lunes, 5 de enero de 2026

Las cárceles: los nuevos geriátricos japoneses.

 Robar para sobrevivir: la cárcel como último refugio de los ancianos en Japón

Por las noches, en pequeños supermercados de barrio o grandes cadenas de conveniencia abiertas las 24 horas, la escena se repite con una discreción casi ritual. Un anciano toma un paquete de arroz, una fruta, a veces una pastilla de jabón. No corre, no se esconde. Espera. Sabe que será detenido.

En Japón, uno de los países más ricos y longevos del mundo, un número creciente de personas mayores comete pequeños robos de manera deliberada para acabar entre rejas. No buscan dinero ni beneficios materiales. Buscan algo mucho más básico: comida regular, atención médica, compañía y un techo seguro.

Un fenómeno que ya no es marginal

Según datos del Ministerio de Justicia japonés, más del 20% de los delitos menores registrados en los últimos años han sido cometidos por personas mayores de 65 años. En el caso de los hurtos en tiendas, el porcentaje es aún mayor. La mayoría de los objetos robados son alimentos o artículos de primera necesidad, con un valor tan bajo que, en otros contextos, apenas justificarían una denuncia.

Pero en Japón, donde la presión social y el cumplimiento estricto de la ley forman parte del tejido cultural, estos pequeños delitos terminan a menudo en condenas de prisión, especialmente para reincidentes. Y es precisamente esa reincidencia la que revela una realidad más profunda.

“En la cárcel al menos comemos tres veces al día y alguien se preocupa si enfermamos”, explicaba a Asahi Shimbun un hombre de 72 años condenado por robar comida por tercera vez. Vivía solo, con una pensión mínima y sin contacto con su familia desde hacía décadas.

Soledad, pobreza y un sistema que no alcanza

Japón envejece a un ritmo vertiginoso. Más del 29% de su población supera los 65 años, y muchos de ellos viven solos. El modelo tradicional de cuidado familiar se ha erosionado con el paso de las generaciones, mientras que los sistemas públicos de asistencia social, aunque extensos sobre el papel, no siempre llegan a quienes más los necesitan.

Solicitar ayudas implica trámites complejos, entrevistas humillantes y, en algunos casos, un estigma social difícil de soportar. Para muchos ancianos, especialmente hombres que crecieron bajo la idea de la autosuficiencia, pedir ayuda equivale a admitir el fracaso.

“La prisión es más sencilla”, señala un trabajador social en Osaka. “No hay formularios interminables. No hay que demostrar que eres pobre. Basta con cometer un delito”.

Prisiones convertidas en residencias geriátricas

El resultado es una paradoja inquietante: las cárceles japonesas se están transformando, de facto, en residencias de ancianos. En algunos centros penitenciarios, más de la mitad de los internos supera los 65 años. Los funcionarios reciben formación básica en cuidados geriátricos y los costes médicos aumentan año tras año.

Algunos presos ancianos necesitan ayuda para caminar, para vestirse o incluso para recordar por qué están allí. “No tenemos suficientes cuidadores fuera, pero sí dentro de las prisiones”, ironizaba un editorial del Mainichi Shimbun.

Una llamada de atención silenciosa

Lejos del sensacionalismo, la prensa japonesa trata este fenómeno como un síntoma de un problema estructural: la combinación de envejecimiento extremo, aislamiento social y un sistema de bienestar que no siempre se adapta a las realidades humanas.

Los pequeños robos de estos ancianos no son actos de rebeldía ni de delincuencia oportunista. Son, en muchos casos, una forma desesperada de pedir ayuda en una sociedad que valora el orden, pero que empieza a mostrar grietas en su red de cuidados.

Mientras Japón debate reformas en su sistema de pensiones y asistencia social, algunos de sus ciudadanos más vulnerables siguen eligiendo la cárcel como último refugio. Un lugar que, paradójicamente, les ofrece lo que no encuentran en libertad: atención, dignidad mínima y la certeza de no estar completamente solos.



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