Además de los astronautas, en la llegada a la Luna también hubo otro héroe: el ordenador de a bordo. Y detrás de él, una joven matemática, Margaret Hamilton, que desarrolló su "software". Con ella se produjo el big-bang de la industria informática, pero solo ahora se empieza a reconocer su labor.
Faltan solo unos minutos para que el Apolo XI se pose en la Luna cuando salta una alarma en el ordenador: 1202.. ¿Deben preocuparse los astronautas Neil Armstrong y Buzz Aldrin, o no? Armstrong transmite el mansaje de alarma al Centro de Control de Houston, a 360.000 metros de distancia.
Armstrong, que dirige el módulo tiene escaso combustible y menos tiempo todavía. Apenas el suficiente para tomar una decisión y rezar para que sea la acertada. ¿Debe abortar la misión o alunizar? Es entonces cuando en la Tierra entra en escena la ingeniera informática Margaret Hamilton, que le comunica que puede alunizar sin miedo. El ordenador se está concentrando en decidir qué datos son relevantes para el alunizaje y cuales no. Eso es todo.
Poco después, en el Centro de Control de Houston, se escucha desde el Mar de la Tranquilidad:!El Äguila se la posado! Y todo el mundo estalla en una inmensa ovación.!El hombre ha llegado a la Luna en 1969!
Margaret Hamiltos era una joven empleada del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), en Boston. Era la autora del cógigo de alunizaje del Apolo XI, ese mismo que lanzó la alarma 1202. Aprendió a programar por su cuenta mientra estudiaba matemáticas, y a los 24 años se incorporó el programa espacial de la NASA, casi por casualidad. En realidad buscaba ganar un poco más de dinero para financiar los estudios de Derecho de su marido. Al poco estaba a cargo de cientos de programadores como directora del Apollo Fligth Computer Programming, la programación del ordenador de vuelo del Proyecto Apollo.
Esto no sucedió sin fricciones. Los primeros astronautas eran pilotos de pruebas y querían pilotar aquellas complicadas naves espaciales ellos solos. El problema es que era imposible que estuviesen pendientes de todo a la velocidad que requerían los acontecimientos por lo que solían estrellar los módulos de mando en los simuladores. Solo en 1952, en la Base Aérea de Edwards, fallecieron 62 pilotos militares poreque una vez tras otra perdían el control de sus carísimos prototipos de avión financiados por el Estado.
El primer trabajo de Margaret Hamiltos para la NASA fue la programación de un software para poder abortar las misiones espaciales. Los llamaron Forget It, "Olvídalo todo". Todo el mundo estaba seguro de que jamás habría que usarlo, que era una preocupación rutinaria pero inutil.
Los constructores de cohetes, los pilotos de pruebas, los mandamasses de la industria espacial y los militares de la Guerra Fría vieron su poder limitado por un grupo de mujeres y muchachos excéntricos, con acné y gafas de lentes gruesos. El Programa Apollo estaba en manos de mujeres y civiles. !Qué horror!
Durante muchos meses, la formación de los astronautas se limitaba a los simuladores con un único resultado. Casi todos ellos estrellaron sus módulos de alunizaje en una u otra ocasión. Finalmente se decidió confiar las labores de alunizaje el programa de Hamilton, que en caso de duda controlaría la nave de manera automática. Hamiltos apostó por un control compartido entre el piloto y el ordenador de a bordo.
Armstrong se quisó por el software en su aproximación a la Luna pero cuando estaba a unos cientos de metros de su superficie se dio cuenta de que el cráter escogido era demasiado rocoso, y por tanto, peligrosos, por lo que se la jugó y pilotó manualmente unos kilómatros más hasta que encontró un lugar adecuado para lunizar. El ordenador no era un rival, sino un copiloto práctico.
Los programadores de la NASA cayeron pronto en el olvido porque no colaboraron con su actitud hacia una publicidad positiva de sus extraordinarios logros. Hablaban de los directivos de la NASA, que eran sus jefes, con condescendencia. No respetaban los plazos. Iban de divos. "Era inevitable. Teníamos que crear nuestras propias normas, porque era tan nuevo lo que hacíamos, que si no creábamos esas normas nosotros, no existían", dijo más adelante la propia Hamilton.
La mujer dejó la NASA en los años 70 y fundó su propia empresa de software. La NASA no ha rehabiltó hasta 2003, cuando le concedió la Excepcional Space Act Award, un galardón que premia actos excepcionales. Este premio está dotado con 37.200 dólares.
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