Bilbao, finales de los años noventa. En un rincón tranquilo del bar Social, las paredes están cubiertas de carteles de conciertos, festivales de cine y viejas campañas políticas. José Félix termina de pegar uno anunciando un ciclo de cine fantástico. Arancha observa divertida mientras su hermano, el director Álex de la Iglesia, apura un café.
Álex: Bueno, ya que estamos aquí… ¿sabéis por qué El día de la Bestia parece tan exagerada y, al mismo tiempo, tan cercana?
Arancha: Porque tú siempre has tenido tendencia a mezclar el Apocalipsis con el humor negro.
Álex (riendo): También. Pero la película nace de una España muy concreta. A mediados de los noventa había un ambiente muy curioso. La televisión hablaba continuamente de sectas, satanismo, profecías del fin del mundo, exorcismos… Todo eso convivía con una sociedad que empezaba a modernizarse muy deprisa.
José Félix: Yo me acuerdo de ver programas donde parecía que había cultos satánicos escondidos en cualquier pueblo.
Álex: Exacto. Había una especie de "terror satánico" importado en parte de Estados Unidos, pero adaptado aquí. Muchos rumores, sucesos magnificados por algunos medios y una fascinación enorme por lo oculto. No es que España estuviera dominada por satanistas; era más bien una mezcla de miedo, sensacionalismo y cultura popular.
Arancha: Y por eso sitúas el nacimiento del Anticristo en Madrid.
Álex: Claro. Si el Apocalipsis ocurriera de verdad, ¿por qué tendría que empezar en Nueva York o en Jerusalén? Me hacía gracia imaginar que sucediera entre antenas de televisión, edificios en construcción y una ciudad caótica como el Madrid de los noventa.
José Félix deja el cubo de cola en el suelo.
José Félix: Pero el cura de la película no parece el típico héroe.
Álex: Porque quería romper con los clichés. Es un sacerdote que decide hacer el mal para impedir el Mal absoluto. Moralmente es un desastre, pero humanamente resulta cercano. El héroe clásico no habría funcionado.
Arancha: Y luego está el presentador de televisión esotérica…
Álex: Ese personaje resume otra obsesión de la época. Había programas nocturnos sobre ovnis, espiritismo, parapsicología, tarot… Algunos eran rigurosos dentro de sus posibilidades y otros convertían cualquier misterio en espectáculo. Yo exageré todo eso hasta convertirlo en una comedia negra.
José Félix: O sea, que la película se ríe del miedo.
Álex: Exactamente. El miedo siempre funciona mejor cuando también te hace sonreír.
José Félix mira el cartel recién colocado.
José Félix: ¿Y de dónde sacaste tantas ideas? Porque la película parece una mezcla imposible.
Álex sonríe.
Álex: Porque lo es. Bebí de muchísimas fuentes.
Levanta los dedos mientras enumera.
Álex: Del cine fantástico italiano, de directores como Dario Argento o Mario Bava.
Del terror moderno de John Carpenter, especialmente esa mezcla de horror y sentido del espectáculo.
De la violencia estilizada de Sam Raimi.
Del humor absurdo de los cómics españoles.
De la estética punk, el heavy metal y las portadas de discos.
De las novelas de Stephen King.
Y, por supuesto, de clásicos como The Omen, The Exorcist y Rosemary's Baby.
Arancha: También hay mucho cómic.
Álex: Muchísimo. Yo empecé dibujando. Mi manera de encuadrar, de exagerar los personajes y de convertir Madrid en una ciudad casi fantástica viene directamente del lenguaje del cómic.
José Félix permanece unos segundos en silencio.
José Félix: Entonces… cuando yo veía la película pensaba que todo aquello era una locura inventada.
Álex: Lo era… pero construida con piezas reales. Coges el miedo al fin del milenio, las teorías conspirativas, el sensacionalismo televisivo, la cultura del heavy metal, el cine de terror clásico y el humor español. Lo mezclas todo… y obtienes una historia donde el Anticristo puede nacer en una Nochebuena cualquiera.
Arancha sonríe.
Arancha: En el fondo, la película dice que el verdadero caos ya estaba aquí antes de que llegara el Diablo.
Álex asiente.
Álex: Exacto. El demonio sólo tenía que aparecer en una sociedad que ya vivía rodeada de ruido, televisión, consumismo y supersticiones. Ese era el verdadero paralelismo. No hablaba tanto del fin del mundo como de la España que estaba entrando en el siglo XXI con todos sus miedos y contradicciones.
José Félix observa el cartel recién pegado.
José Félix: Pues visto así… da más miedo la realidad que la propia Bestia.
