lunes, 17 de agosto de 2026

El Palio della Balestra. Competición de arqueros entre dos poblaciones italianas.

 


Hay una historia muy interesante detrás del Palio della Balestra, porque lo que hoy parece una espectacular recreación renacentista es, en realidad, el último eslabón de una tradición militar, cívica y religiosa que se remonta a la Edad Media. Y hay un detalle sobre Napoleón que conviene matizar: sí existe una tradición histórica local según la cual el Palio fue suspendido en 1809 y 1810 por las autoridades napoleónicas, pero no he encontrado una fuente primaria que permita afirmar con seguridad que Napoleón en persona dictó una prohibición específica de esta competición ni cuál fue exactamente su motivación.

El duelo de las dos ciudades

Dos veces al año, los ballesteros de Gubbio, en Umbría, y Sansepolcro, en la Toscana, se enfrentan en una competición que tiene algo de deporte, algo de ceremonia religiosa y mucho de memoria histórica.

En Gubbio, el Palio se celebra el último domingo de mayo, dentro de las fiestas de San Ubaldo; en Sansepolcro, el segundo domingo de septiembre, en las celebraciones de San Egidio. En ambos casos los protagonistas son los miembros de las respectivas Società dei Balestrieri, vestidos con indumentaria inspirada en el siglo XV.

El escenario contribuye enormemente al espectáculo. En Gubbio, los tiradores ocupan la monumental Piazza Grande; en Sansepolcro, la competición se desarrolla en el centro histórico, tradicionalmente en la Piazza Torre di Berta. El heraldo proclama el desafío, desfilan los participantes, suenan tambores y clarines y aparecen los abanderados. Después llega el momento de silencio: cada ballestero dispara hacia el blanco.

El objetivo es el tasso, un blanco situado a 36 metros. Gana el tirador cuyo proyectil queda más cerca del centro, y el premio es el Palio, un estandarte artístico realizado expresamente para la ocasión.

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Una rivalidad mucho más antigua que el deporte moderno

La rivalidad entre Gubbio y Sansepolcro no nació como una competición folclórica. La balestra era originalmente un instrumento de guerra y los concursos de tiro tenían una función muy práctica: mantener entrenados a los ciudadanos que podían ser llamados a defender la ciudad.

Sansepolcro, situada en una zona fronteriza y disputada entre distintos poderes, tenía una particular necesidad de mantener preparada su milicia. El municipio poseía incluso un importante arsenal de ballestas. Según la documentación recogida por el propio Comune di Sansepolcro, en 1453 Piero della Francesca aparece como propietario de una de las 160 ballestas municipales, que debía retirar para la defensa de su ciudad.

Así, practicar el tiro durante las fiestas no era simplemente divertirse: era una forma de entrenamiento militar en tiempos de paz. Con el paso del tiempo, el ejercicio militar se convirtió en competición y la competición terminó formando parte de las fiestas religiosas de la ciudad.

En Gubbio encontramos una de las pruebas documentales más antiguas y fascinantes. Una crónica registra que el 17 de mayo de 1461, durante la visita de Battista Sforza, esposa del duque Federico da Montefeltro, se celebró el Palio en Piazza Grande. La crónica cuenta que la noble visitante acudió a contemplar cómo se disparaba el Palio.

Es decir, el Palio de Gubbio está documentado al menos desde 1461.

En Sansepolcro la tradición es igualmente antigua. La propia ciudad señala que existen testimonios de la celebración desde el siglo XV, mientras que la competición específicamente entre Sansepolcro y Gubbio está documentada, como mínimo, desde 1594. Una carta de 15 de agosto de 1619 demuestra además que los ballesteros de Sansepolcro invitaban formalmente a los de Gubbio a participar en las fiestas de septiembre.

La carta resulta especialmente reveladora: los de Sansepolcro explicaban que la victoria tenía mayor gloria cuando se conseguía frente a hombres «expertos y famosos». La rivalidad, por tanto, ya estaba plenamente institucionalizada a comienzos del siglo XVII.


Una máquina de guerra convertida en tradición

La historia de la ballesta es muchísimo más antigua que la del Palio italiano.

