En Del Revés 2 (la secuela de Del Revés), Vergüenza aparece como una emoción nueva que llega en plena adolescencia de Riley, cuando todo empieza a importar el triple: lo que piensan los demás, cómo encajas, si haces el ridículo… Ese momento vital es básicamente el hábitat natural de la vergüenza.
Psicológicamente, Vergüenza no es “el malo”. Es torpe, se esconde detrás de su sudadera, habla bajito, quiere desaparecer cuando algo sale mal. Pero no es cruel. Más bien es hipersensible a la mirada externa. Está obsesionado con evitar la exposición, con que Riley no quede en evidencia. Si Ansiedad va a mil por hora intentando controlar el futuro, Vergüenza intenta apagar el foco cuando siente que la están mirando demasiado.
¿Y por qué se supone que protege a Tristeza? Porque, en el fondo, comparten algo muy delicado: vulnerabilidad. Tristeza representa la conexión a través del dolor, el reconocer que algo duele. Pero mostrarse triste en público —sobre todo en la adolescencia— puede activar la vergüenza. Vergüenza intenta tapar esa exposición. No quiere que Riley quede “demasiado expuesta” emocionalmente. Así que su impulso protector es: “Si esto nos hace ver débiles o raros, mejor lo escondemos”. No es que quiera silenciar a Tristeza por maldad; es que confunde proteger con ocultar.
Y eso es bastante fiel a cómo funciona la vergüenza en la psicología humana. La vergüenza es una emoción social. No nace tanto de “he hecho algo malo” (eso sería más culpa), sino de “hay algo malo en mí” o “me van a rechazar si ven esto”. Es una alarma que suena cuando sentimos que no encajamos o que estamos fuera de las normas del grupo. Evolutivamente tiene sentido: durante miles de años, ser expulsado del grupo podía significar no sobrevivir. Así que mejor evitar hacer el ridículo, mejor no romper las reglas implícitas.
El problema es que, cuando la vergüenza se vuelve demasiado intensa o constante, empieza a ser corrosiva. Puede hacer que la persona se esconda, que no pida ayuda, que no exprese tristeza, miedo o incluso alegría por temor a quedar mal. Es una emoción que protege la pertenencia, pero a veces al precio de la autenticidad.
Lo interesante es que, igual que pasa con Tristeza en la primera película, la vergüenza no es “innecesaria”. Bien calibrada, nos ayuda a desarrollar empatía, a respetar límites sociales, a reconocer cuando hemos cruzado una línea. Es la que te hace pensar: “Uf, eso no estuvo bien, mejor lo arreglo”. Pero cuando se convierte en identidad —“soy ridículo”, “soy insuficiente”— ya no está ayudando, está encerrando.
En la adolescencia, que es justo el momento que retrata la peli, la vergüenza suele estar a tope porque la identidad está en construcción y la mirada de los demás pesa muchísimo. Por eso el personaje es tan grande físicamente pero quiere hacerse pequeño: representa una emoción enorme por dentro que intenta desaparecer por fuera.
En resumen, Vergüenza no está ahí para fastidiar a Tristeza, sino para evitar que Riley quede expuesta en un mundo que ahora siente más crítico que nunca. Es una emoción que intenta cuidar la pertenencia, aunque a veces se pase de protectora y termine aislando más de lo que protege. Y eso, la verdad, nos ha pasado a casi todos alguna vez

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