La muerte de Napoleón Bonaparte sigue dando pie a teorías porque alrededor de él siempre hubo una mezcla de política, leyenda y cotilleo. Pero, si uno se queda con lo que hoy acepta la mayoría de los historiadores y médicos, lo más probable es que muriera de un cáncer de estómago, seguramente agravado por su estado físico y las condiciones de sus últimos años en la isla de Santa Elena.
Lo interesante es que casi todas las teorías que mencionas tienen un pequeño trozo de verdad… pero ninguna, por sí sola, explica del todo su muerte.
Napoleón llevaba años con problemas digestivos. Hay testimonios de dolores de estómago, náuseas, vómitos y pérdida de apetito bastante antes de morir. Además, su padre también murió de algo muy parecido, así que existe la sospecha de una predisposición familiar al cáncer gástrico. La autopsia realizada en 1821 describió una enorme lesión ulcerada en el estómago, compatible con un cáncer avanzado. Eso es lo que sigue teniendo más peso.
Ahora bien: el confinamiento en Santa Elena probablemente lo remató antes de tiempo. No era una prisión húmeda y pestilente como a veces se pinta en novelas, pero sí un lugar deprimente, aislado y con un clima desagradable: mucha humedad, viento, lluvia y una sensación constante de encierro. La casa de Longwood tenía problemas reales de moho y mala ventilación. Un hombre que había pasado media vida moviéndose entre campañas militares, rodeado de actividad y poder, terminó encerrado en una isla perdida mirando el horizonte. Aquello afectó muchísimo a su salud física y mental.
Sobre la alimentación, ahí hay bastante exageración romántica. En campaña militar sí pasó épocas de estrés, cansancio y comidas horribles —como casi todos los oficiales de la época—, pero Napoleón no fue precisamente alguien consumido por el hambre. De hecho, en sus últimos años estaba bastante corpulento. En Santa Elena tenía cocina propia, vino, carne y productos importados cuando llegaban barcos. Otra cosa es que la calidad variara y que una dieta poco fresca empeorara sus problemas digestivos. Pero no parece que muriera de desnutrición ni de falta de verduras.
La teoría del envenenamiento con arsénico es la más famosa. Surgió porque en análisis modernos encontraron niveles altos de arsénico en mechones de su pelo. Durante un tiempo se habló incluso de un complot: un miembro de su séquito habría ido envenenándolo lentamente, quizá por celos o intrigas políticas. Suena muy novelesco, y por eso tuvo tanto éxito. El problema es que en el siglo XIX el arsénico estaba por todas partes: tintes, papeles pintados, medicamentos, conservantes, cosméticos… Mucha gente tenía niveles altos en el cuerpo sin haber sido asesinada. Además, cabellos de Napoleón de distintas épocas —incluso anteriores a Santa Elena— muestran concentraciones parecidas. Hoy la mayoría de especialistas cree que no hay pruebas sólidas de un asesinato deliberado.
Y lo de la aventura con la esposa de un oficial entra más en el terreno del rumor histórico sabroso que en el de la evidencia seria. Napoleón tenía fama de mujeriego y en Santa Elena convivía con un grupo pequeño lleno de tensiones, egos y resentimientos, así que las habladurías crecieron muchísimo. Pero no hay documentos fiables que sostengan una venganza por adulterio como causa real de su muerte.
En resumen: lo más probable es que Napoleón muriera de cáncer de estómago, agravado por el deterioro físico, la depresión, el sedentarismo y las malas condiciones ambientales de Santa Elena. El clima húmedo y el aislamiento pudieron acelerar el declive, pero no parecen la causa principal. Y las teorías del envenenamiento siguen fascinando porque encajan muy bien con el personaje: cuesta imaginar que alguien como Napoleón acabara muriendo simplemente enfermo y derrotado en una isla perdida.

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