viernes, 27 de febrero de 2026

Envidia, la última de las nuevas emociones de Del revés 2.

 


En Del Revés 2 (Inside Out 2), la llegada de Envidia a la mente de Riley es súper interesante porque no es “la mala” sin más. Es una emoción pequeñita, con ojitos brillantes, que siempre está mirando lo que otros tienen y diciendo algo tipo: “yo quiero eso”. Y en plena adolescencia… claro que aparece. Es casi inevitable.

En la peli, Envidia ayuda a Riley porque le señala lo que desea de verdad. Cuando ve a chicas mayores más seguras, más populares o más talentosas en el hockey, no es solo que se sienta mal; también se activa ese motor interno de “quiero mejorar”, “quiero pertenecer”, “quiero ser así”. En ese sentido, la envidia funciona como una brújula: te muestra tus aspiraciones. Gracias a eso, Riley intenta adaptarse, esforzarse más y encontrar su lugar en un mundo que de repente se siente más grande y competitivo.

Pero claro, el lado oscuro está ahí. Cuando Envidia se descontrola, Riley empieza a compararse demasiado. Y la comparación constante es una trituradora de autoestima. En vez de inspirarla, la paraliza. Empieza a pensar que no es suficiente, que las demás son mejores, que ella va por detrás. Y eso ya no construye, eso desgasta.

Si lo llevamos a la vida real, la envidia en adolescentes y adultos funciona parecido. En su versión sana, es como una alarma suave: “eso que ves en otro te importa”. Puede empujarte a estudiar más, a entrenar más, a cuidar tus relaciones o a lanzarte a ese proyecto que te daba miedo. Es incómoda, sí, pero a veces es combustible.

El problema es cuando se convierte en resentimiento. Cuando en vez de decir “quiero crecer”, dice “quiero que al otro le vaya peor”. Ahí ya no es crecimiento, es comparación tóxica. En adolescentes puede afectar muchísimo la identidad, porque están justo construyéndola. En adultos se disfraza más: crítica constante, desvalorización ajena, competitividad insana… o esa amargura silenciosa de “¿por qué él sí y yo no?”.

Y sobre lo del pecado capital en el cristianismo: la envidia es uno de los siete pecados capitales porque rompe algo muy profundo. No solo deseas lo que otro tiene, sino que te duele su bien. En su forma más extrema, no quieres solo lo suyo: quieres que lo pierda. Y eso va en contra del amor al prójimo. Mientras el amor celebra el bien del otro, la envidia lo sufre. Por eso se considera tan grave: porque corroe por dentro y deteriora la comunidad desde dentro, como una termita emocional.

Lo curioso es que la película (muy en la línea de Pixar) no demoniza la emoción. No dice “esta sobra”. Más bien muestra que incluso las emociones incómodas tienen una función. La clave no es eliminar la envidia, sino entenderla y que no sea ella la que lleve el volante.

Y eso, si lo piensas, aplica bastante más allá de Riley.

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