Yellowstone es, en la superficie, una telenovela de cowboys con presupuesto gigante: una familia ultrarrica que posee el rancho más grande de Montana y que vive en guerra permanente contra promotores inmobiliarios, políticos, ecologistas, tribus nativas, empresarios y, a ratos, contra sí misma. Pero lo que la hizo explotar culturalmente no fue solo la trama de “succession con caballos”, sino la sensación de que estaba mostrando una América rural que Hollywood llevaba años mirando por encima del hombro.
La serie gira alrededor de John Dutton, interpretado por Kevin Costner, un patriarca medio rey feudal, medio dinosaurio político. El tipo vive obsesionado con preservar el rancho familiar como si fuera una cruzada histórica. Sus hijos son un festival de traumas, ambiciones y problemas psiquiátricos mal procesados: Beth es una máquina de destrucción emocional con frases lapidarias; Jamie es el hijo resentido que quiere aprobación y acaba pareciendo un villano shakespeariano; Kayce intenta escapar del clan pero siempre termina arrastrado de vuelta a la violencia.
La serie funciona mucho por atmósfera: caballos, paisajes inmensos, silencios masculinos, whisky, canciones country y diálogos donde todo el mundo habla como si estuviera pronunciando una amenaza bíblica. Sheridan entiende perfectamente el atractivo mitológico del cowboy. El problema —o la gracia— es que también enseña que ese mito está completamente podrido por dentro.
Y ahí empiezan los agujeros de guion, porque Yellowstone vive en un estado permanente de “esto tendría consecuencias legales gigantescas pero nadie parece demasiado preocupado”. Hay asesinatos constantes que desaparecen mágicamente. Los Dutton tienen más cadáveres a sus espaldas que varios cárteles juntos y aun así mantienen una vida pública relativamente normal. Existe incluso el famoso “train station”, el barranco donde tiran cuerpos como si estuvieran vaciando bolsas de basura. En el universo de la serie eso se convierte casi en un recurso administrativo. El FBI, la prensa, los fiscales y la lógica descansan mucho para que la trama siga avanzando.
Luego están los cambios de personalidad según convenga. Beth pasa de genio maquiavélico a adolescente emocionalmente descontrolada dependiendo del episodio. Jamie alterna entre político competente y completo idiota funcional según las necesidades dramáticas. Kayce parece tener visiones místicas importantes que después la serie abandona durante media temporada. Y el rancho cambia de situación económica constantemente: a veces están al borde de la ruina y dos capítulos después parecen una mezcla entre aristocracia terrateniente y corporación multimillonaria.
Pero precisamente ese exceso melodramático forma parte de su encanto. Sheridan no escribe realismo estricto; escribe western mitológico disfrazado de drama moderno.
Sobre la ruptura con el discurso demócrata clásico de Hollywood, ahí sí hay tela. Durante décadas, gran parte del cine y la televisión mainstream representaban al cowboy tradicional como una reliquia reaccionaria: el hombre blanco rural armado, emocionalmente reprimido, ligado a valores conservadores y sospechoso de racismo o brutalidad estructural. Yellowstone, en cambio, filma ese mundo con admiración estética y emocional. Los vaqueros no aparecen como paletos ridículos sino como gente dura, competente, orgullosa y conectada físicamente con la tierra. El trabajo manual tiene dignidad. La masculinidad tradicional no es automáticamente tóxica. Tener armas no convierte a los personajes en caricaturas. Y la vida urbana rica aparece muchas veces como superficial, depredadora y vacía.
Eso conectó con muchísimo público estadounidense que llevaba años sintiendo que Hollywood hablaba de ellos como si fueran especímenes incómodos. Sheridan captó ese resentimiento cultural perfectamente.
Ahora bien: él niega constantemente que la serie sea “conservadora” o propaganda republicana. Y, sinceramente, tiene parte de razón. Porque Yellowstone no es un panfleto MAGA. De hecho, si miras la serie con calma, desmonta bastantes fantasías del imaginario conservador clásico.
Por ejemplo, el cowboy republicano tradicional suele presentarse como defensor moral de la familia, la comunidad y el orden. Pero los Dutton son prácticamente una familia mafiosa. Su conservación del rancho depende del chantaje, asesinatos, corrupción política y manipulación constante. John Dutton no protege la ley: la dobla hasta convertirla en arma privada.
La serie también muestra que el capitalismo salvaje y el conservadurismo ranchero terminan pareciéndose más de lo que sus personajes creen. Los grandes terratenientes no son exactamente héroes populares: son oligarcas regionales. Sheridan enseña que detrás de la épica del cowboy hay explotación laboral, tribalismo y una violencia hereditaria bastante enferma.
