- Quevedo escribió numerosos poemas y textos satíricos contra el matrimonio y contra las mujeres, aunque también escribió poemas amorosos.
- Se casó relativamente tarde, en 1634, con Esperanza de Mendoza, viuda y dama de posición acomodada. El matrimonio duró muy poco; se separaron al cabo de unos meses.
- Existen poemas donde ironiza sobre los inconvenientes de casarse y sobre esposas viejas, jóvenes, pobres o interesadas.
- También es cierto que en distintas etapas de su vida tuvo relaciones sentimentales o galantes de las que se conocen pocos datos seguros y abundan las conjeturas.
- Quevedo fue un espadachín temible y participó en varios lances de honor. Una tradición muy difundida cuenta que mató o hirió gravemente a un hombre que había insultado o agredido a una dama en una iglesia y que luego tuvo que abandonar Madrid para evitar la acción de la justicia. Sin embargo, los detalles concretos varían según las fuentes y parte del relato pertenece más a la tradición biográfica que a un hecho plenamente documentado.
Si lo que buscas es una escena al estilo de una novela histórica, puedo escribirla respetando lo que se sabe de la época. Por ejemplo:
Entrevista imaginaria entre un clérigo y Francisco de Quevedo (1635)
El despacho olía a pergamino, cera y vino viejo. Tras la ventana, el invierno madrileño difuminaba las torres de la villa. El clérigo dejó el breviario sobre la mesa y observó a Quevedo, que jugueteaba con sus anteojos mientras sonreía con esa mezcla de ironía y cansancio que parecía acompañarlo siempre.
—Decidme, don Francisco... ¿No sois vos el mismo que escribió contra el matrimonio con más saña que un enemigo de la especie humana?
Quevedo dejó escapar una risa breve.
—Padre, también escribí contra médicos, jueces, taberneros y validos. Ninguno de ellos ha desaparecido por mis versos.
—Pero os habéis casado.
—Y sigo sabiendo escribir.
El sacerdote abrió un cuaderno.
—Permitidme recordar unas palabras vuestras. En un romance decís, burlándoos del estado matrimonial, que el casamiento es una carga de la que pocos salen contentos, y en otros versos llamáis al marido "paciente por obligación". No parecéis precisamente un cantor de las bodas.
—La sátira —respondió Quevedo— no condena el sacramento; condena la necedad con que muchos llegan a él. Hay hombres que buscan esposa como quien compra un caballo hermoso: miran el pelo y olvidan los cascos.
—Entonces, ¿qué mujer habría de escoger un hombre prudente?
Quevedo apoyó los codos en la mesa.
—Ni muy rica ni muy pobre.
—¿Por qué?
—La muy rica suele traer consigo un ejército de deudos que creen haber comprado también al marido. Y la muy pobre puede convertir el amor en contabilidad. No porque sea culpa suya, sino porque el hambre tiene pésima conversación.
—Continuad.
—Ni deslumbrantemente hermosa ni monstruosamente fea.
—Eso suena poco galante.
—Es experiencia humana. La belleza extraordinaria trae pretendientes como la miel moscas. El marido vive de centinela. La fealdad absoluta convierte el matrimonio en penitencia estética, y tampoco conviene tentar la paciencia de Dios.
El clérigo ocultó una sonrisa.
—¿Y la edad?
—Ni una anciana que busque marido para que le cierre los ojos, ni una muchacha que aún deba aprender qué es un hogar y qué obligaciones nacen del lecho y de la casa. El matrimonio no es escuela de niños, sino compañía de adultos.
—Habláis ahora con mucha sensatez para quien escribió tantos disparates contra las mujeres.
—Nunca escribí contra las mujeres, padre. Escribí contra los vicios. El problema es que algunos lectores se reconocieron demasiado en ellos.
El sacerdote pasó la página.
—Antes de vuestro matrimonio... ¿hubo otras damas?
Quevedo permaneció unos instantes en silencio.
—Hubo sonetos.
—Eso no responde.
—Los sonetos suelen nacer porque hubo una dama.
—¿Muchas?
—Las suficientes para saber que una mirada hermosa puede ser más peligrosa que una espada bien afilada.
—¿Amasteis?
—Más de una vez. Y también confundí el amor con la vanidad, como hacen casi todos los hombres antes de cumplir cuarenta años.
—¿Alguna os correspondió?
—Algunas respondieron a mis versos; otras respondieron a mi fama; pocas respondieron a mi persona.
El clérigo asintió lentamente.
—Dicen también que sabéis manejar la espada casi tan bien como la pluma.
—La espada tiene una ventaja: el necio entiende su argumento más deprisa.
—Contadme el episodio de la iglesia.
Quevedo bebió un sorbo de vino antes de responder.
—Fue durante la misa. Un bellaco perdió el dominio de sí y abofeteó a su mujer allí mismo, delante del altar. El golpe resonó bajo las bóvedas como si hubiera herido al templo entero. Algunos bajaron los ojos; otros fingieron no verlo.
—¿Y vos?
—No nací para mirar al suelo.
—¿Qué hicisteis?
—Esperé a que terminase el oficio divino. No quise mezclar el acero con el incienso. Cuando salió, le pregunté si aquella mano que había levantado contra una mujer era tan valiente frente a un hombre.
—¿Y él?
—Aceptó el desafío.
—¿Espadas negras?
—Espadas negras.
El sacerdote frunció el ceño.
—Armas de duelo.
—Las mismas. A primera sangre... aunque todos sabíamos que esos lances rara vez terminaban en la primera gota. Cuando el acero entra en calor, la muerte suele rondar muy cerca.
—¿Dónde combatieron?
—En un descampado a las afueras de Madrid, antes del alba. Cada uno llevó un padrino. Se midieron las hojas, se fijó la distancia y se juró combatir con limpieza.
—¿Fue largo el combate?
—Lo bastante para que ambos sudáramos y para descubrir que el hombre era más bravo con las mujeres que con un igual. Atacó con violencia, descuidando la guardia. Esperé. Cuando abrió demasiado el brazo, entré por dentro.
—¿Le heristeis?
—La punta encontró carne. Cayó.
—¿Murió?
Quevedo sostuvo la mirada del sacerdote.
—Digamos que quedó en manos de Dios y de los cirujanos.
—¿Y entonces?
—Los corchetes empezaron a hacer preguntas.
—¿Os buscaban?
—Con bastante empeño.
—¿Qué hicisteis?
—Lo más prudente que puede hacer un hombre cuando la justicia desea hablar con él después de un duelo: desaparecer.
—¿Huisteis de Madrid?
—Antes del amanecer siguiente. Cambié de caballo dos veces. Dormí donde pude y hablé poco. Los caminos enseñan que la discreción pesa menos que una armadura.
—¿Os arrepentís?
Quevedo miró hacia la ventana.
—Me arrepiento de muchos versos escritos con demasiada cólera. De haber defendido a una mujer golpeada dentro de una iglesia... no.
El clérigo cerró lentamente el cuaderno.
—Curioso personaje sois, don Francisco.
—No tanto, padre. Los hombres somos contradicciones con sombrero. Yo únicamente tuve la mala fortuna de escribirlas todas.

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