¿Por qué unos centenares de españoles derrotaron al Imperio inca?
En noviembre de 1532 ocurrió uno de los episodios más sorprendentes de la historia. En la ciudad peruana de Cajamarca, menos de doscientos soldados españoles dirigidos por Francisco Pizarro lograron capturar al emperador inca Atahualpa, gobernante de un imperio que se extendía por miles de kilómetros y contaba con millones de habitantes.
¿Cómo fue posible?
Durante mucho tiempo se buscaron respuestas en el genio militar de los conquistadores, en la suerte o incluso en supuestas diferencias entre pueblos. Sin embargo, el geógrafo y biólogo Jared Diamond propuso una explicación completamente distinta en su famoso libro Armas, gérmenes y acero.
Según Diamond, la conquista de América no puede entenderse sin tres elementos fundamentales: los animales domesticados, la tecnología y las enfermedades.
El arma más impresionante no era el arcabuz
Cuando los españoles llegaron a América llevaban consigo algo que para muchos pueblos indígenas resultaba tan sorprendente como aterrador: el caballo.
Los incas nunca habían visto animales de semejante tamaño utilizados en combate. Un jinete armado con una espada de acero podía moverse con rapidez, atacar desde una posición elevada y sembrar el desconcierto entre sus adversarios.
Las armas de fuego también impresionaban, aunque en realidad eran lentas y poco precisas. Las espadas de acero, las armaduras metálicas y la experiencia militar acumulada durante siglos resultaron mucho más importantes.
Pero incluso estas ventajas no bastan para explicar por qué imperios enteros se derrumbaron en pocas décadas.
El verdadero conquistador fue invisible
Para Diamond, el factor decisivo fue la enfermedad.
Durante miles de años, los habitantes de Eurasia convivieron con vacas, ovejas, cabras, cerdos y caballos. Muchas enfermedades humanas surgieron precisamente de ese contacto con los animales. La viruela, el sarampión o la gripe evolucionaron en sociedades que vivían rodeadas de ganado.
Con el tiempo, las poblaciones euroasiáticas desarrollaron cierta resistencia a estos patógenos. Los habitantes de América, en cambio, jamás habían estado expuestos a ellos.
Cuando los europeos cruzaron el Atlántico, transportaron sin saberlo un ejército microscópico. Las epidemias se propagaron a una velocidad devastadora. En algunos lugares murieron más personas por enfermedad que por la propia guerra.
La viruela llegó incluso al Imperio inca antes que muchos conquistadores. Cuando Pizarro desembarcó, el imperio ya estaba debilitado por una crisis política y demográfica provocada por la epidemia.
¿Fue entonces una cuestión de superioridad europea?
Diamond responde con un rotundo no.
Su tesis central es que los europeos no conquistaron el mundo porque fueran más inteligentes, más trabajadores o más capaces. Lo hicieron porque la geografía de Eurasia ofrecía unas condiciones especialmente favorables para el desarrollo temprano de la agricultura y la ganadería.
La disponibilidad de cereales productivos y de grandes mamíferos domesticables permitió alimentar a poblaciones numerosas. De esas sociedades surgieron ciudades, especialistas, tecnologías, Estados complejos y, finalmente, ejércitos equipados con armas avanzadas.
Las diferencias fueron históricas y ambientales, no biológicas.
El caso africano: cuando la ventaja cambió de bando
La teoría de Diamond también explica por qué Europa no dominó fácilmente todas las regiones del planeta.
En el África subsahariana ocurrió algo muy distinto a lo sucedido en América. Allí, los europeos se encontraron con enfermedades tropicales para las que apenas tenían defensas.
La malaria y la fiebre amarilla causaron estragos entre exploradores, comerciantes y soldados europeos. Durante siglos, muchas zonas del interior africano fueron consideradas extremadamente peligrosas para los extranjeros.
En este caso, eran los africanos quienes poseían una ventaja biológica derivada de una larga adaptación a su entorno.
La historia demuestra así que las enfermedades no favorecen siempre a los mismos pueblos. Todo depende del contexto geográfico y ecológico.
Una idea que sigue generando debate
Más de un cuarto de siglo después de su publicación, Armas, gérmenes y acero continúa despertando interés y controversia. Algunos historiadores consideran que Diamond concede demasiado peso a la geografía y no suficiente a factores políticos o culturales.
Sin embargo, su pregunta sigue siendo fascinante: si todos los seres humanos poseen capacidades semejantes, ¿por qué algunas sociedades acumularon más poder que otras?
La respuesta que propone no habla de razas superiores ni de destinos inevitables. Habla de agricultura, animales domesticados, tecnología, enfermedades y geografía.
Y, sobre todo, nos recuerda que muchas veces los grandes acontecimientos históricos tienen causas mucho más complejas de lo que parecen a primera vista.

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