Dramatización ficticia Entrevista para un documental, 1985. Un periodista conversa con Jack Risler, antiguo miembro de la OSS, sobre la llamada Operación Unión II y su cautiverio durante la Segunda Guerra Mundial.
La cámara se enciende. Jack Risler, de unos sesenta años, sostiene una vieja libreta de tapas desgastadas. Habla despacio, con una voz grave que parece volver cuarenta años atrás.
Periodista: Señor Risler, han pasado cuatro décadas desde el final de la guerra. ¿Qué recuerda primero cuando oye el nombre Operación Unión II?
Jack Risler: El frío. La verdad es que la gente espera que diga "las explosiones" o "el desembarco", pero yo recuerdo el frío. La operación salió mal y acabé donde nadie de la OSS quería terminar: prisionero de guerra. Después de varios interrogatorios me enviaron al Marlag, un Stalag para marinos y otros prisioneros aliados. Allí empezó otra guerra, una mucho más silenciosa.
Periodista: ¿Cómo era un día cualquiera en Marlag?
Risler: Muy repetitivo... y precisamente por eso peligroso. El aburrimiento era un enemigo. Nos despertaban temprano para el recuento. Horas de pie, hiciera lluvia o nieve. Después venían los trabajos de mantenimiento del campo, limpiar barracones, cargar carbón, reparar cercas... lo suficiente para mantenernos ocupados.
Pero lo importante ocurría entre esos momentos. Había clases improvisadas. Un profesor británico enseñaba matemáticas con un trozo de carbón sobre una tabla. Un francés daba lecciones de literatura. Yo dibujaba.
Periodista: ¿Dibujaba?
Risler: Sí. Todo. Los barracones, las botas agujereadas, las colas para la sopa, las caras de los hombres cuando llegaban cartas de casa... o cuando no llegaban. No quería que aquellos días desaparecieran de la memoria.
Periodista: Usted llevaba un diario ilustrado.
Risler: Exacto. Escribía poco. Dibujaba mucho. A veces una imagen decía más que diez páginas.
Risler abre la libreta. Se ven páginas amarillentas con bocetos de alambradas y torres de vigilancia.
Periodista: En el campo circulaban noticias del exterior. ¿Cómo se enteraban?
Risler: Gracias a una radio clandestina. Era un milagro de ingeniería. La habían construido con piezas escondidas durante meses: cables de aparatos averiados, componentes recuperados de la basura, una antena improvisada entre dos barracones.
Solo unos pocos conocían su ubicación.
Cada noche alguien memorizaba las noticias de la BBC y luego las repetía de barracón en barracón como si fueran rumores.
Periodista: ¿Fue así como supo de una fuga en Polonia?
Risler: Sí. Una noche escuchamos que varios prisioneros habían escapado de un campo en Polonia. La noticia recorrió Marlag en cuestión de minutos. No sabíamos todos los detalles; las historias cambiaban cada vez que alguien las contaba.
Pero no importaba si habían escapado cinco o cincuenta. Lo importante era saber que alguien había atravesado las alambradas. Nos recordaba que los alemanes no eran invencibles.
Periodista: ¿Qué efecto tuvo aquello en los presos?
Risler: Esperanza... y prudencia. Cada fuga significaba registros más duros, más vigilancia. Sin embargo, también significaba que la guerra seguía moviéndose.
Periodista: En los últimos días del campo ocurrió algo extraordinario.
Risler: Sí. Abril del 45.
Los alemanes sabían que los Aliados se acercaban. Las SS evacuaron gran parte del campo, obligando a miles de prisioneros a marchar. Nosotros tres no íbamos a ninguna parte.
Periodista: ¿Quiénes eran "nosotros"?
Risler: Un médico canadiense, un marinero holandés y yo.
Nos escondimos bajo el suelo de un barracón. Había unas tablas sueltas y un hueco apenas suficiente para tumbarnos. Teníamos agua para dos días y algo de pan duro.
Escuchábamos pasos encima de nuestras cabezas. Gritos. Camiones alejándose.
Y luego... silencio.
Periodista: ¿Cuánto tiempo permanecieron allí?
Risler: Perdí la noción. Un día, quizá dos. El silencio era peor que el ruido.
Al final oímos voces distintas. Más jóvenes. Más nerviosas.
No eran las SS. Eran reservistas alemanes que habían quedado custodiando a los prisioneros que no habían sido evacuados. Muchachos demasiado jóvenes y hombres demasiado mayores para seguir luchando.
Periodista: ¿Qué ocurrió entonces?
Risler: Esperamos hasta escuchar disparos muy lejanos y órdenes en inglés. Salimos cubiertos de polvo.
Recuerdo la cara de un soldado aliado. Debía de tener diecinueve años. Nos miró como si hubiéramos salido de debajo de la tierra... y, en cierto modo, así era.
Periodista: Muchos supervivientes hablan de la YMCA. Usted también.
Risler: La YMCA fue una línea de vida. Cuando llegaban sus paquetes era un acontecimiento.
Chocolate, leche en polvo, jabón, agujas, hilo, papel... cosas pequeñas que allí parecían enormes.
Yo guardaba el papel para el diario. Incluso algunos lápices venían en esos envíos. Sin ellos no habría podido dibujar casi nada.
Periodista: ¿Conservó ese diario después de la guerra?
Risler: Durante años estuvo en un cajón de mi casa. Mis hijos pensaban que era un cuaderno viejo.
Un historiador vino a entrevistarme y me dijo: "Esto no es un cuaderno. Es un testimonio."
Acabó donado a un museo dedicado a la Segunda Guerra Mundial.
Periodista: ¿Le costó desprenderse de él?
Risler: Muchísimo.
Pero comprendí que esas páginas ya no eran solo mías. Eran de todos los hombres que aparecen dibujados ahí. Algunos regresaron. Otros no.
Periodista: Si pudiera resumir Marlag en una sola imagen de ese diario, ¿cuál sería?
Risler: Una torre de vigilancia al amanecer... y, debajo, tres hombres escondidos bajo unas tablas esperando que el mundo cambiara unas horas más tarde.
Risler cierra lentamente la libreta. La cámara permanece unos segundos en silencio antes de fundirse a negro.

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