Existen evidencias de armas semejantes a la ballesta en China desde el siglo V a. C., y los griegos conocieron mecanismos parecidos, como el gastraphetes. También existen referencias romanas a armas de este tipo. Sin embargo, fue en la Europa medieval donde la ballesta alcanzó una importancia militar extraordinaria.

Su principio era sencillo pero revolucionario: el arquero dejaba de depender exclusivamente de la fuerza de sus brazos. La cuerda se tensaba mediante un mecanismo y quedaba retenida; al accionar el disparador, liberaba de golpe la energía acumulada en el arco.

Esto tenía varias ventajas.

Un ballestero podía mantener el arma cargada y preparada durante cierto tiempo, apuntar con relativa precisión y emplear una potencia considerable sin necesitar la musculatura y el entrenamiento extraordinarios que exigía un arquero de arco largo.

La evolución técnica produjo diferentes tipos de ballesta. Las más pesadas podían requerir mecanismos auxiliares —como torno o cranequin— para tensarlas. Precisamente la balestra da banco, o balestra grossa italiana, es una máquina considerablemente más grande y potente que la imagen popular de una pequeña ballesta portátil.

Durante la Edad Media, los ballesteros fueron tropas muy apreciadas. Los famosos ballesteros genoveses participaron en numerosas campañas y cruzadas. En la batalla de Crécy, en 1346, por ejemplo, ballesteros genoveses combatieron del lado francés frente a los arqueros ingleses.

Paradójicamente, la misma arma que proporcionaba semejante ventaja militar despertaba una enorme preocupación moral.

En 1139, el Segundo Concilio de Letrán condenó el uso de ballestas contra cristianos, considerándolas un arma particularmente mortífera. La prohibición, sin embargo, fue ampliamente ignorada y la ballesta siguió siendo utilizada en los ejércitos europeos.


De arma militar a deporte

La gran transformación llegó entre los siglos XV y XVI.

Las armas de fuego fueron mejorando progresivamente. Al principio tenían inconvenientes importantes: eran lentas, incómodas, necesitaban pólvora y mecha y podían resultar poco fiables. Por eso la ballesta sobrevivió durante bastante tiempo.

Pero finalmente las armas de fuego se impusieron.

El Metropolitan Museum of Art sitúa a mediados del siglo XVI el momento en que la ballesta dejó de ser un arma militar de uso general debido a la creciente eficacia de las armas de fuego portátiles.

La ballesta, sin embargo, encontró una segunda vida.

Continuó utilizándose para caza y tiro deportivo, gracias a su precisión, su relativa silenciosidad y su capacidad de lanzar proyectiles a considerable distancia.

Y en las ciudades italianas ocurrió algo particularmente interesante: el antiguo entrenamiento militar se convirtió en ritual cívico.

Los ciudadanos seguían reuniéndose para disparar, pero ya no necesariamente para prepararse para una batalla inminente. Había premios, reglas, días festivos, ceremonias religiosas y orgullo municipal.

De ahí proceden los palii.

En Gubbio y Sansepolcro esta transformación fue especialmente resistente al paso del tiempo. Mientras en buena parte de Europa la ballesta desaparecía de la vida militar, allí permaneció vinculada a las fiestas de los santos patronos y a la identidad de la ciudad.


¿Por qué Napoleón la prohibió?

Aquí es donde la historia se vuelve más delicada.

Una tradición histórica recogida en fuentes locales afirma que el Palio fue suspendido en Gubbio en 1809 y 1810 durante el dominio napoleónico. Una publicación de la prensa local de Gubbio recoge precisamente esta tradición y señala que el Palio fue «anulado por Napoleón» durante esos dos años.

Pero hay que distinguir entre dos afirmaciones:

  1. Está documentado en la tradición histórica local que la competición no se celebró en 1809 y 1810.
  2. No está igualmente demostrado que existiera un decreto personal de Napoleón dirigido específicamente contra el Palio della Balestra.

Esta segunda afirmación aparece con frecuencia en relatos divulgativos, pero las fuentes que he podido localizar no proporcionan el supuesto decreto ni una orden napoleónica que explique explícitamente: «queda prohibido el Palio de Gubbio».

