego donde siempre existe suerte.

Y otra cosa interesante: el Scrabble profesional ha generado casi una subcultura propia. Hay torneos internacionales, rankings Elo, retransmisiones, análisis con software y diccionarios oficiales gigantescos. Existen variantes en inglés, francés, español y otros idiomas, cada una con distribuciones de letras distintas. En español, por ejemplo, ciertas vocales son muchísimo más importantes y letras como la Q no funcionan igual que en inglés. Richards tuvo que memorizar no solo palabras españolas, sino también toda la lógica estadística del idioma dentro del juego.

Lo más increíble de todo es quizá esto: mucha gente brillante juega al Scrabble. Matemáticos, lingüistas, programadores, memoriones espectaculares. Pero aun así Richards parece jugar otro deporte distinto. Hay jugadores profesionales que cuentan que cuando lo ven mover fichas sienten que está viendo el tablero “más profundo” que cualquier otra persona. Y eso, en un juego basado solo en letras, es bastante salvaje.

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