En El Dorado (1988), Carlos Saura se aleja deliberadamente de una reconstrucción histórica estricta para construir una reflexión simbólica sobre el poder, la violencia y el delirio colonial. Las llamadas “lagunas” históricas de la película no responden tanto a errores como a una voluntad consciente de transformar los hechos en materia trágica y casi onírica.
La caracterización de Lope de Aguirre es uno de los primeros desplazamientos respecto a las fuentes históricas. Frente al Aguirre astuto y políticamente calculador que aparece en las crónicas, Saura lo presenta como una figura dominada desde muy temprano por la locura, lo que permite convertir la expedición en una deriva mental colectiva más que en un proceso político gradual. Este enfoque se refuerza con la representación exagerada del caos interno del grupo y con una visión alegórica de los pueblos indígenas, donde se mezclan culturas y comportamientos sin pretensión etnográfica.
La ejecución de Inés de Atienza es un ejemplo claro de licencia histórica con finalidad dramática. Aunque Inés fue un personaje real y acompañó a Pedro de Ursúa, no existen pruebas de que fuera ejecutada como muestra la película. Saura convierte su muerte en un acto ritual que simboliza la ruptura definitiva con el orden legítimo y con cualquier atisbo de civilización. La escena no busca realismo, sino marcar el paso del motín a la barbarie absoluta, eliminando toda autoridad previa y todo freno moral.
El final de la película, con la ejecución de Elvira de Aguirre a manos de su padre, parte de un hecho históricamente documentado, pero lo reinterpreta desde un lenguaje onírico y fantasmagórico. Aguirre mató realmente a su hija para evitar que fuera capturada por las fuerzas realistas, pero Saura traslada el acto a un espacio mental más que histórico. Elvira deja de ser solo una hija para convertirse en símbolo del futuro mestizo y de la última conexión humana del protagonista. Al matarla, Aguirre no solo comete un crimen atroz, sino que destruye su linaje, su causa y cualquier posible justificación de su rebelión.
Las figuras de Inés y Elvira funcionan así como polos simbólicos: Inés representa el pasado, la autoridad y el orden que se sacrifica; Elvira encarna el futuro y la continuidad que se aniquila. Al eliminar ambas, Aguirre queda encerrado en un presente vacío, convertido en un rey sin reino. En conjunto, El Dorado no pretende explicar la historia, sino transformarla en una tragedia visual sobre el fracaso del poder absoluto y la autodestrucción inherente al delirio de grandeza.

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