domingo, 13 de septiembre de 2026

Entrevista al jefe de servicios de Inteligencia estadounidense Scheuer sobre la actualidad de Al Qaeda en julio de 2005.

 

2005: Michael Scheuer y la amenaza de una Al Qaeda sin cabeza visible

Reconstrucción periodística de la entrevista concedida por el exresponsable de la unidad de la CIA dedicada a Osama bin Laden tras los atentados de Londres de julio de 2005.

En el verano de 2005, apenas cuatro años después del 11-S y pocos días después de los atentados del 7 de julio en Londres, una pregunta dominaba el debate internacional: ¿era posible derrotar a Al Qaeda eliminando a sus principales dirigentes? Para Michael Scheuer, antiguo jefe de la unidad de la CIA encargada de seguir a Osama bin Laden entre 1996 y 1999, la respuesta era rotunda: no. Su diagnóstico rompía con buena parte del discurso oficial de Washington y ofrecía una interpretación que, vista con perspectiva histórica, anticipó la evolución posterior del yihadismo global.

Scheuer sostenía que Occidente estaba cometiendo un error de análisis al imaginar Al Qaeda como una organización piramidal, dependiente de un líder carismático y de una cadena de mando rígida. En su opinión, Bin Laden era importante, pero no imprescindible. Su verdadero papel ya no consistía en dirigir cada atentado, sino en inspirar, legitimar y marcar una estrategia general para un movimiento mucho más amplio y descentralizado.

Una organización horizontal, no un ejército tradicional

La gran advertencia de Scheuer era que Al Qaeda había dejado de funcionar como un grupo terrorista clásico. Después de la invasión estadounidense de Afganistán en 2001 y de la destrucción de sus campos de entrenamiento, la organización se adaptó rápidamente. En lugar de concentrar combatientes en un territorio, favoreció la dispersión de veteranos y simpatizantes por distintos países, donde podían crear células locales capaces de actuar con autonomía.

Según explicaba, el liderazgo central proporcionaba una narrativa, objetivos políticos y justificación religiosa, mientras que la planificación operativa podía quedar en manos de grupos independientes. Esa estructura horizontal hacía que la organización fuera mucho más resistente a las operaciones de decapitación dirigidas contra sus líderes. Incluso si Bin Laden desaparecía, afirmaba, el movimiento continuaría funcionando porque la idea ya había echado raíces en múltiples redes yihadistas.

Para Scheuer, la metáfora más adecuada no era la de un ejército, sino la de una insurgencia. Consideraba que los analistas occidentales seguían intentando medir a Al Qaeda mediante categorías propias de organizaciones terroristas tradicionales, cuando en realidad se parecía más a los movimientos guerrilleros surgidos durante la guerra contra la ocupación soviética de Afganistán.

Madrid y Londres: la prueba de un nuevo modelo de atentado

Los atentados de Madrid de marzo de 2004 y los de Londres de julio de 2005 reforzaban, a juicio de Scheuer, esa transformación. Ambos ataques golpearon sistemas de transporte público durante la hora punta, utilizaron células reducidas y buscaron provocar un enorme impacto político y psicológico con recursos relativamente limitados.

Sin embargo, Scheuer introducía un matiz importante. No estaba convencido de que el mando central de Al Qaeda hubiera dirigido todos los detalles de la operación de Madrid o hubiera escogido deliberadamente la fecha para influir en las elecciones españolas. Pensaba que las células disponían de un amplio margen de autonomía dentro de unos objetivos estratégicos comunes.

Esa era precisamente la fortaleza del modelo: inspirar ataques sin necesidad de controlar cada paso. Bin Laden, decía, buscaba que personas y grupos actuaran “por su cuenta”, convencidos de estar participando en una misma guerra global. El líder se convertía en un referente ideológico más que en un comandante militar.

Los atentados de Londres confirmaban además que Europa había pasado a ocupar un lugar central en esa estrategia. Durante años —recordaba Scheuer— la CIA había advertido a numerosos servicios europeos de que las redes vinculadas a Bin Laden estaban creciendo en el continente, pero muchos gobiernos consideraban que el terrorismo islamista era principalmente un problema estadounidense o asociado a Estados patrocinadores del terrorismo, como Irán.

Tras Madrid y Londres, esa percepción cambió de manera irreversible.