Por eso sería históricamente más prudente hablar de una suspensión durante la administración napoleónica, no de una prohibición personal de Napoleón salvo que aparezca documentación de archivo que lo confirme.

¿Qué pudo motivarla?

El contexto político proporciona una explicación bastante plausible.

Las campañas napoleónicas transformaron profundamente Italia. Gubbio quedó incorporada al sistema político napoleónico y las antiguas estructuras municipales y corporativas fueron sometidas a una progresiva reorganización. En ese contexto, una celebración que reunía públicamente a ciudadanos armados con antiguas armas, acompañada de símbolos municipales, compañías, banderas y ceremonias tradicionales, podía resultar incómoda para un poder que buscaba centralizar el control político y militar.

Además, para entonces la ballesta ya no era un arma militar necesaria. Su función era esencialmente ceremonial y tradicional. Desde el punto de vista de un Estado moderno que pretendía controlar las armas y reorganizar las milicias, mantener una competición pública con armas históricas podía carecer de utilidad práctica.

Pero esto es una interpretación contextual, no una motivación que pueda atribuirse documentalmente a Napoleón con absoluta seguridad.


Una tradición que sobrevivió al Imperio

Y aquí está quizá lo más interesante de toda la historia.

La interrupción napoleónica —si aceptamos la documentación local sobre 1809-1810— no acabó con el Palio.

La tradición reapareció y sobrevivió durante los siglos XIX y XX, hasta convertirse en uno de los ejemplos más extraordinarios de continuidad de una práctica histórica italiana.

En 1951, el Palio entre Gubbio y Sansepolcro adquirió su forma moderna de recreación histórica, con los participantes vestidos al modo renacentista.

En 1966, además, Gubbio y Sansepolcro participaron en la creación de la Federazione Nazionale Italiana Balestrieri, junto con otras ciudades que conservaban la tradición del tiro con la ballesta antigua.

Pero ambas ciudades han mantenido una relación especial. De hecho, sus sociedades de ballesteros han insistido históricamente en que el Palio de Gubbio y Sansepolcro posee una continuidad propia y diferenciada respecto de otros concursos italianos. Una intervención parlamentaria italiana de 2004 llegó a recoger precisamente esa reivindicación de continuidad histórica.


Dos ciudades, una misma memoria

El resultado es una paradoja magnífica.

La ballesta nació como un arma destinada a matar a distancia. Fue considerada durante siglos una de las armas de proyectiles más poderosas de Europa y llegó incluso a provocar condenas eclesiásticas por su capacidad destructiva.

Las ciudades medievales la incorporaron a sus sistemas de defensa. Los ciudadanos practicaban con ella para estar preparados para la guerra.

Después llegaron las armas de fuego y la ballesta perdió su importancia militar.

Pero precisamente cuando dejó de ser necesaria como arma, sobrevivió como símbolo.

En Gubbio y Sansepolcro, aquella antigua herramienta de guerra acabó convertida en una ceremonia de identidad colectiva: dos ciudades, dos santos, dos sociedades de ballesteros y una rivalidad que dura siglos. Hoy el objetivo ya no es derrotar a un enemigo, sino colocar un pequeño proyectil lo más cerca posible del centro de un blanco situado a 36 metros.

La paradoja final es preciosa: una máquina concebida para la guerra terminó sirviendo para conservar la memoria de una ciudad y mantener una rivalidad que, en lugar de separar a Gubbio y Sansepolcro, las une.

Una precisión histórica sobre Napoleón

Si el reportaje va a publicarse o utilizarse en un trabajo académico, yo formularía esta parte así:

«Durante el periodo napoleónico, el Palio sufrió una interrupción documentada por la tradición local en 1809 y 1810. La historiografía divulgativa atribuye esta suspensión a Napoleón, aunque no se ha localizado un decreto suyo que ordenase expresamente la prohibición de la competición. Más que una prohibición personal demostrada, parece prudente situarla en el contexto de la reorganización política y militar napoleónica de Italia.»

Es una formulación bastante más sólida que afirmar sin matices que «Napoleón prohibió el Palio porque no quería que los ciudadanos practicaran con armas». Esa versión es atractiva, pero las fuentes que he podido verificar no permiten sostenerla con ese grado de certeza.

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