Cuando los glifos mayas volvieron a hablar
Un reportaje inspirado en el estilo divulgativo de mediados de los años setenta
Durante siglos, las inscripciones mayas fueron contempladas como un enigma. Los templos de piedra que emergían de la selva mostraban columnas enteras de signos elegantemente tallados, pero nadie sabía con certeza qué decían. Se creyó que aquellos glifos eran únicamente símbolos religiosos o complejas representaciones del tiempo. Sin embargo, a lo largo del siglo XX esa idea comenzó a desmoronarse hasta desembocar en uno de los mayores logros de la arqueología y la lingüística: el descifrado de la escritura maya.
La historia de ese descubrimiento es también la historia de un libro que sobrevivió a las llamas, de un obispo español cuyas acciones resultaron paradójicas y de una civilización que observó el cielo con una precisión extraordinaria.
Un sistema de escritura completo
Hasta bien entrado el siglo XX, muchos investigadores pensaban que la escritura maya era puramente ideográfica, es decir, que cada signo representaba una idea completa sin relación con los sonidos del lenguaje.
La realidad resultó mucho más compleja.
Los mayas desarrollaron uno de los pocos sistemas de escritura plenamente elaborados del continente americano. Sus textos combinaban signos que representaban palabras enteras con otros que representaban sílabas. Este sistema permitía escribir nombres propios, verbos, fechas, acontecimientos históricos e incluso juegos de palabras.
Las inscripciones aparecían en estelas, escalinatas, dinteles de templos, cerámicas y códices elaborados con papel de corteza.
El hombre que destruyó libros... y dejó una pista
Una de las figuras más controvertidas de esta historia es Diego de Landa.
En 1562 ordenó un auto de fe en la población de Maní, donde fueron destruidos numerosos códices y objetos religiosos mayas. Consideraba que aquellos libros conservaban prácticas paganas incompatibles con el cristianismo.
Paradójicamente, años después escribió una obra titulada Relación de las cosas de Yucatán, en la que describió costumbres, religión y escritura de los mayas.
En ella incluyó lo que creyó era un "alfabeto" maya. En realidad, los escribas indígenas habían intentado representar sílabas y sonidos del español utilizando los signos de su propia escritura. Durante siglos ese supuesto alfabeto confundió a los investigadores, pero finalmente acabaría convirtiéndose en una de las claves fundamentales para el descifrado.
Así, quien contribuyó a la pérdida irreparable de innumerables manuscritos terminó dejando una de las pocas pistas que sobrevivieron.
El Códice de Dresde: un libro salvado del tiempo
Entre los escasos manuscritos mayas que escaparon a la destrucción destaca el Códice de Dresde.
Conservado durante siglos en Alemania, es considerado el códice maya mejor preservado.
Sus páginas contienen:
- calendarios rituales;
- tablas astronómicas;
- cálculos sobre eclipses;
- registros matemáticos;
- y, especialmente, las célebres tablas dedicadas al planeta Venus.
Desde finales del siglo XIX, diversos investigadores comprendieron que aquellas tablas representaban observaciones astronómicas extremadamente precisas. El códice demostró que los sacerdotes-astrónomos mayas seguían durante generaciones los movimientos de los cuerpos celestes y corregían periódicamente sus cálculos para mantenerlos sincronizados con la realidad.
El estudio del Códice de Dresde permitió identificar patrones numéricos, nombres de deidades y estructuras repetidas que más tarde serían esenciales para comprender otros textos jeroglíficos.
El gran avance del siglo XX
El cambio decisivo llegó gracias al lingüista Yuri Knórozov.
En la década de 1950 propuso que la escritura maya no debía leerse como un conjunto de símbolos aislados, sino como una combinación de signos fonéticos y logogramas.
Knórozov utilizó precisamente las notas de Diego de Landa de una forma completamente distinta a como se habían interpretado durante siglos. Comprendió que aquellas equivalencias no representaban letras, sino sílabas.
Muchos especialistas recibieron su propuesta con escepticismo.
Pero las evidencias fueron acumulándose.
Durante los años sesenta y setenta, investigadores como Tatiana Proskouriakoff demostraron que numerosas inscripciones narraban acontecimientos históricos reales: nacimientos, ascensos al trono, guerras, capturas de enemigos y muertes de gobernantes.
