lunes, 25 de diciembre de 2017

Lindsey Addario, fotógrafa de guerra.

Libro: ESTO ES LO QUE HAGO: LA VIDA DE AMOR Y GUERRA DE UNA FOTÓGRAFA.
Autora: Lindsey Addario.

Esta italoamericana de Connecticut se graduó en relaciones internacionales en la Universidad. Después viajó al extranjero, a Argentina, con la finalidad de aprender español. Intentó entrar en la plantilla de un periódico pero la rechazaron. Entonces pensó en ganarse la vida como fotógrafa de prensa porque aunaba sus estudios universitarios con su amor por las artes.

Se mudó a Nueva York, donde consiguió formar parte de la plantilla de Associated Press. En cuanto pudo, se trasladó a La India donde empezó a cubrir como free lance algunos de los problemas de las mujeres en el subcontinente indio. Un compañero de piso le sugirió que tenía buena mano con las mujeres de casta baja y que buenamente podía conseguir buenos reportajes si cruzaba la frontera afgana y contaba la situación de las mujeres bajo el yugo de los talibanes.

Addario volvería a Kandahar en 2001 para documentar la caída de los talibanes y, cuando empezaron las operaciones para derribar el régimen de Saddam Husseim y del Partido Baas, se trasladó a Irak. Era 2003.

Robert Capa decía que si unas fotos no eran lo suficientemente buenas era porque el reportero no se había acercado bastante. ¿Estás de acuesdo, Lindsey?

Estoy de acuerdo en que hay que involucrarse de una forma u otra en la historia que estás cubriendo. La gente tiende a hablar más cuando comprende que te interesan sus vidas, cómo les afecta la guerra y las decisiones de los jefes mundiales. Pero hay que evitar correr riesgos inútiles en una zona de combate. Si un soldado te dice por las buenas que no deberías estar allí, retrocedo.

Yo no entro en la vida de los demás, en sus peores momentos de incertidumbre y me pongo a fotografiarles sin más. Primero me gano su confianza, hago que se sientan comodos, y al cabo de unas horas, o unos días les saco las fotos.

Si una persona ha muerto de una forma salvajemente violenta no saco la fotografía. Por respeto. Intento contar lo que sucede en una guerra lejana a gente bien alimentada, que ni se puede imaginar esa clase de vida.

En una ocasión una mujer empezó a hacer bromas sobre los muertos de las Torres Gemelas de 2001. La dejé hablar. No se trata de que me guste lo que diga o no. No me agrada que alguien se alegre de un atentado con 1500 muertos. Pero hay que llegar al asunto de por qué esa mujer se alegra de tal catástrofe, de que por una vez los muertos no sean los habituales, llegar a su subjetividad. Y para eso hay que dejarles hablar, sin interrumpirles. Aunque te horrorice lo que tengan que decir.

¿Fue difícil ser mujer y cubrir noticias y guerras en países musulmanes, en guerra o con gobiernos irresponsables o dictatoriales?

Una fotógrafa de guerra es lo ideal si quieres trabajar en una sociedad tan segregada como la musulmana. Tienes acceso a los hombres y a las mujeres.

Claro que en caso de tener que trasladar equipo a pie es una lata. Una vez salí con una patrulla de siete reporteros de guerra por Kandahar, en plena zona del opio. Se suponía que no teníamos que estar allí, así que para evitar los controles de los talibanes nos metimos en los campos de amapolas. Teníamos que saltar las acequias de regadío, y una chica no puede hacerlo sola. Así que mi colega Dexter Filkins saltaba la zanja primero, me alargaba la mano y tiraba de mí. En casos como esos, una mujer en países donde supervivencia equivale a acción puede ser una rémora.

Creo que conseguirta una fotografía espectácular en 2003. Algo de unos marines afeitándose tras tomar la ciudad, creo...

Era una foto importante, porque Tikrik era la ciudad natal de Saddam Husseim. Estaban celebrándolo. Cuando el convoy de los periodistas entró en la ciudad, encontramos a un grupo de marines afeitándose y lavándose los torsos desnudos con esponjas y agua embotellada delante de uno de los palacios de Saddam. Era el fuinal de su régimen, estuviese donde estuviese. Había valido la pena. Por entonces.

Pero en Libia te capturaron y te amenazaron con una ejecución los terroristas de una filial de Al Qaeda. Finalmente os soltaron.

Soltaron a nuestro grupo Chris Hondras y Tim Heterington no lo contaron. A veces me pregunto por qué yo estoy viva y puedo cuidar de mi hija, mientras Tim y Chris no salieron vivos de la guerra civil libia.

Cuando empecé los periodistas éramos cronistas imparciales y nos dejaban en paz. En 2004 algo cambió, quizá con la aparición de Internet. Lo repetiré. A mi me soltaron porque era periodista. Mis captores se convencieron de que no tenía el poder para interferir en sus planes. Tim y Chris no tuvieron tanta suerte. Los mataron por ser precisamente periodista. Ahora los grupos como el Daesh te pueden decapitar si te cogen. Por eso, ahora que una niña pequeña, depende de mí, les preguntó a los peshmerga, los combatientes nacionalistas kurdos de la guerra civil siria, donde está el frente de lucha contra el ISIS. Para ir a fotografiar a otro lugar.

En ese sentido yo soy zen. Soy reportera de guerra. Nadie me ha ordenado ni presionado para que haga este trabajo. Si me cuesta la vida o la integridad física por la metralla de un mortero o por pisar una mina, no puedo culpar a nadie más que a mí misma.

También has encontrado con que la situación límite que supone una guerra saca lo mejor de las personas. ¿Puedes dar un ejemplo?

Durante la rebelión contra Gadafi de 2004, una familia libia nos proporcionó una casa para dormir y colocar los chismes en Brega. Cada noche había 17 periodistas durmiendo en el suelo sobre toallas o colchonetas. Enviaban a su hijo de 10 años todas las mañanas con dos bandejas repletas de comida, y eso que había racionamiento en la zona.

En las zonas más pobres del Tercer Mundo he encontrado personas siempre sonrientes. Y nosotros, los occidentales de los países desarrollados, no sonreiríamos ni nos encogeríamos de hombros de tener que vivir sus vidas.

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