Gombe, 1963: cuando Jane Goodall cambió para siempre nuestra visión de los chimpancés
A comienzos de la década de 1960, las orillas boscosas del lago Tanganica, en lo que hoy es Tanzania, eran uno de los pocos lugares del planeta donde apenas existían estudios sistemáticos sobre chimpancés salvajes. Allí llegó una joven británica de veintiséis años llamada Jane Goodall, convencida de que la paciencia podía revelar aspectos desconocidos de nuestros parientes evolutivos más próximos.
Durante semanas, los chimpancés desaparecían en cuanto detectaban la presencia humana. Cada intento de aproximación terminaba con una rápida huida entre la vegetación. Sin embargo, uno de aquellos animales empezó a comportarse de forma diferente.
David Greybeard, el primer puente entre dos mundos
El protagonista de ese cambio fue un viejo macho adulto al que Goodall bautizó como David Greybeard por su característica barba gris.
Mientras el resto del grupo mantenía las distancias, David comenzó a tolerar la presencia de la investigadora. Al principio permanecía atento, observándola desde lejos mientras se alimentaba. Poco a poco redujo la distancia hasta permitir que ella permaneciera cerca sin provocar su retirada.
Aquella confianza resultó decisiva. Gracias a David, otros chimpancés fueron aceptando gradualmente la presencia de la observadora, permitiéndole contemplar por primera vez la vida cotidiana de una comunidad salvaje sin alterar excesivamente su comportamiento.
Goodall comprendió que el verdadero trabajo de campo no consistía en perseguir animales, sino en esperar el tiempo necesario para que fueran ellos quienes aceptaran al observador.
El descubrimiento que cambió la definición de "humano"
Con la llegada del final de la estación de las lluvias, Goodall observó una conducta completamente inesperada.
Los chimpancés se acercaban a los grandes termiteros y arrancaban ramitas o tallos de hierba. Después eliminaban cuidadosamente las hojas con los dedos o los dientes hasta dejar un fino vástago desnudo.
Introducían entonces aquella varilla en las galerías de las termitas. Los insectos soldados se aferraban al improvisado instrumento con sus fuertes mandíbulas y, al extraerlo, los chimpancés se llevaban las termitas directamente a la boca.
No se trataba de un uso casual de objetos. Los animales seleccionaban el material adecuado, lo modificaban y lo empleaban con un propósito concreto.
Hasta entonces se consideraba que fabricar y utilizar herramientas era una capacidad exclusivamente humana. La observación obligó a replantear una de las fronteras clásicas entre nuestra especie y el resto de los primates.
Cazadores oportunistas
Las sorpresas no terminaron ahí.
Durante sus observaciones, Goodall comprobó que los chimpancés no eran exclusivamente vegetarianos. Aunque la mayor parte de su dieta estaba formada por frutos, hojas y semillas, aprovechaban cualquier ocasión favorable para capturar presas.
Entre sus víctimas figuraban pequeños mamíferos, aves e incluso otros primates, especialmente crías cuando las circunstancias les resultaban favorables.
No organizaban necesariamente grandes batidas de caza cada día, pero sí demostraban ser cazadores oportunistas capaces de explotar recursos animales cuando aparecía la ocasión.
Este hallazgo modificó igualmente la imagen romántica que hasta entonces se tenía de los chimpancés como animales prácticamente frugívoros y pacíficos.
Arquitectos de una cama nueva cada noche
Al caer la tarde comenzaba una de las actividades más llamativas del grupo.
Cada chimpancé escogía un árbol adecuado y ascendía varios metros sobre el suelo.
Una vez instalada en una horquilla resistente, la construcción del nido apenas requería unos minutos. Las ramas principales se doblaban para formar una plataforma circular y, sobre ella, se entretejían otras ramas más finas y abundantes hojas que daban estabilidad y comodidad al conjunto.
Los adultos confeccionaban un nido diferente casi todas las noches.
Las crías observaban atentamente el trabajo de sus madres y aprendían la técnica mediante la práctica durante años, hasta ser capaces de construir sus propias camas arbóreas.
Estos nidos no solo proporcionan descanso, sino que reducen el riesgo de depredadores terrestres y ayudan a mantener una temperatura confortable durante la noche.
Una convivencia compleja con los babuinos
Los babuinos compartían gran parte del territorio utilizado por los chimpancés.
La relación entre ambas especies era muy variable. En numerosas ocasiones podían alimentarse relativamente cerca unos de otros sin mostrar señales de agresividad.
Sin embargo, cuando competían por determinados recursos alimenticios o surgían situaciones tensas, no eran raras las persecuciones y las demostraciones intimidatorias.
Los babuinos, especialmente los machos adultos, poseen grandes caninos y una notable fuerza física. Los chimpancés, por su parte, suelen imponerse cuando actúan en grupo, aunque ambas especies prefieren evitar enfrentamientos serios que puedan causar heridas.
El agricultor que perdió un ojo
Entre los habitantes africanos de la región circulaban numerosas historias sobre la extraordinaria fuerza de los chimpancés.
Una de ellas hacía referencia a un agricultor que buscaba frutos en un nogal de aceite sin advertir que un chimpancé permanecía oculto entre las ramas.
Al ascender por el árbol sorprendió al animal a muy corta distancia. Sintiéndose acorralado y sin posibilidad de escapar, el chimpancé reaccionó con un violento ataque defensivo.
El agricultor cayó gravemente herido y perdió un ojo durante el enfrentamiento.
Episodios como este explicaban por qué muchos habitantes locales mostraban un profundo respeto hacia los chimpancés. No eran animales agresivos por naturaleza, pero un individuo adulto acorralado podía convertirse en un adversario extremadamente peligroso.
Cuando la propia Goodall fue atacada
La investigadora también experimentó personalmente esa fuerza.
En 1963, un macho joven la atacó de forma repentina durante una observación.
Aunque el incidente fue breve, bastó para demostrar la enorme potencia física de un chimpancé incluso antes de alcanzar la plena madurez. Goodall sufrió diversas contusiones y comprendió que nunca debía olvidar que trabajaba con animales salvajes.
Aquella experiencia reforzó una de las normas fundamentales de su investigación: evitar cualquier situación que pudiera hacer sentir amenazado a un chimpancé.
El legado de Gombe
Las observaciones realizadas en aquellos primeros años transformaron profundamente la primatología. Gracias a la paciente relación establecida con David Greybeard, el mundo descubrió que los chimpancés fabrican y utilizan herramientas, consumen carne cuando tienen la oportunidad, construyen sofisticados nidos para dormir y mantienen relaciones sociales mucho más complejas de lo que se había imaginado.
Más allá de los descubrimientos científicos, el trabajo de Jane Goodall cambió también la forma de estudiar a los animales. Demostró que la observación prolongada, el respeto por los individuos y la paciencia podían revelar comportamientos imposibles de detectar mediante expediciones breves.
Desde entonces, la imagen de los chimpancés dejó de ser la de simples simios para convertirse en la de seres con culturas, personalidades y capacidades cognitivas extraordinariamente cercanas a las nuestras.

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