El anciano sherpa
Dicen que las montañas guardan la memoria de quienes las pisan. Yo ya soy viejo. Mis manos tiemblan cuando sostienen la taza de té, pero todavía recuerdo cada piedra, cada grieta del Chomolungma, la Madre del Mundo. Fue en la primavera de 1963, cuando acompañé a los americanos que venían con más ilusión que experiencia en aquellas alturas. Entre ellos estaba un hombre tranquilo, de mirada curiosa, fotógrafo además de alpinista. Se llamaba Barry Bishop.
Muchos creen que el mayor enemigo del Everest es el hielo. No. El enemigo es el aire que falta.
A ocho mil metros el cuerpo empieza a apagarse como una lámpara sin aceite. El cerebro ya no piensa con claridad; las piernas pesan como si estuvieran llenas de roca; el corazón golpea con desesperación buscando un oxígeno que apenas existe. Algunos ríen sin motivo, otros lloran, otros ven sombras donde sólo hay nieve. Es el mal de altura. No distingue entre hombres fuertes y débiles. Todos debemos inclinarnos ante él.
Vi cómo Barry luchaba contra ese enemigo invisible. Cada diez pasos se detenía apoyado en el piolet. Respiraba con la máscara de oxígeno, pero aun así parecía que aspiraba el vacío. En ocasiones su mirada se perdía y uno comprendía que la montaña empezaba a entrar también en su cabeza.
Aquel día el viento rugía como un ejército de espíritus.
Cuando alcanzamos la parte alta apareció el último gran obstáculo. Una pared casi vertical de unos nueve metros de roca y hielo cerraba el paso hacia la cumbre. Desde abajo parecía pequeña. Allí arriba era un muro levantado por los dioses para preguntar a cada hombre si realmente deseaba seguir viviendo.
Los americanos escalaron despacio. Las botas apenas encontraban apoyo. Los guantes rígidos no obedecían. Cada movimiento costaba una eternidad porque, a aquella altura, levantar un brazo exigía el esfuerzo que en los valles requiere cargar un saco de arroz.
Cuando Barry superó aquel muro apenas le quedaban fuerzas para sonreír. Pero lo consiguió. Y la montaña, por un instante, les permitió pisar el techo del mundo.
Muchos creen que la cumbre es la victoria.
Nosotros, los sherpas, sabemos que la verdadera batalla comienza cuando uno da media vuelta.
El sol descendía. Las botellas de oxígeno se vaciaban. La fatiga era tan profunda que parecía un sueño. Barry caminaba lentamente. Intentaba mover los dedos de los pies dentro de las botas, pero el frío ya había empezado su trabajo silencioso.
Primero sintió dolor.
Después un frío insoportable.
Finalmente... nada.
Y cuando el frío deja de doler es porque ha empezado a vencer.
La oscuridad los sorprendió antes de alcanzar el campamento. Aquella noche permanecieron inmóviles sobre la montaña, sin tienda, a casi ocho mil seiscientos metros de altitud, en el vivac más alto realizado hasta entonces. El Everest, que normalmente lanza vientos capaces de arrancar la vida, tuvo una extraña compasión: el aire permaneció casi inmóvil. Aun así, el frío descendió muy por debajo de los veinte grados bajo cero y las congelaciones avanzaron sin piedad.
Cuando al fin iniciamos el descenso, varios sherpas ayudamos a Barry. Apenas podía caminar. Cada paso era un tormento. Más abajo llegó un helicóptero para evacuar a los heridos desde la zona donde podía aterrizar. Era un lujo extraordinario en aquellos años.
Los médicos hicieron cuanto pudieron.
Un especialista estadounidense viajó hasta Nepal para administrarle un tratamiento experimental con la esperanza de salvar el tejido congelado. No funcionó. La montaña ya había cobrado su precio. Barry perdió todos los dedos de los pies y también las puntas de varios dedos de las manos.
Muchos se preguntaron por qué la National Geographic Society había enviado a uno de sus mejores fotógrafos a un lugar donde podía perder la vida. La Sociedad, que había patrocinado y documentado científicamente la expedición, respaldó su recuperación y difundió su impresionante relato para mostrar al mundo tanto el triunfo como el enorme coste humano de aquella aventura. El Gobierno de los Estados Unidos, por su parte, recibió a los expedicionarios como héroes nacionales; la expedición fue distinguida oficialmente y se convirtió en un símbolo de la capacidad estadounidense para la exploración científica y el alpinismo en plena Guerra Fría.
Muchos años después seguí guiando expediciones. Vi cientos de hombres subir soñando con la gloria.
Pero cuando los jóvenes me preguntaban por Barry Bishop, nunca hablaba primero de la cumbre.
Les hablaba de sus pies.
Les hablaba de aquella noche helada.
Les hablaba del silencio de un hombre que comprendió que la montaña siempre cobra un precio.
Porque el Everest no premia al más fuerte.
Sólo permite regresar a algunos.
Y cuando el Chomolungma decide dejarte volver a casa, ya no eres el mismo hombre que empezó a subir.
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