La captura de la fragata estadounidense USS Philadelphia fue uno de esos episodios que marcaron la conciencia militar y política de los primeros Estados Unidos mucho más profundamente de lo que sugeriría el tamaño relativamente modesto de la guerra. La llamada Primera Guerra Berberisca enfrentó a la joven república norteamericana con los estados corsarios del norte de África —especialmente Trípoli— en un momento en que el país todavía estaba definiendo qué significaba tener marina, comercio global y dignidad internacional.
Durante décadas, las potencias europeas habían preferido pagar tributos a los gobernantes berberiscos para garantizar la seguridad de sus mercantes en el Mediterráneo. Los estadounidenses, tras independizarse de Reino Unido, dejaron de beneficiarse de la protección británica y comenzaron a sufrir ataques y secuestros. El problema no era simplemente económico: en la imaginación política estadounidense de comienzos del siglo XIX, aquellos ataques simbolizaban la humillación de una nación todavía frágil, vulnerable y quizá incapaz de defenderse más allá del Atlántico.
El pachá de Trípoli, Yusuf Karamanli, exigía mayores pagos y acabó declarando la guerra a Estados Unidos en 1801 mediante un gesto teatral típicamente diplomático en el Magreb otomano: mandar cortar el asta de la bandera frente al consulado estadounidense. El presidente Thomas Jefferson respondió enviando una escuadra al Mediterráneo. Aquello ya era significativo. Estados Unidos apenas llevaba unos años construyendo una marina permanente, y muchos republicanos jeffersonianos desconfiaban profundamente de los grandes ejércitos y flotas permanentes, a los que asociaban con corrupción monárquica y ambiciones imperiales.
La guerra parecía manejable hasta el desastre del Philadelphia. En octubre de 1803, la fragata, al mando del comodoro William Bainbridge, perseguía un corsario tripolitano cerca del puerto enemigo cuando encalló en un arrecife mal cartografiado. La situación degeneró rápidamente en catástrofe. Incapaz de liberar el barco y sometido al fuego enemigo, Bainbridge terminó rindiéndose. Más de trescientos marinos estadounidenses fueron capturados.
Para la opinión pública estadounidense fue una humillación enorme. No sólo se había perdido una fragata moderna; el enemigo podía reutilizarla contra la propia marina norteamericana. La captura evocaba fantasmas muy sensibles para la época: cautiverio, esclavitud, impotencia y descrédito nacional. La joven marina estadounidense necesitaba una respuesta espectacular.
Y la tuvo gracias a una de las operaciones más audaces de la historia naval: la incursión dirigida por Stephen Decatur. En febrero de 1804, Decatur y un pequeño grupo de voluntarios penetraron de noche en el puerto de Trípoli a bordo de un ketch capturado, el Intrepid, disfrazados de marinos malteses. Subieron al Philadelphia, redujeron a la guardia tripolitana y prendieron fuego a la fragata antes de retirarse bajo el fuego enemigo. La operación causó sensación internacional. Incluso Horatio Nelson la consideró una de las acciones navales más atrevidas de la época.
Sin embargo, la dimensión más extraña y novelesca de la guerra no ocurrió en el mar, sino tierra adentro, y ahí aparece la figura casi delirante de William Eaton.
Eaton era un personaje profundamente inestable y fascinante. Ex oficial del ejército, aventurero, diplomático frustrado y hombre de temperamento volcánico, reunía varias características típicas de ciertos estadounidenses tempranos: ambición feroz, desprecio por las jerarquías tradicionales, patriotismo exaltado y una notable tendencia al caos personal. Había servido como cónsul en Túnez y desarrolló un odio obsesivo hacia los gobernantes berberiscos, a quienes veía simultáneamente como tiranos decadentes y como adversarios dignos de una cruzada republicana.
