La tarde caía sobre el Palatino con una luz cansada, casi polvorienta. Desde el peristilo se oían risas apagadas y el choque metálico de las armas de práctica. Cómodo se aburría rápido de todo; hoy, más rápido que de costumbre.
Marco Aurelio estaba sentado en un banco de mármol, envuelto en una clámide sencilla, impropia de un emperador. Tenía un rollo de papiro en la mano, pero no lo leía. Miraba, más bien, hacia dentro. A su lado, de pie, el liberto Polidario, instructor del joven César, aguardaba con respeto contenido.
—Se ha marchado otra vez —dijo Polidario, rompiendo el silencio—. Dice que los ejercicios del espíritu no fortalecen el brazo.
Marco Aurelio esbozó una sonrisa leve, sin ironía.
—El brazo se fortalece con el uso —respondió—. El alma, con la resistencia. Y eso es algo que cuesta más explicar.
Polidario dudó un instante.
—Augusto… si me lo permites… ¿cómo debo enseñarle lo que ni siquiera desea escuchar?
El emperador apoyó el rollo en el banco y levantó la vista hacia el cielo, donde las primeras estrellas comenzaban a imponerse a la luz.
—Enséñale, Polidario, aunque no aprenda. El deber del maestro no es vencer, sino ofrecer. El resto no nos pertenece.
Polidario frunció el ceño, intrigado.
—Eso… ¿es estoicismo?
Marco Aurelio asintió despacio.
—En parte. El estoicismo comienza ahí: en distinguir con absoluta claridad lo que depende de nosotros y lo que no. —Golpeó suavemente el mármol con los nudillos—. No dependen de mí los gustos de mi hijo, ni su impaciencia, ni su desprecio por la reflexión. Dependen de mí mis palabras, mi ejemplo y mi constancia.
Polidario bajó la mirada, pensativo.
—Entonces no se trata de endurecerse.
—No —corrigió Marco Aurelio—. Se trata de no mentirse. El mundo no está hecho para complacernos. El dolor, la pérdida, la ingratitud… todo eso llega sin pedir permiso. El estoico no huye de ello, pero tampoco se deja gobernar. Aprende a decirse: “Esto ha ocurrido. Ahora, ¿qué haré yo con ello?”
Un grito de júbilo interrumpió la conversación: Cómodo había derribado a uno de sus compañeros y celebraba la victoria con exageración teatral. Marco Aurelio lo observó sin dureza, con una tristeza serena.
—¿Y sus Meditaciones? —preguntó Polidario en voz baja—. He oído decir que escribe para los dioses.
Marco Aurelio negó suavemente con la cabeza.
—No escribo para los dioses. Escribo para no olvidarme de mí mismo.
Tomó de nuevo el rollo y lo desenrolló apenas.
—Ahí me recuerdo cosas simples, Polidario. Que soy mortal. Que el poder es prestado. Que la cólera promete fuerza y solo entrega debilidad. Que nadie hace el mal a propósito, sino por ignorancia de lo que es bueno.
Polidario alzó la vista, sorprendido.
—¿Incluso Cómodo?
Marco Aurelio tardó en responder.
—Especialmente él. —Cerró el rollo—. En mis notas me repito que debo ser paciente, justo, y firme. No para parecer un buen emperador, sino para ser un buen hombre… incluso cuando nadie mira, incluso cuando mi propio hijo no escucha.
El ruido de las armas cesó. Cómodo se acercó, sudoroso, con gesto displicente.
—Padre, ¿seguimos perdiendo el tiempo en palabras? —dijo—. Polidario habla demasiado.
Marco Aurelio se levantó con calma.
—Las palabras pasan —respondió—. El carácter queda.
Cómodo se encogió de hombros y se alejó de nuevo.
Polidario lo siguió con la mirada, inquieto.
—¿Y si nunca aprende?
Marco Aurelio respiró hondo, como quien acepta una verdad ya conocida.
—Entonces yo habré aprendido esto: que la virtud no depende del éxito. —Le puso una mano en el hombro—. Ese, Polidario, es el corazón del estoicismo. Vivir conforme a la razón y a la naturaleza… no para controlar el mundo, sino para no perderse uno mismo dentro de él.
La noche terminó de caer sobre Roma. Y, por un instante, el emperador pareció más un alumno de la vida que su soberano.

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