Este libro nos lleva a 1931, en plena Segunda República. Dos parlamentarias, Clara Campoamor y Victoria Kent, son las protagonistas de un encendido debate, posicionadas a favor y en contra del voto de la mujer española. Cuando se cumplen 90 años de este hito, Isaías Lafuente escribe una crónica periodística de los acontecimientos que llevaron a las mujeres españolas a su primer encuentro con las urnas.
Isaías Lafuente se animó a escribir esta crónica novelada cuando leyó datos falsos sobre este acontecimiento como que los socialistas españoles se opusieron al sufragio femenino cuando fueron determinantes; que la socialista Margarita Nelken y los comunistas votaron en contra, cuando ella no estaba en el Congreso, ni los comunistas disponían de un solo escaño en la Cámara en 1931; que Clara Campoamor logró sacar adelante estas leyes gracias al apoyo de los liberales y sin el apoyo de los socialistas, cuando no fue así. Estas cosas las dicen en los medios de comunicación políticos actuales como Ruíz Gallardón, Pablo Casado y Albert Rivera. Así que Lafuente se decidió a divulgar cómo habían sucedido las cosas realmente.
Lafuente estima que Clara Campoamor fue una self made Woman ( mujer hecha a sí misma) que en 1921 todavía no tenía ni el título de Bachillerato. Como ciudadana demostró que la fuerza de voluntad y el impulso de una mujer podían hacer que una sociedad entera cambiase sustancialmente. Defendió siempre los principios democráticos aunque supusiesen enfrentarse a sus correligionarios políticos ( que la abandonaron) y poner en peligro su carrera.
Victoria Kent, por su parte, era republicana, feminista y una gran defensora de la democracia. Fue una espinita clavada en el costado de Franco desde el exilio. Hizo un trabajo excepcional como directora de Prisiones en el primer gobierno republicano. Pero en el tema del sufragio, no pudo ver la excelente oportunidad que se les presentaba a las mujeres españolas para conseguir lo que la monarquía les negó durante siglos.
Kent no votó a favor del sufragio femenino porque creyó que muchas mujeres elegirían a los candidatos postulados por sus confesores y tutores espirituales desde las sacristías, lo que habría acabado favoreciendo a los partidos conservadores no republicanos. Aunque en 1933 las mujeres llevaron a la victoria a la CEDA, un partido de derechas, los votos de ellas formaron en 1936 el Frente Popular de Izquierdas. Fueron las botas de los militares reaccionarios, no los votos de las mujeres los que acabaron con la República.
Un diputado llamado Roberto Novoa dijo durante los debates que las mujeres no podían votar porque eran seres histéricos. Era un patólogo metido en política que veinte años antes había publicado un libro titulado LA INDIGENCIA ESPIRITUAL DEL SEXO FEMENINO. Otro diputado, Manuel Hilario Ayudo dijo que las mujeres eran seres histéricos, pero presas de una histeria reversible, que se acababa durante la menopausia. Así que propuso que las mujeres españolas votasen a partir de los 45 años mientran que los varones lo harían a partir de los 23. Esas estupideces se escucharon en unas Cortes en las que estaban Unamuno, Marañón, Ortega y Gasset, Azaña....
El sufragio se consiguió gracias al voto de 161 diputados, 83 de ellos socialistas. También votó a favor ERC. Los tres grandes partidos republicanos ( el Partido Radical, de la propia Campoamor, Acción Republicana, de Azaña, y el Partido Radical Socialista, de Victoria Kent) votaron en contra. 188 de los 470 diputados no estaban presentes o se abstuvieron de votar esa ley.
La dictadora franquista dinamitó todos los derechos en materia de igualdad entre hombres y mujeres que garantizaría la Constitución de 1978, muerto Franco. Hasta 1975 tres generaciones de mujeres fueron ciudadanas de segunda, bajo la potestad del padre o del marido, teniendo que depender de él para viajar, tener una cuenta corriente o para disponer de sus bienes. Los únicos trabajos de los que disponían eran los tradicionales: secretarias, maestras, dependientas, criadas... y eso hasta que contraían matrimonio, puesto que a partir de entonces desaparecían del marcado laboral.
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