HERCULANO: LA CIUDAD QUE DESPERTÓ BAJO LA TIERRA
Cuarta parte
La erupción del año 79 d. C.: Plinio el Viejo, el nacimiento de la vulcanología y las últimas horas de Herculano
Existen muy pocos acontecimientos de la Antigüedad que podamos reconstruir casi minuto a minuto. La destrucción de Herculano y Pompeya constituye una de esas excepciones. Sabemos lo que ocurrió gracias a la arqueología, a la geología moderna y, sobre todo, al testimonio excepcional de Plinio el Joven, que años después relató los hechos en dos famosas cartas dirigidas al historiador Tácito.
Aquellas cartas no solo describen una tragedia. Constituyen el primer gran relato científico de una erupción volcánica de la historia. Tanto es así que hoy las grandes erupciones explosivas reciben el nombre de erupciones plinianas, en honor al hombre que intentó comprenderlas y perdió la vida observándolas: Plinio el Viejo.
Un hombre extraordinario
Plinio el Viejo tenía alrededor de cincuenta y seis años cuando el Vesubio despertó.
Era una de las personas más cultas del Imperio romano.
Militar.
Administrador.
Naturalista.
Geógrafo.
Escritor.
Ingeniero.
Había dedicado buena parte de su vida a observar la naturaleza con una curiosidad casi insaciable.
Su obra más conocida, la Historia Natural, constituye una auténtica enciclopedia del conocimiento romano. En sus treinta y siete libros reunió información sobre astronomía, geografía, botánica, zoología, medicina, minería, metalurgia, agricultura y arte.
No era un filósofo encerrado en una biblioteca.
Era un hombre de acción.
Dormía muy poco.
Leía constantemente.
Tomaba notas durante los viajes.
Pedía a sus esclavos que le leyeran mientras comía o se desplazaba.
Según su sobrino, consideraba perdido cualquier momento que no estuviera dedicado al estudio.
El almirante de Miseno
En el verano del año 79 d. C., Plinio ejercía como comandante de la flota imperial estacionada en el cabo Miseno.
Desde allí controlaba una de las bases navales más importantes del Mediterráneo occidental.
La distancia hasta el Vesubio era de unos treinta kilómetros en línea recta.
Desde la bahía podía contemplarse perfectamente la montaña.
Aquella mañana nada hacía presagiar una catástrofe.
El día había comenzado con normalidad.
El mar estaba relativamente tranquilo.
La actividad cotidiana seguía su curso.
Una nube imposible
Fue entonces cuando apareció.
Plinio el Joven escribiría años después que su tío observó una nube cuya forma no se parecía a ninguna otra.
Buscando una comparación, recurrió al árbol más conocido por los romanos.
La describió como un enorme pino.
Un tronco vertical ascendía hacia el cielo.
En lo alto se abría una gigantesca copa formada por cenizas y gases.
La comparación resulta extraordinariamente precisa.
Hoy sabemos que describía la columna eruptiva, una inmensa chimenea de gases sobrecalentados que ascendía decenas de kilómetros antes de expandirse en forma de paraguas.
Ningún romano había contemplado jamás algo semejante.
El científico entra en acción
Mientras la mayoría de las personas contemplaban la nube con miedo, Plinio reaccionó de otra manera.
Sintió curiosidad.
No una curiosidad superficial.
Quería comprender el fenómeno.
Quería observarlo desde cerca.
Era el comportamiento propio de un naturalista.
En lugar de alejarse del peligro, decidió acercarse.
Ordenó preparar una embarcación.
Su intención inicial era aproximarse al volcán para estudiar mejor aquella extraña nube.
Sin saberlo, estaba a punto de protagonizar una de las decisiones más célebres de la historia de la ciencia.
Un mensaje desesperado
Mientras organizaba la expedición llegó una noticia inesperada.
Una mujer llamada Rectina, cuya villa se encontraba al pie del Vesubio, envió un mensaje pidiendo ayuda.
Las rutas terrestres ya estaban bloqueadas.
Solo era posible escapar por mar.
Aquella petición transformó una misión científica en una operación de rescate.
Plinio ordenó preparar varios barcos de guerra.
No zarparía únicamente para observar.
Intentaría salvar a cuantos pudiera.
Navegar hacia un volcán
La mayoría de las personas habría elegido la dirección contraria.
Plinio hizo exactamente lo opuesto.
Mientras miles de habitantes trataban de alejarse de la montaña, la flota romana avanzaba directamente hacia ella.
A medida que se aproximaban comenzaron a caer fragmentos de piedra pómez sobre las cubiertas.
Después llegaron cenizas cada vez más densas.
El aire se volvió irrespirable.
El cielo empezó a oscurecerse.
Los marineros dudaban.
Algunos querían regresar.
Plinio mantuvo el rumbo.
Su célebre respuesta resumía perfectamente su carácter:
"La fortuna favorece a los valientes."
No era una frase pronunciada por temeridad.
Era la convicción de un comandante acostumbrado a tomar decisiones bajo presión.
Una costa que desaparecía
Las condiciones cambiaban continuamente.
Las explosiones expulsaban enormes cantidades de material.
El viento arrastraba las cenizas.
El mar comenzaba a llenarse de piedra pómez flotante.