Álex sonríe.
Álex: Esa era precisamente la idea.
El ambiente en el teatro se ha vuelto más tranquilo. Afuera empieza a anochecer. José Félix coloca el último cartel mientras intenta no mirar demasiado a Arancha. Ella, sin darse cuenta o fingiendo no darse cuenta, le acerca un café.
Arancha: Toma. Llevas toda la tarde pegando carteles.
José Félix sonríe con timidez.
José Félix: Gracias...
Álex observa la escena con una sonrisa apenas perceptible antes de retomar la conversación.
Álex: Hay otra cosa que explica por qué El día de la Bestia conectó con tanta gente. No apareció en el vacío. Llegó cuando la sociedad llevaba años oyendo historias sobre satanismo.
José Félix: ¿Historias de verdad?
Álex: Algunas sí. Otras eran exageraciones. Y otras acabaron demostrando que nunca existieron.
Hace una pausa.
Álex: Mira Estados Unidos. El juicio de la guardería Ray Buckey y el llamado caso McMartin Preschool. Durante años hubo acusaciones de túneles secretos, sacrificios rituales, vuelos en escoba... La prensa convirtió aquello en un espectáculo enorme. Al final, después de uno de los procesos judiciales más largos y caros de la historia del país, nadie pudo demostrar aquellas supuestas ceremonias satánicas.
Arancha: O sea... el miedo acabó siendo más poderoso que las pruebas.
Álex: Exactamente.
Se inclina hacia delante.
Álex: En Italia ocurrió algo parecido con el llamado caso de Bassa Modenese. Durante los noventa y principios de los dos mil circularon acusaciones terribles sobre supuestas redes satánicas y abusos rituales. Fue un escándalo enorme, muy mediatizado, y con el tiempo muchas actuaciones judiciales y testimonios quedaron profundamente cuestionados. Ahí ves cómo el miedo colectivo puede llegar a deformar la realidad.
José Félix escucha fascinado.
José Félix: ¿Y aquí?
Álex asiente.
Álex: Aquí también hubo sucesos que alimentaban ese ambiente. Por ejemplo, el caso de las llamadas "brujas de San Fernando", Iria y Raquel. Más allá de los hechos investigados por la justicia, muchos medios insistían una y otra vez en presentarlo todo bajo una estética de satanismo, rituales y ocultismo. Aquello vendía muchísimo.
Arancha: La televisión parecía disfrutar asustando a la gente.
Álex: Porque el miedo da audiencia.
Hace otra pausa.
Álex: Luego vino el asesinato cometido por Javier Rosado. Fue un crimen real, brutal, pero enseguida apareció otro fenómeno: parte de la opinión pública señaló al rol, la literatura fantástica y determinadas aficiones juveniles como si fueran responsables del asesinato. Era otra forma de buscar un demonio sencillo.
José Félix frunce el ceño.
José Félix: Como si fuera más fácil culpar a un juego que entender por qué una persona mata.
Álex: Exacto.
Álex golpea suavemente la mesa.
Álex: Y ahí está el paralelismo con El día de la Bestia. La película juega constantemente con esa necesidad de encontrar culpables sobrenaturales. Mientras todos buscan al Diablo, casi nadie mira la televisión basura, la codicia, el fanatismo o la estupidez humana.
Arancha sonríe.
Arancha: Al final el Mal siempre parece mucho más... cotidiano.
Álex: Esa era la gracia. El Anticristo podía nacer entre anuncios luminosos, tertulias nocturnas y centros comerciales.
José Félix mira a Arancha un instante más de lo debido.
Ella levanta la vista.
Durante apenas dos segundos ninguno dice nada.
Álex carraspea con una media sonrisa.
Álex: También por eso quise que los protagonistas fueran personas normales. Gente que se cruza cada día sin darse cuenta de lo importantes que pueden llegar a ser unos para otros.
José Félix baja inmediatamente la mirada.
José Félix: Supongo que... a veces uno tarda mucho en decir ciertas cosas.
Arancha mantiene la taza entre las manos.
Arancha: ¿Como cuáles?
José Félix vacila.
José Félix: Nada... tonterías.
Álex contempla la escena como si estuviera viendo un plano de una película.
Álex: El cine fantástico funciona igual que la vida. Todos creen que la historia trata del Diablo... y, al final, descubres que lo que realmente te importa es quién estaba sentado a tu lado todo ese tiempo.
Arancha sonríe con una ternura casi imperceptible.
No responde.
Pero, al levantarse para irse, recoge sin decir una palabra el cubo de cola de José Félix para ayudarle.
Él tarda un segundo en reaccionar.