Pero Eaton no era simplemente un fanático patriótico. También era egocéntrico, teatral y peligrosamente impulsivo. Se imaginaba a sí mismo como una mezcla de conquistador clásico, agente secreto y libertador revolucionario. Tenía además una tendencia constante a exagerar sus propios logros y a enemistarse con superiores y aliados. Muchos contemporáneos lo consideraban brillante; otros, directamente desequilibrado.
Su gran idea fue convertir la guerra contra Trípoli en un cambio de régimen. Eaton convenció parcialmente a Washington de apoyar al hermano destronado del pachá, Hamet Karamanli, como pretendiente alternativo al trono. El plan parecía salido de una novela de aventuras orientalista: reunir un pequeño ejército mercenario, cruzar el desierto desde Egipto y provocar una insurrección interna contra Yusuf.
La expedición de Eaton en 1805 fue una mezcla improbable de marines estadounidenses, mercenarios griegos, árabes, aventureros europeos y beduinos reclutados sobre la marcha. Había rivalidades internas, motines, hambre y amenazas constantes de deserción. Eaton sobrevivía gracias a pura obstinación y a una capacidad extraordinaria para intimidar, improvisar y seducir a quienes le rodeaban. Era exactamente el tipo de hombre capaz de arrastrar una expedición imposible a través del desierto… y también el tipo de hombre capaz de destruirla con su propia personalidad.
La marcha culminó con la toma de Derna en abril de 1805, considerada la primera victoria terrestre estadounidense en el Viejo Mundo. De ahí procede la célebre referencia “to the shores of Tripoli” del himno de los Marines. La operación tenía un aire casi protoimperial: una pequeña fuerza estadounidense interviniendo en una disputa dinástica local para imponer un gobierno favorable. Resulta llamativo porque anticipa patrones de política exterior que Estados Unidos repetiría muchas veces en siglos posteriores.
Eaton soñaba con avanzar hasta Trípoli y colocar a Hamet en el poder. Pero Washington nunca estuvo dispuesto a comprometerse del todo con aquella aventura. La administración Jefferson quería terminar la guerra de forma barata y rápida, no embarcarse en una conquista norteafricana dirigida por un cónsul semimístico con delirios de grandeza. Mientras Eaton avanzaba penosamente por el desierto creyéndose el arquitecto de una nueva política mediterránea, los diplomáticos estadounidenses negociaban ya la paz.
Cuando se firmó el acuerdo con Yusuf Karamanli, Eaton sintió que lo habían traicionado. Y en cierto modo tenía razón. Hamet fue abandonado, la gran ofensiva quedó cancelada y Eaton regresó a Estados Unidos resentido y convencido de que políticos cobardes habían desperdiciado una victoria histórica.
Su vida posterior mantuvo el mismo tono autodestructivo. Se involucró en polémicas políticas, conspiraciones y escándalos personales. Participó en ataques verbales contra figuras públicas, alimentó enemistades y acabó deteriorándose física y mentalmente. Murió relativamente joven, agotado por el alcohol, las tensiones y una existencia vivida siempre al límite.
Lo fascinante de Eaton es que encarna una contradicción muy temprana de Estados Unidos: una república que oficialmente desconfiaba del imperialismo, pero que ya producía hombres obsesionados con la gloria militar, la expansión de influencia y la idea de remodelar gobiernos extranjeros en nombre de la libertad y del interés nacional. Eaton parecía un personaje anacrónico incluso para su tiempo: mitad idealista republicano, mitad condotiero renacentista.
La campaña contra Trípoli, vista desde hoy, fue militarmente pequeña pero simbólicamente enorme. Ayudó a consolidar la reputación de la marina estadounidense, creó héroes nacionales, alimentó el mito de los Marines y ofreció uno de los primeros ensayos de intervención exterior de Estados Unidos. Y todo ello nació, paradójicamente, de una derrota humillante: una fragata encallada frente a una costa hostil y convertida en trofeo por unos corsarios norteafricanos.

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