En algunos lugares la navegación se hacía extremadamente difícil.
Además, la propia costa estaba modificándose.
Los terremotos provocaban desprendimientos.
Algunas zonas quedaban bloqueadas por materiales volcánicos.
Los puertos dejaban de ser accesibles.
La naturaleza estaba transformando el paisaje hora tras hora.
La llegada a Estabia
Plinio no consiguió desembarcar donde inicialmente pretendía.
Finalmente dirigió sus barcos hacia Estabia, situada al sur del Vesubio.
Allí se encontraba su amigo Pomponiano.
La situación era angustiosa.
Los terremotos sacudían continuamente las casas.
Las cenizas caían sin descanso.
El cielo adquiría un color oscuro.
Sin embargo, Plinio intentó mantener la calma.
Se bañó.
Cenó con aparente tranquilidad.
Conversó con sus acompañantes.
Según el relato de su sobrino, trató deliberadamente de transmitir serenidad para evitar el pánico.
Resulta difícil saber cuánto había de auténtica tranquilidad y cuánto de liderazgo consciente.
Una noche sin precedentes
Con el paso de las horas la situación empeoró.
Las explosiones se sucedían una tras otra.
La lluvia de cenizas aumentaba.
Los terremotos hacían oscilar los edificios.
Dormir era prácticamente imposible.
Los habitantes discutían constantemente si permanecer dentro de las casas o salir al exterior.
Dentro podían morir aplastados por un derrumbe.
Fuera podían ser alcanzados por piedras volcánicas.
No existía una opción realmente segura.
Muchos protegían sus cabezas con almohadas sujetas mediante telas o cinturones.
Era una solución desesperada frente a la lluvia de fragmentos de roca.
La muerte de Plinio el Viejo
Al amanecer parecía abrirse una posibilidad de huida.
El grupo se dirigió hacia la costa.
Pero el mar continuaba demasiado agitado.
Las embarcaciones no podían maniobrar con seguridad.
Fue entonces cuando Plinio comenzó a encontrarse mal.
Las fuentes antiguas indican que sufría problemas respiratorios previos, posiblemente asma o alguna enfermedad pulmonar crónica.
Los gases volcánicos agravaron su situación.
Se sentó sobre un paño extendido en el suelo.
Pidió agua.
Intentó incorporarse.
No pudo hacerlo.
Poco después murió.
Su cuerpo sería encontrado más tarde sin heridas visibles.
Plinio el Joven afirma que parecía simplemente una persona dormida.
Hoy los especialistas consideran probable que la causa fuera una combinación de gases tóxicos, agotamiento físico y una enfermedad cardiovascular o respiratoria preexistente. Durante mucho tiempo se pensó que había muerto por asfixia, pero las investigaciones actuales sugieren un cuadro más complejo y no permiten una certeza absoluta.
Mientras tanto, en Miseno…
Mientras su tío se acercaba al peligro, Plinio el Joven permanecía en Miseno junto a su madre.
Tenía apenas dieciocho años.
Su relato constituye uno de los testimonios personales más impresionantes conservados de la Antigüedad.
Cuenta que los terremotos comenzaron a hacerse cada vez más intensos.
Los muebles se desplazaban solos.
Las paredes crujían.
El mar parecía retirarse.
El cielo se volvió completamente negro.
No una oscuridad semejante a la de una noche sin luna.
Algo mucho peor.
Escribe que era una oscuridad como la de una habitación cerrada cuando se apaga la lámpara.
La única luz procedía de los relámpagos producidos dentro de la propia nube volcánica, un fenómeno que hoy conocemos como tormenta volcánica, generado por las cargas eléctricas acumuladas entre partículas de ceniza.
El pánico de la población
Miles de personas abandonaban sus casas.
Algunos gritaban los nombres de sus familiares.
Otros lloraban.
Muchos rezaban.
Algunos pensaban que había llegado el fin del mundo.
Plinio describe escenas profundamente humanas.
Personas incapaces de decidir qué camino tomar.
Padres llevando a sus hijos.
Ancianos ayudados por esclavos.
Esclavos sosteniendo a sus amos.
Familias enteras caminando sin saber exactamente hacia dónde dirigirse.
En medio de aquella confusión desaparecían momentáneamente las diferencias sociales.
Todos compartían el mismo miedo.
La destrucción de Herculano
Durante las primeras fases de la erupción, Herculano recibió relativamente poca caída de piedra pómez en comparación con Pompeya. Esa circunstancia llevó durante mucho tiempo a pensar que muchos de sus habitantes habían logrado escapar antes de que llegara lo peor.
Sin embargo, horas después la situación cambió de manera radical.
La columna eruptiva comenzó a colapsar.
En lugar de ascender, enormes masas de gases, cenizas y fragmentos de roca descendieron por las laderas del volcán a velocidades enormes.
Eran las corrientes piroclásticas.
La primera alcanzó Herculano en cuestión de segundos.
No dejaba prácticamente ninguna posibilidad de supervivencia para quienes permanecían en su trayectoria.
La ciudad quedó envuelta por una nube sobrecalentada que penetró en calles, viviendas, almacenes y edificios públicos.
Las siguientes oleadas fueron enterrándolo todo bajo metros de depósitos volcánicos.
En pocas horas, Herculano había desaparecido del mundo.

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