La vida de Vivien Leigh parece escrita por alguien obsesionado con mezclar glamour, tragedia, inteligencia feroz y un punto de destrucción inevitable. Mucha gente la recuerda solo como Scarlett O’Hara, pero detrás había una mujer muchísimo más compleja y bastante atormentada.
Vivien nació en la India británica en 1913, en una familia acomodada y muy conservadora. Su educación fue profundamente católica, algo que la marcó bastante más de lo que suele comentarse. Pasó por colegios religiosos en Inglaterra y Europa, y desde pequeña desarrolló esa mezcla tan típica en ella: disciplina extrema por fuera y un volcán emocional por dentro. Era brillante, hablaba varios idiomas y tenía una ambición enorme, aunque en aquella época una mujer “demasiado ambiciosa” todavía incomodaba bastante.
Su relación con Laurence Olivier fue una de las historias románticas más famosas —y turbulentas— del cine y el teatro del siglo XX. Se conocieron en los años treinta, cuando ambos estaban casados con otras personas, y la atracción fue inmediata. Había una intensidad casi eléctrica entre ellos. Olivier veía en Vivien una mezcla rara de sofisticación, talento y vulnerabilidad; ella lo admiraba profundamente y quería estar a su altura artística en todo momento.
Se casaron en 1940 y durante años fueron “la pareja dorada” del teatro británico. Eran bellísimos, famosos, inteligentes y tremendamente competitivos. Pero la relación también estaba llena de celos, agotamiento emocional y crisis. Olivier era disciplinado, cerebral y algo frío; Vivien era impulsiva, apasionada y emocionalmente extrema. Cuando la enfermedad mental de ella empezó a agravarse, el matrimonio se volvió cada vez más difícil.
Durante la Segunda Guerra Mundial, ambos participaron muchísimo en labores de apoyo moral y cultural para las tropas británicas. No fueron simples celebridades haciéndose fotos patrióticas. Recorrieron bases militares, actuaron para soldados y participaron en campañas de propaganda y recaudación. Vivien incluso llegó a actuar en condiciones físicas bastante malas porque sentía que era “su deber”. Hay testimonios de soldados completamente fascinados con ella: no solo por su belleza, sino porque se tomaba en serio el trabajo de levantarles el ánimo en medio de la guerra.
Sus papeles más importantes son historia pura del cine. El más famoso, claro, es Scarlett O’Hara en Gone with the Wind. Ese papel la convirtió en mito instantáneo. Lo curioso es que mucha gente subestima lo difícil que era interpretar a Scarlett: no bastaba con ser guapa. El personaje pasa por orgullo, manipulación, duelo, deseo, hambre, guerra y derrumbe psicológico. Vivien lo hizo con una energía casi salvaje. Ganó el Óscar y quedó inmortalizada.
Años después volvió a ganar otro Óscar con Blanche DuBois en A Streetcar Named Desire, basada en la obra de Tennessee Williams. Y ahí es donde la cosa se vuelve inquietante, porque Blanche —frágil, obsesiva, emocionalmente quebrada— parecía conectar demasiado con el estado mental real de Vivien. Mucha gente cercana decía que el papel la afectó muchísimo psicológicamente.
También fue muy admirada en teatro, especialmente interpretando a personajes de William Shakespeare junto a Olivier. En realidad, ella siempre quiso ser considerada una gran actriz teatral seria, no solo una estrella de cine hermosa. Y lo consiguió, aunque el público general se quedara más con Scarlett.
Lo más duro de su vida fue la enfermedad bipolar, aunque en aquella época no se entendía bien y muchas veces se describía simplemente como “locura”, “histeria” o “nervios”. Vivien sufría episodios maníacos muy intensos: podía pasar días sin dormir, hablar sin parar, gastar impulsivamente, tener explosiones de ira o cambios de humor extremos. Después llegaban depresiones devastadoras.
Hoy muchas conductas encajan clarísimamente con un trastorno bipolar severo, pero en los años cuarenta y cincuenta los tratamientos eran brutales y bastante primitivos. La sometieron a electroshock y a internamientos. Además, ella misma sentía muchísimo miedo y vergüenza por perder el control. A veces durante rodajes o ensayos entraba en crisis delante de todo el mundo. En otras ocasiones desaparecía emocionalmente por completo.
La enfermedad acabó erosionando su matrimonio con Olivier. Él la quiso de verdad, pero terminó exhausto. Hay cartas y testimonios donde se nota que convivía con una mezcla de amor, culpa y agotamiento permanente. Se separaron en 1960. Para Vivien fue devastador porque nunca dejó de estar profundamente unida a él, incluso después del divorcio.
A todo eso se sumó otro problema gravísimo: la tuberculosis. Vivien llevaba años enferma de los pulmones, algo especialmente peligroso antes de los tratamientos modernos. Alternaba épocas de aparente recuperación con recaídas fuertes, mientras seguía trabajando casi obsesivamente.
Murió en 1967, con solo 53 años, en Londres. La encontraron en su apartamento después de que la tuberculosis provocara una hemorragia pulmonar masiva. Olivier quedó profundamente afectado; aunque ya no estaban juntos, seguía considerándola el gran amor de su vida.
Lo impresionante de Vivien Leigh es que todavía hoy produce esa sensación rara de estrella irrepetible: alguien elegantísima y luminosa por fuera, pero viviendo internamente una batalla constante contra su propia mente. Y quizá por eso sus interpretaciones siguen teniendo algo tan moderno y tan dolorosamente humano.

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