Ya no se trataba únicamente de textos religiosos.
Las piedras hablaban de personas.
El reportaje de 1975: una revolución en marcha
Hacia 1975, numerosas publicaciones de divulgación comenzaron a presentar el descifrado como una auténtica revolución científica.
Por primera vez era posible leer nombres de reyes, reconstruir dinastías completas y seguir la historia política de ciudades como Palenque, Copán, Tikal o Yaxchilán.
Lo que antes parecían decoraciones repetitivas comenzaron a revelar biografías de gobernantes, alianzas matrimoniales, campañas militares, ceremonias religiosas y legitimaciones del poder.
Era como descubrir que una biblioteca entera llevaba siglos esperando a ser leída.
Astrónomos extraordinarios
Los mayas fueron observadores extraordinariamente meticulosos del cielo.
No utilizaban telescopios.
Bastaban generaciones de observaciones sistemáticas realizadas desde plataformas y edificios cuidadosamente orientados.
El planeta Venus ocupaba un lugar central.
Su ciclo sinódico —el tiempo que tarda en volver a aparecer en la misma posición respecto al Sol visto desde la Tierra— dura aproximadamente 584 días.
Los sacerdotes mayas calcularon este periodo con un error mínimo.
Cinco ciclos de Venus equivalen casi exactamente a ocho años solares:
- 5 × 584 = 2.920 días.
- 8 años de 365 días = 2.920 días.
Esta coincidencia permitió construir calendarios extraordinariamente precisos.
Las apariciones matutinas y vespertinas de Venus se asociaban con campañas militares, ceremonias religiosas y decisiones políticas.
Matemáticas avanzadas
El éxito de estos cálculos no habría sido posible sin un notable desarrollo matemático.
Los mayas empleaban un sistema vigesimal basado en el número veinte.
Representaban los números mediante:
- puntos para las unidades;
- barras para los grupos de cinco;
- un símbolo específico para el cero, una innovación excepcional en la historia de las matemáticas.
Gracias a ello podían efectuar cálculos muy complejos relacionados con calendarios y ciclos astronómicos.
Los calendarios del tiempo
La vida cotidiana estaba organizada mediante varios calendarios que funcionaban simultáneamente.
El Tzolk'in tenía 260 días y regulaba ceremonias y actividades rituales.
El Haab' constaba de 365 días distribuidos en 18 meses de 20 días más un breve periodo final de cinco días considerado especialmente delicado.
Ambos calendarios se combinaban formando una rueda calendárica que no repetía una misma fecha hasta pasados 52 años.
Para registrar acontecimientos históricos utilizaban además la Cuenta Larga, un sistema que permitía fechar sucesos separados por siglos con enorme precisión.
La historia escrita en piedra
Hoy sabemos que muchas estelas eran auténticos documentos oficiales.
En ellas se registraban:
- nacimientos de príncipes;
- entronizaciones;
- matrimonios entre dinastías;
- conquistas militares;
- captura de gobernantes enemigos;
- dedicación de templos;
- ceremonias religiosas;
- fallecimientos de los reyes.
Cada ciudad construía así la memoria de su propia dinastía.
Gracias al descifrado moderno, los arqueólogos han podido reconstruir complejas redes políticas entre decenas de ciudades mayas, siguiendo acontecimientos separados por cientos de kilómetros y varios siglos.
Una civilización que recuperó su voz
El descifrado de los glifos mayas transformó por completo nuestra comprensión de esta civilización.
Lo que durante mucho tiempo parecían únicamente símbolos misteriosos resultó ser una escritura rica y sofisticada capaz de transmitir historia, astronomía, matemáticas, religión y literatura.
El Códice de Dresde conservó parte del conocimiento científico de los antiguos astrónomos; Diego de Landa dejó, sin pretenderlo, una clave para interpretar la escritura; y los investigadores del siglo XX lograron finalmente devolver la voz a una de las grandes culturas de la América precolombina.
Hoy, cada nueva inscripción descubierta no solo añade datos arqueológicos: amplía el relato de una civilización que observó el cielo con asombrosa precisión, dominó el arte del cálculo del tiempo y dejó escrita, en piedra y en papel, la historia de sus reyes y de su mundo.
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