Y hay otra cosa importante: Yellowstone simpatiza muchísimo con los indígenas americanos. Personajes como Thomas Rainwater no son villanos simples. A veces son incluso más lúcidos moralmente que los Dutton. Sheridan insiste una y otra vez en que el territorio fue robado originalmente. Es decir: el “defensor de la tierra ancestral” resulta ser también heredero de una conquista violenta. Ahí hay una contradicción brutal metida en el corazón de la serie.
Además, muchos personajes masculinos “duros” están emocionalmente destruidos. El modelo cowboy aparece atractivo, sí, pero también agotado, condenado y autodestructivo. No hay realmente una promesa de futuro ahí. Yellowstone no dice “este modo de vida salvará América”; más bien parece decir “este mundo está muriendo y sus habitantes lo saben”.
Por eso la serie resulta tan rara culturalmente. No encaja del todo ni en la visión progresista urbana típica ni en la fantasía conservadora clásica. Es una elegía sobre el fin de un mito americano contada por alguien que ama ese mito pero también entiende que siempre estuvo manchado de sangre, corrupción y violencia.
Y probablemente esa ambigüedad es justo lo que la convirtió en un fenómeno enorme.
Sí, totalmente. Y de hecho ahí está una de las raíces profundas de todo este imaginario del cowboy estadounidense: la idea de que la virtud nace de la acción, del riesgo y de la confrontación directa con el mundo físico. Tanto George S. Patton como Theodore Roosevelt encarnan esa tradición cultural casi obsesivamente.
Roosevelt, sobre todo, es clave. El tipo prácticamente convirtió su propia vida en una novela de aventuras moralizante. Cowboy, cazador, militar voluntario, explorador, presidente reformista… toda su filosofía giraba alrededor de lo que él llamaba “the strenuous life”: la vida esforzada. Para Roosevelt, el mayor peligro de una sociedad rica y moderna era la comodidad. Pensaba que el exceso de confort ablandaba moralmente a las personas y producía decadencia nacional.
Eso conecta directamente con Yellowstone y con Taylor Sheridan. La serie está atravesada por la sospecha de que la vida moderna —urbana, financiera, tecnológica, burocrática— ha desconectado a la gente de algo esencial: el contacto con el peligro, con la naturaleza, con el trabajo físico y con consecuencias reales.
Patton es otra versión extrema de eso. Él veía la guerra casi como una prueba espiritual. Tenía una visión profundamente romántica y agresiva de la historia: los grandes hombres actúan, conquistan, empujan el mundo hacia delante. La pasividad era decadencia. El exceso de reflexión podía parecer cobardía.
Y aquí aparece algo interesante: esta tradición ideológica no es exactamente “de derechas” en el sentido actual. Es más antigua y más rara. Tiene elementos aristocráticos, militaristas, vitalistas y hasta nietzscheanos. El culto a la energía, a la voluntad y al carácter personal atraviesa muchas corrientes políticas distintas.
De hecho, alguien como Roosevelt hoy sería dificilísimo de clasificar. Era imperialista y nacionalista, sí, pero también regulador económico, enemigo de monopolios y defensor de ciertas políticas progresistas de conservación ambiental. Amaba las armas y la caza, pero creó parques nacionales masivos. Era un hombre de acción, pero también un intelectual compulsivo que devoraba libros.
Yellowstone bebe mucho de esa contradicción americana. La serie idealiza al hombre que actúa, decide y se ensucia las manos, frente al tecnócrata, el burócrata o el ejecutivo financiero que vive mediando todo mediante discursos y contratos. Sheridan parece fascinado por personajes que creen que el mundo real no se arregla hablando sino imponiendo voluntad.
Pero también enseña el coste de esa filosofía. Porque cuando la acción se convierte en valor supremo, aparece un problema: ¿quién pone límites? En Yellowstone, casi todos los personajes que viven bajo esa lógica terminan justificando barbaridades porque “había que hacer lo necesario”. Ahí es donde el ethos del cowboy empieza a parecerse peligrosamente al del caudillo o al del señor feudal.
Y creo que por eso la serie resulta tan potente culturalmente: toca una fibra muy vieja de la identidad estadounidense. Esa mezcla de épica fronteriza, culto al carácter, desprecio hacia la debilidad y nostalgia de una vida donde las decisiones parecían más claras y físicas. Aunque luego la propia serie muestre que esa claridad moral era, probablemente, un espejismo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario