jueves, 9 de julio de 2026

Tom Abercrombie escribe desde el Afganistán de 1968.

Afganistán. 1968. 

Queridísimos todos:

Os escribo desde un rincón del mundo que parece haber escapado al paso de los siglos. Afganistán no se parece a ningún otro país que haya visitado. Hay días en que avanzo por carreteras de grava conduciendo un Land Rover, y al siguiente me encuentro montado en un yak, cruzando un puerto nevado donde el viento parece querer arrancarle a uno el alma.

No os preocupéis demasiado por mí. He tenido mis buenos sustos, pero hasta ahora la fortuna me acompaña. Creo que nunca he conocido gente más hospitalaria. En las aldeas me reciben con té, pan caliente y una curiosidad inmensa por ese americano que insiste en recorrer sus montañas con una cámara colgada del cuello.

Aquí la historia parece estar siempre al alcance de la mano. En las conversaciones de té, entre una taza y otra, salen a relucir viejas guerras, rutas de invasión y nombres que todavía pesan en la memoria. Más de una vez me han hablado del Gran Juego, aquella época en que rusos e ingleses se disputaban estas tierras como si fueran una pieza más de su tablero imperial. Los afganos recuerdan bien a los británicos, y no precisamente con cariño: me han contado, con una mezcla de ironía y orgullo, cómo tantas expediciones inglesas entraron convencidas de que podían mandar aquí y acabaron aprendiendo, a fuerza de derrotas y retiradas, que estas montañas no se dejan dominar tan fácilmente.

Hace unos días cometí una locura de la que probablemente os reiréis cuando vuelva. Me convencieron para participar en un partido de buzkashi. Imaginad a decenas de jinetes lanzados al galope, peleando por el cuerpo sin cabeza de una cabra mientras los caballos chocan unos contra otros como si fueran navíos en plena tormenta. Me prestaron un caballo y pensé que bastaría con seguir al grupo. Qué ingenuo fui. En cuestión de segundos me encontré empujado desde todos los lados, intentando no caer mientras hombres acostumbrados a esa brutalidad desde niños luchaban con una fuerza increíble. Durante un instante conseguí sujetar la cabra y sentí que todo el tropel venía directamente hacia mí. Apenas pude conservar el equilibrio antes de que otro jinete me la arrebatara. Nunca había terminado tan cansado ni tan lleno de polvo, pero tampoco había disfrutado tanto.

También he visto otro deporte ecuestre en el que los jinetes, al galope, deben arrancar una pequeña estaca clavada en el suelo con la punta de la lanza. Dicen que nació como ejercicio militar para entrenar la precisión de la caballería. Si las tiendas de los ejércitos invasores se caían sobre los desprevenidos guerreros eran más fáciles de matar en medio del caos.  Después de contemplarlo, no me cuesta creerlo.

Mi viaje me ha llevado hasta el remoto corredor de Wakhan, una estrecha franja de tierra encerrada entre montañas gigantescas. Allí acompañé a un cazador pastún que conocía cada valle y cada risco como si hubiera nacido de la roca. Buscábamos el legendario carnero de Marco Polo, cuyas enormes espirales de cuernos parecen imposibles en un animal vivo. Durante días caminamos entre glaciares y praderas tan altas que apenas crece la hierba. También vimos, a gran distancia, algunos chirus, esos antílopes de las grandes altiplanicies cuya lana es tan fina que aquí la consideran un tesoro.

Hay momentos en los que el silencio es absoluto. Solo se oye el viento y el silbido de las marmotas. En esos instantes uno comprende por qué tantos conquistadores atravesaron estas montañas y, al mismo tiempo, por qué tan pocos lograron dominarlas.

Uno de los lugares que más me ha impresionado ha sido Bamiyán. Allí se levantan dos Budas gigantes excavados en la pared del acantilado. Son tan altos que las personas parecen hormigas a sus pies. Resulta difícil creer que hayan permanecido allí durante más de mil años, contemplando el paso de caravanas, imperios y religiones sin moverse un solo centímetro.

En Bamiyán también conocí a un anciano que me contó, junto al fuego y con una paciencia casi ceremonial, la historia de Lala Khatun, a quien algunos pronuncian Lla Khatum. No la relató como quien repite una anécdota, sino como quien transmite una advertencia antigua. Hablaba despacio, mirando de vez en cuando las llamas, y parecía medir cada palabra para que pesara lo justo. Según él, cuando llegaron los sitiadores de Gengis Khan, Lala Khatun reveló el secreto más terrible de la ciudad: les indicó cómo se abastecía de agua, y con ello condenó a sus vecinos a una elección imposible, morir de sed o caer bajo las armas del invasor. El viejo añadió que los mongoles no se limitaron a arrasar las casas; mataron también a los animales de granja, como si quisieran borrar hasta el último resto de vida del lugar. Y, para rematar la traición, dijo que Lala Khatun fue lapidada por orden de Gengis Khan, castigada como traidora a su pueblo y a su clan. No alzó nunca la voz. Bastaba su tono grave, el silencio de los que escuchaban y el resplandor del fuego para que la historia pareciera ocurrir de nuevo delante de nosotros.

Los hazaras que viven en ese valle me recibieron con enorme cortesía. Son distintos de los pastunes del sur tanto en el aspecto como en las costumbres, y hablan con orgullo de sus pueblos y de sus campos. En sus casas siempre hay un sitio para el viajero, aunque la comida sea sencilla y el invierno muy duro.

Lo que más me impresiona de Afganistán no son únicamente sus montañas, sino sus gentes. Cada valle parece pertenecer a un mundo diferente. Cambian las lenguas, las ropas, las tradiciones y hasta el modo de montar a caballo. Sin embargo, todos comparten un profundo sentido del honor y una independencia feroz. Creo que esa es la verdadera explicación de su historia: nadie consigue decirles durante mucho tiempo cómo deben vivir.

Cuando regrese tendré cientos de fotografías que enseñaros, aunque sospecho que ninguna conseguirá transmitir el olor del humo de las hogueras, el frío de las cumbres ni el estruendo de un buzkashi visto desde dentro.

Espero volver pronto con muchas historias más que contar alrededor de la mesa.

Con todo mi cariño,

Tom.

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