El grumete del timón
Me llamo Juan. Tenía trece años la noche en que la Santa María se perdió para siempre. Muchos años después he oído a escribanos, frailes y cortesanos contar lo ocurrido como si hubieran estado allí. Dicen que fue la voluntad de Dios, la mala suerte o el cansancio del mar. Yo no sé de teologías ni de crónicas oficiales. Solo sé lo que vi con mis propios ojos desde el timón.
Era la noche del 24 de diciembre de 1492. El mar estaba tan manso que parecía un estanque. Hacía días que navegábamos entre aquellas islas verdes cuyos habitantes nos recibían sin armas de hierro ni fortalezas de piedra. El almirante, don Cristóbal Colón, confiado por la calma, se retiró a descansar. El maestre hizo lo mismo. Y a mí, un muchacho que apenas empezaba a aprender el oficio, me dejaron gobernando la nao mientras los hombres de experiencia dormían.
No era costumbre hacerlo. Nunca debió hacerse.
Al principio todo parecía sencillo. El viento apenas empujaba y la corriente era tan suave que costaba creer que pudiera vencernos. Pero el mar engaña. Mientras sostenía la caña del timón, sentí que la nao obedecía menos de lo normal. Quise llamar a los marineros antes, pero un hombre me dijo que no despertara a nadie por una simple sospecha.
Cuando quisimos reaccionar ya era tarde.
La Santa María rozó el fondo con un crujido que aún escucho en sueños. Luego vino un golpe seco. Después otro. El casco quedó clavado sobre un banco de arena y coral. La corriente empezó a empujar la popa mientras la proa permanecía inmóvil. Cada ola abría un poco más las costuras del casco.
Entonces empezó el verdadero desastre.
Muchos cuentan que toda la tripulación trabajó unida para salvar la nave. Ojalá hubiera sido así.
Hubo hombres valientes que intentaron aligerar peso, echar anclas y llevar cabos hasta tierra. Pero también hubo otros que perdieron el juicio. Aprovechando la confusión, algunos embarcaron en el batel con la excusa de llevar un ancla mar adentro. En realidad remaron desesperadamente hacia la Niña, la otra carabela, buscando ponerse a salvo antes que nadie.
Aquella fuga nos robó un tiempo precioso.
Éramos demasiados pocos para mover las vergas, descargar la artillería, sacar los toneles y reforzar el casco al mismo tiempo. Si todos hubieran permanecido en la nao quizá habríamos podido aligerarla antes de que la marea descendiera del todo. Nunca sabré si habría bastado para liberarla, pero sí sé que cada brazo que huyó hizo más difícil el trabajo de quienes se quedaron.
Cuando la gente de la Niña comprendió lo sucedido regresaron con su capitán para ayudarnos. Trabajaron con decisión y sin mirar quién pertenecía a una nave u otra. Pero para entonces el casco ya estaba vencido. Las maderas crujían como si fueran ramas secas.
Habíamos perdido la carrera contra el mar.
Los cronistas escribirán que Dios quiso que de la desgracia naciera una oportunidad.
Con la madera de la Santa María levantamos un pequeño fuerte en tierra. Lo llamaron Navidad por la fecha del naufragio. Allí quedaron cuarenta españoles mientras la Niña regresaba a Castilla llevando la noticia del descubrimiento.
Todos celebraban aquella decisión como el comienzo de una nueva era.
Yo no podía compartir aquel entusiasmo.
Antes de embarcarme había conocido en Palos a un viejo piloto portugués que había navegado mucho más allá de Guinea y de las islas atlánticas. No era hombre de fantasías. Una noche, mientras remendábamos cabos, me habló de Cathay, de Cipango y de las costas descritas por viajeros orientales. Me dijo que, si alguna vez llegábamos allí, encontraríamos ciudades inmensas, puertos llenos de juncos, mercaderes vestidos de seda, monedas de oro, escritura desconocida y gobernantes poderosos.
Nada de eso había visto yo.
Aquellas islas eran hermosas, sí. Sus habitantes eran generosos. Pero no conocían el hierro, ni los caballos, ni las grandes ciudades. No hablaban como los mercaderes de Oriente que describían los portugueses. Ni había palacios del Gran Kan.
Mientras el almirante aseguraba que habíamos alcanzado las cercanías de Asia, yo recordaba las palabras de aquel piloto y pensaba que nos encontrábamos en un mundo distinto, uno que ningún europeo parecía haber imaginado todavía.
Jamás me habría atrevido a discutir con don Cristóbal. Yo era solo un grumete.
Pero el mar enseña a desconfiar incluso de los hombres más seguros de sí mismos.
Con el tiempo comprendí otra cosa.
Sin el naufragio, quizá la historia habría sido diferente. Si la Santa María hubiera regresado intacta, no habría existido el fuerte de Navidad. Si no hubiera cuarenta hombres esperando ser socorridos al otro lado del océano, tal vez los Reyes Católicos habrían pensado mucho antes de gastar otra fortuna en una segunda expedición.
En cambio, aquellos hombres quedaron allí como una promesa y también como una obligación. Había que volver por ellos. Había que abastecerlos. Había que demostrar que el asentamiento podía prosperar.
El naufragio, que para nosotros fue una desgracia, terminó convirtiéndose en el mejor argumento para conseguir nuevos barcos, más hombres y más dinero.
Yo sigo creyendo que aquella noche comenzó la verdadera historia, no porque encontráramos Cathay, sino porque perdimos una nao.
Y a veces me pregunto si el destino del mundo cambió por culpa de un muchacho de trece años al que jamás debieron dejar solo al timón.

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