Castigar a los aliados de Estados Unidos

Scheuer interpretaba la campaña de atentados en Europa como parte de una lógica política muy concreta. Al Qaeda pretendía aumentar el coste de la colaboración europea con Estados Unidos en Afganistán e Irak, debilitando la cohesión de la alianza transatlántica. En ese contexto, ataques como los de Madrid o Londres resultaban especialmente útiles porque generaban tensiones internas en las democracias occidentales y obligaban a los gobiernos a responder bajo una enorme presión social.

Paradójicamente, sostenía que Bin Laden no deseaba repetir un atentado del tamaño del 11-S en Europa. Un ataque de esa magnitud podía producir el efecto contrario: reforzar la cooperación entre europeos y estadounidenses. Los atentados más limitados, aunque devastadores, servían mejor a la estrategia de desgaste político.

La burocracia contra un enemigo nuevo

Uno de los aspectos más críticos de la entrevista era su análisis del funcionamiento de los servicios de inteligencia estadounidenses. Scheuer afirmaba que el principal problema no era la falta de información, sino la incapacidad institucional para interpretar una amenaza diferente.

Según su experiencia, la comunidad de inteligencia había acumulado desde finales de los años noventa una enorme cantidad de información sobre Bin Laden, sus objetivos y muchos de sus colaboradores. El fracaso consistió en encajar ese conocimiento dentro de estructuras burocráticas diseñadas durante la Guerra Fría para enfrentarse a Estados, no a redes insurgentes transnacionales.

A su juicio, Washington insistía en clasificar a Al Qaeda como una organización terrorista convencional porque esa era la categoría administrativa disponible. Esa clasificación condicionaba la manera de investigar, medir resultados y diseñar políticas. “Es muy difícil convencer a una burocracia de que necesita pensar de otra forma”, venía a resumir.

También rechazaba los indicadores oficiales que proclamaban que un determinado porcentaje de Al Qaeda había sido destruido. Consideraba esas cifras un simple “recuento de bajas” sin valor analítico, porque nadie conocía realmente el tamaño, la estructura ni las ramificaciones completas de la organización.

¿Más burocracia para resolver el problema?

Tras la publicación del informe de la Comisión del 11-S, Estados Unidos impulsó nuevas estructuras de coordinación entre agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad. Scheuer era profundamente escéptico ante esa respuesta.

Su argumento era sencillo: una burocracia que funciona mal no mejora necesariamente haciéndose más grande. Crear nuevos organismos, nuevos niveles de coordinación y nuevos cargos podía aumentar la complejidad administrativa sin resolver los problemas de fondo: compartir información útil, comprender la naturaleza del enemigo y actuar con rapidez.

Esa crítica se extendía también a la relación entre la CIA y el FBI. Mientras el FBI estaba orientado a obtener pruebas para procesos judiciales, la inteligencia necesitaba anticiparse a amenazas que muchas veces no podían tratarse como delitos convencionales. Para Scheuer, ambas culturas institucionales seguían chocando incluso después del 11-S.

Una guerra de ideas además de una guerra de seguridad

Otro elemento llamativo de la entrevista era la importancia que Scheuer concedía al componente ideológico. Describía a muchos miembros de Al Qaeda como hombres con estudios, pertenecientes a clases medias o acomodadas, orgullosos de participar en lo que consideraban un episodio trascendental de la historia del islam. Esa motivación, afirmaba, hacía insuficiente una respuesta exclusivamente militar o policial.

En consecuencia, advertía de que detener individuos no bastaba para desactivar un movimiento cuya capacidad de reclutamiento seguía creciendo en distintos lugares del mundo musulmán y también entre comunidades radicalizadas en Europa.

Una entrevista que anticipó la evolución del yihadismo

Con la perspectiva de dos décadas, muchas de las ideas expuestas por Michael Scheuer resultan especialmente significativas para entender la evolución posterior del terrorismo yihadista. Su descripción de Al Qaeda como una red descentralizada ayuda a interpretar la aparición de franquicias regionales —en Irak, el Magreb, la Península Arábiga o el Sahel— y la creciente autonomía de células locales que actuaban inspiradas por una estrategia común, aunque sin recibir órdenes directas.

Al mismo tiempo, su crítica a la burocratización de la inteligencia reflejaba un debate muy vivo en 2005: cómo adaptar unos servicios diseñados para la confrontación entre Estados a una amenaza difusa, transnacional y capaz de mutar constantemente. Madrid y Londres demostraban, desde esa óptica, que el desafío ya no consistía únicamente en localizar a un líder escondido en Afganistán, sino en comprender una constelación de redes capaces de organizar atentados devastadores sin necesidad de esperar instrucciones desde una jerarquía central.

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