—¿Sabe cuál es el error más común de la gente cuando oye la palabra “pirata”? —preguntó el comandante Miller mientras dejaba una carpeta sobre la mesa del club marítimo de Londres—. Pensar en loros, patas de palo y ron barato.
El asegurador levantó una ceja sin apartar la vista del vaso de whisky.
—Y usted viene a decirme que hoy llevan GPS y fusiles de asalto.
—AK-47, motores fuera borda Yamaha de 200 caballos y teléfonos satelitales —corrigió Miller—. Algunos incluso usan drones comerciales. Bienvenido a la piratería del siglo XXI.
Fuera, la lluvia golpeaba los ventanales del viejo edificio de Lloyd’s. Dentro, el olor a cuero y tabaco parecía congelado en otra época. Pero el tema de conversación era completamente moderno.
—Explíqueme algo —dijo el asegurador—. ¿Quiénes son exactamente esos piratas actuales? Porque no todos son iguales.
Miller asintió.
—No. Hay varios tipos. Los más famosos fueron los somalíes del Cuerno de África. Entre 2005 y 2012 secuestraban cargueros enteros para pedir rescates multimillonarios. Operaban desde Somalia porque el Estado prácticamente había colapsado. Sin guardacostas, sin policía marítima, sin nada.
—¿Y ahora?
—Ahora siguen existiendo, aunque mucho menos activos. La presión naval internacional les golpeó fuerte. Pero el gran foco actual está en el Golfo de Guinea, frente a Nigeria, Benín o Camerún. Ahí el objetivo no siempre es secuestrar el barco: muchas veces quieren robar combustible, mercancía o capturar tripulantes para rescate rápido.
—¿Y en Asia?
—Indonesia, estrecho de Malaca, Filipinas… allí abundan ataques rápidos. Suben, roban dinero, equipos, a veces secuestran al capitán o a un oficial y desaparecen en menos de veinte minutos.
El asegurador tomó notas lentamente.
—¿Cómo asaltan un mercante? Siempre imaginé que un petrolero es demasiado grande.
Miller soltó una risa seca.
—Grande, sí. Rápido, no. Muchos mercantes navegan a quince nudos. Un esquife pirata puede alcanzar cuarenta. Se acercan por popa, donde el radar tiene peor cobertura visual. De noche mejor. Usan escaleras de garfio o ganchos con cuerdas. En menos de un minuto tienen hombres armados en cubierta.
—¿Y la tripulación?
—Los mercantes modernos tienen poca gente. Quince, veinte marinos para barcos de doscientos metros. Los piratas lo saben.
El asegurador entrecerró los ojos.
—Entonces, ¿cómo se defienden?
—Primero, velocidad y maniobras evasivas. Un barco haciendo zigzag crea oleaje y dificulta subir a bordo. Luego están las mangueras de alta presión, alambradas, barreras eléctricas improvisadas y refugios blindados llamados “citadels”.
—¿Citadels?
—Habitaciones seguras. La tripulación se encierra dentro con comunicaciones satelitales y control de motores. Si los piratas no pueden manejar el barco, el secuestro fracasa.
—Ingenioso.
—También usan vigilancia permanente, reflectores nocturnos y, en rutas peligrosas, equipos de seguridad armados.
El asegurador sonrió.
—Y aun así hay historias absurdas.
—Oh, sí —dijo Miller—. ¿Conoce la del carguero que repelió piratas usando una grabación de ametralladora?
—He oído rumores.
—Océano Índico, años duros de Somalia. Un oficial mercante tuvo la idea de conectar por megafonía una grabación de una M2 Browning disparando ráfagas largas. Cuando los esquifes se acercaron, desde el puente sonó aquello como si hubiese marines apostados en cubierta. Los piratas creyeron que el barco llevaba seguridad armada pesada y se retiraron.
El asegurador soltó una carcajada.
—¿Funcionó de verdad?
—Los piratas preferían blancos fáciles. Un mercante armado podía convertirse en una trampa mortal. El engaño bastaba muchas veces.
La lluvia arreció.
—Hábleme del Alakrana —dijo el asegurador después de un silencio.
El comandante se puso serio.
—El atunero español Alakrana. Octubre de 2009. Estaba faenando cerca de Somalia. Piratas armados lo capturaron con treinta y seis tripulantes a bordo.
—Recuerdo el escándalo.
—España desplegó medios militares, hubo negociaciones larguísimas y tensión política enorme. Incluso capturaron a dos piratas y eso complicó el rescate. Los secuestradores amenazaron con ejecutar rehenes si no los liberaban.
—¿Cómo terminó?
—Con rescate económico. Tras cuarenta y siete días soltaron el barco. Fue uno de los episodios que más impactaron a la opinión pública española porque mostró que incluso atuneros bien preparados podían caer.
El asegurador permaneció callado unos segundos.
—Y lo del estadounidense muerto frente a Brasil…
Miller apoyó los codos sobre la mesa.
—No fue exactamente un ataque pirata clásico, pero sí un episodio marítimo violento que marcó mucho a navegantes estadounidenses. Habla del caso de Tom and Jackie Hawks o quizá de otro incidente menos conocido cerca de Brasil. En aquellos años hubo varios ataques armados a veleros y balandros en Sudamérica. Algunos ladrones abordaban embarcaciones de recreo creyendo que transportaban dinero o equipos caros.
—Recuerdo leer algo sobre un balandrista asesinado.
—Hubo casos de navegantes estadounidenses muertos en aguas brasileñas y caribeñas durante robos marítimos entre 2002 y 2003, aunque muchos quedaron difusos en la prensa internacional. Los ataques a yates son distintos del secuestro de mercantes: suelen ser más improvisados y mucho más violentos.
El asegurador terminó su whisky.
—Así que la piratería nunca desapareció.
—Nunca —respondió Miller—. Cambian las banderas, cambian las armas y cambian las costas. Pero mientras exista una ruta marítima rentable y un Estado incapaz de vigilarla… siempre habrá alguien dispuesto a subir por la borda con un fusil y una escalera.
El reloj del salón dio las once.
—¿Y sabe qué es lo más inquietante? —añadió Miller mientras se levantaba.
—¿Qué?
—Que el noventa por ciento del comercio mundial viaja por mar. Y la mayoría de la gente jamás piensa en ello… hasta que un pirata aparece en las noticias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario