Ahí es donde aparecen los “tres grandes”: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Cada uno tenía su estilo y su carácter, y vaya que lo tenían.
Diego Rivera era quizá el más famoso a nivel internacional. Tenía una visión muy clara de exaltar lo indígena, lo popular, lo obrero. Sus murales están llenos de color, de escenas históricas, de personajes que cuentan la historia de México como si fuera una gran novela visual. Además, su vida personal —incluyendo su relación con Frida Kahlo— lo convirtió en figura mediática. Rivera tenía una manera muy narrativa de pintar: te parabas frente a un muro suyo y casi podías “leerlo”.
Siqueiros, en cambio, era más experimental y más radical políticamente. Militante comunista convencido, participó activamente en movimientos políticos y eso se sentía en su obra. Técnicamente fue muy innovador: usaba nuevas perspectivas, ángulos dramáticos, incluso materiales industriales. Sus murales no solo se ven, casi se sienten; tienen dinamismo, tensión, movimiento. Él quería que el espectador se involucrara físicamente con la obra.
Orozco, por su parte, era quizá el más crítico y menos idealista. Mientras Rivera tendía a glorificar ciertos aspectos de la historia, Orozco mostraba también el dolor, la tragedia y la contradicción humana. Su visión era más cruda, más existencial.
El muralismo no solo fue un movimiento artístico, fue un proyecto cultural y político. Influyó en otros países de América Latina e incluso en Estados Unidos, donde varios de estos artistas trabajaron. Además, cambió la idea de para quién es el arte: lo volvió público, monumental y profundamente social.
Ya en la segunda mitad del siglo XX, el panorama artístico mexicano se volvió mucho más diverso. Después de los muralistas, muchos artistas quisieron romper con ese peso tan grande de lo nacionalista y lo político explícito. Por ejemplo, Rufino Tamayo tomó un camino distinto: aunque también era mexicano y trabajaba temas de identidad, su enfoque era más universal, más ligado al color y a la exploración plástica que al discurso político directo.
Más adelante aparecen figuras como Francisco Toledo, profundamente ligado a Oaxaca, con una obra que mezcla tradición, mitología, naturaleza y una sensibilidad muy personal. O Manuel Felguérez, uno de los impulsores de la abstracción en México, que rompió con el dominio del muralismo figurativo.
Y ya hacia finales del siglo XX y principios del XXI, el arte contemporáneo mexicano se vuelve todavía más global. Artistas como Gabriel Orozco trabajan con instalación, fotografía, objetos cotidianos resignificados; su obra dialoga con circuitos internacionales. Teresa Margolles aborda temas durísimos como la violencia y la muerte en México desde una perspectiva conceptual y casi forense. Y Betsabeé Romero juega con símbolos populares, como los autos y las llantas, para hablar de migración e identidad.
Si lo ves en conjunto, el muralismo fue como el gran punto de arranque moderno del arte mexicano: puso el arte en la calle, lo cargó de identidad y de postura política. Después vinieron generaciones que discutieron con ese legado: unos lo continuaron, otros lo rompieron, otros lo transformaron. Pero todos, de alguna manera, dialogan con esos muros enormes que contaron la historia de un país entero a brochazos gigantes.
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