Tras las huellas del marfil: la escritora que se hizo pasar por escort para infiltrarse en el submundo del tráfico de fauna salvaje
Por la redacción, adaptación basada en entrevistas y reportajes de Simon Worrall para National Geographic
En los oscuros márgenes de la economía global existe un negocio que mueve miles de millones de dólares al año y que, sin embargo, rara vez ocupa los titulares con la intensidad que reciben el narcotráfico o el tráfico de armas. Se trata del comercio ilegal de fauna salvaje: una red internacional que conecta cazadores furtivos, intermediarios, funcionarios corruptos, coleccionistas y organizaciones criminales a través de varios continentes.
Para comprender cómo funciona este mundo clandestino, la escritora y periodista Rachel Love Nuwer decidió hacer algo poco habitual incluso entre los reporteros de investigación: infiltrarse en algunos de sus escenarios más peligrosos. Su experiencia fue relatada por el periodista Simon Worrall en una extensa entrevista publicada por National Geographic en 2018, con motivo de la aparición de su libro Poached: Inside the Dark World of Wildlife Trafficking.
Una entrada arriesgada al corazón del negocio
Uno de los episodios más llamativos de la investigación tuvo lugar en la Zona Económica Especial del Triángulo de Oro, en Laos, una región fronteriza conocida desde hace décadas por sus vínculos con el contrabando, el juego, las drogas y otras actividades ilícitas.
Antes de viajar allí, Nuwer había recibido una advertencia de investigadores especializados: los extranjeros que frecuentaban la zona solían ser turistas mochileros o prostitutas procedentes de Rusia y Ucrania. Para pasar desapercibida y poder observar el funcionamiento del mercado ilegal, decidió adoptar la apariencia de una escort extranjera. Acompañada por un amigo y por su marido, se vistió de forma llamativa y recorrió la zona sin levantar sospechas.
Lo que encontró fue sorprendente.
En los comercios cercanos al complejo de casinos Kings Romans observó productos de fauna salvaje vendidos prácticamente a plena vista. Colmillos de marfil, cuernos de rinoceronte y derivados de tigre aparecían expuestos como si se tratara de mercancías ordinarias. La facilidad con la que estos artículos podían adquirirse revelaba hasta qué punto ciertas áreas funcionan como enclaves donde la aplicación de las leyes resulta débil o inexistente.
El marfil: símbolo de una matanza silenciosa
Entre todos los productos ilegales, el marfil continúa siendo uno de los más lucrativos. La demanda procedente de determinados mercados asiáticos ha impulsado durante décadas la caza furtiva de elefantes africanos.
Durante su investigación, Nuwer asistió en Kenia a una de las grandes quemas públicas de marfil organizadas por las autoridades. Estas ceremonias consisten en destruir toneladas de colmillos confiscados para enviar un mensaje político y moral: el marfil no debe considerarse una mercancía legítima.
Según explicó la autora, el objetivo principal de estas quemas no es necesariamente reducir de forma inmediata el tráfico ilegal, sino generar conciencia internacional y evitar que los almacenes gubernamentales se conviertan en focos de corrupción. En numerosos países, parte del marfil confiscado termina desapareciendo de los depósitos oficiales y vuelve a entrar en los circuitos clandestinos.
La cuestión del comercio de marfil sigue siendo objeto de debate. Sin embargo, numerosos expertos sostienen que los mercados legales o semilegales facilitan el blanqueo de colmillos obtenidos mediante caza furtiva, dificultando distinguir el producto legal del ilegal.
La trampa de las especies protegidas por CITES
Las investigaciones citadas por Worrall también ponen de manifiesto otro problema menos conocido: las vulnerabilidades del sistema internacional de protección de especies.
La Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES) regula el comercio de miles de animales y plantas amenazados. Algunas especies, como tigres, orangutanes o rinocerontes, cuentan con la máxima protección y su comercio comercial está prohibido.
Sin embargo, los traficantes han aprendido a explotar lagunas legales.
Una de las prácticas más frecuentes consiste en declarar como criados en cautividad animales que en realidad han sido capturados en estado salvaje. Investigaciones de National Geographic sobre grandes traficantes internacionales mostraron casos en los que instalaciones supuestamente dedicadas a la reproducción legal servían como tapadera para introducir ejemplares extraídos de la naturaleza. Incluso se detectaron certificados vinculados a centros de cría inexistentes.
Esta modalidad resulta especialmente peligrosa porque permite que especies protegidas entren en los mercados internacionales acompañadas de documentación aparentemente legítima.
Tigres, pangolines y osos: las otras víctimas
Aunque los elefantes suelen acaparar la atención pública, Nuwer descubrió que el tráfico afecta a una enorme variedad de especies.
Los tigres son criados en instalaciones que oficialmente se presentan como granjas o centros turísticos, pero cuyos productos terminan abasteciendo mercados donde se venden huesos, pieles, dientes y otros derivados utilizados en medicina tradicional o como artículos de lujo.
Los pangolines, considerados los mamíferos más traficados del planeta, son perseguidos por sus escamas y su carne. Los osos asiáticos sufren además la extracción de bilis para usos medicinales, mientras que reptiles, aves exóticas y tortugas raras alimentan el mercado internacional de mascotas.
Según diversas investigaciones citadas por National Geographic, prácticamente cualquier especie con valor comercial puede convertirse en objetivo de las redes criminales.
Un delito global tratado como un problema secundario
Uno de los hallazgos más inquietantes que emergen de estos reportajes es que el tráfico de fauna salvaje continúa siendo percibido por muchos gobiernos como un delito menor, pese a generar beneficios comparables a los de otras actividades criminales transnacionales.
Las redes de contrabando utilizan empresas pantalla, documentos falsificados, sobornos y rutas internacionales complejas para mover mercancías entre África, Asia, Europa y América. En algunos casos, incluso han sido vinculadas a organizaciones armadas y grupos violentos que utilizan los beneficios del marfil para financiar sus operaciones.
Más allá de la conservación
La principal conclusión extraída por Rachel Love Nuwer tras años de investigación es que el tráfico de fauna no puede abordarse únicamente como un problema de conservación.
A su juicio, se trata ante todo de una cuestión de delincuencia organizada internacional. Mientras los consumidores sigan pagando grandes sumas por marfil, cuernos de rinoceronte, partes de tigre o especies exóticas protegidas, las organizaciones criminales encontrarán incentivos para continuar explotando las debilidades del sistema.
Su arriesgada incursión disfrazada de escort en Laos permitió observar algo que normalmente permanece oculto: un mercado donde especies amenazadas se transforman en mercancías de lujo y donde la frontera entre legalidad e ilegalidad se vuelve deliberadamente difusa. Detrás de cada colmillo tallado, cada escama de pangolín o cada piel de tigre hay una cadena internacional de corrupción, violencia y destrucción ambiental que continúa amenazando algunas de las especies más emblemáticas del planeta.

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