Después caminan juntos hacia la puerta del Social, hablando de cosas sin importancia.
Álex los observa alejarse y murmura para sí:
—Siempre he pensado que las historias de terror funcionan mejor cuando, debajo de toda la sangre y todos los demonios, hay alguien enamorado que todavía no se atreve a decirlo.
Álex deja la taza sobre el plato.
Álex: Hay una cosa que siempre me ha divertido de la película y que mucha gente pasa por alto.
José Félix: ¿Cuál?
Álex: Que el espectador entra esperando una historia donde el peligro venga de pentagramas, invocaciones y sacrificios. Pero enseguida descubre otra cosa.
Arancha lo mira con curiosidad.
Arancha: ¿Que el auténtico infierno está en la calle?
Álex asiente.
Álex: Exacto. Los héroes son dos personas que, según muchos prejuicios de la época, no deberían ser héroes.
Levanta dos dedos.
Álex: Un sacerdote católico que cree hasta las últimas consecuencias en el bien, aunque tenga que ensuciarse las manos para impedir un mal mayor...
...y un heavy metalero, ruidoso, extravagante y lleno de tatuajes, al que la sociedad probablemente miraría con desconfianza.
José Félix sonríe.
José Félix: El que todos señalarían como sospechoso.
Álex: Justo. Durante aquellos años había quien asociaba el heavy con el satanismo, la violencia o las sectas. A mí me hacía gracia darle la vuelta: el supuesto "adorador del Diablo" acaba siendo quien se juega la vida para salvar a los demás.
Arancha: Mientras que quienes parecen respetables...
Álex completa la frase.
Álex: ...no siempre lo son.
Se queda pensativo unos segundos.
Álex: Hay una escena que resume muy bien la idea.
José Félix: Los cabezas rapadas.
Álex asiente despacio.
Álex: Sí. No aparecen como caricaturas sobrenaturales. Son seres humanos que han elegido el odio. Persiguen inmigrantes, atacan a quienes consideran débiles y convierten la violencia en una forma de identidad.
Hace un gesto con la mano.
Álex: Ahí está el verdadero demonio. No hace falta que tenga cuernos.
Arancha baja la mirada.
Arancha: Porque el mal auténtico no necesita magia.
Álex: Exacto. Puede vestir botas militares, llevar la cabeza rapada y creer que pegar a un extranjero o a alguien indefenso le convierte en más fuerte.
José Félix recuerda la escena.
José Félix: Y el cura y el heavy son quienes se enfrentan a ellos.
Álex: Porque me interesaba desmontar prejuicios. El sacerdote representa la compasión. El heavy representa a una subcultura demonizada injustamente. Los violentos representan el odio organizado.
Sonríe.
Álex: Eso tiene más fuerza dramática que poner simplemente un monstruo con cuernos.
José Félix mira de reojo a Arancha.
José Félix: Es curioso...
Arancha: ¿Qué?
José Félix: Que quienes hablan continuamente del Demonio casi nunca ven el mal cuando lo tienen delante.
Álex señala a José Félix con el dedo.
Álex: Esa frase podría haber estado en el guion.
Hace una pausa antes de concluir.
Álex: Siempre pensé que el Anticristo era una excusa narrativa. El espectador entra buscando al Diablo y termina encontrándose con algo más incómodo: la intolerancia, el fanatismo y la violencia que ejercen personas corrientes. El monstruo sobrenatural pertenece al cine. Los monstruos capaces de perseguir al diferente, al inmigrante o al más vulnerable pertenecen a la realidad.
El silencio dura unos segundos.
Arancha rompe la tensión con una sonrisa dirigida a José Félix.
Arancha: Al final va a resultar que los dos héroes más improbables de Madrid eran un cura... y un heavy.
José Félix sonríe.
José Félix: Supongo que los héroes casi nunca se parecen a los de los carteles.
Álex los mira a ambos con una expresión cómplice.
Álex: Ni los demonios tampoco. Ahí estaba la verdadera película. El Apocalipsis era el envoltorio; el corazón de la historia era preguntarse quién decide proteger a los demás y quién decide convertir el odio en una forma de vida.

En este país te pueden mirar mal por nada. Que a veces puede ver un gótico o un heavy y mirarlo de reojo y luego encontrarte a alguien que a la iglesia sólo va para parecer respetable. El metal debes saber diferenciar entre las letras y la vida real y el ocultismo es un mundo que debes recorrerlo con 2 deditos de frente. Teniendo en cuenta que este es un país que te puede mira mal y luego llamar tradición a salir de procesión metido e n un ataúd en Galicia.
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