lunes, 29 de junio de 2026

Herculano (II).

 

Segunda parte

El expolio del teatro de Herculano y el nacimiento de la arqueología moderna

Si hubiera que elegir un único edificio que simbolizara el descubrimiento de Herculano, ese sería su teatro.

Paradójicamente, también fue el edificio que más sufrió las consecuencias de las primeras excavaciones.

Lo que hoy consideraríamos un monumento arqueológico de valor incalculable fue visto durante buena parte del siglo XVIII como una inmensa cantera de esculturas y mármoles destinada a satisfacer el gusto artístico de reyes, nobles y coleccionistas. Sin embargo, sería injusto juzgar aquel comportamiento únicamente con criterios actuales. En aquella época la arqueología científica aún no existía; el interés principal se centraba en rescatar las obras maestras del arte antiguo, no en documentar los estratos, las relaciones espaciales o la vida cotidiana de una ciudad romana.


Un teatro sepultado a veinte metros de profundidad

A diferencia de Pompeya, donde los edificios quedaron cubiertos principalmente por cenizas y piedra pómez relativamente fáciles de retirar, el teatro de Herculano permanecía encerrado bajo una enorme masa de toba volcánica endurecida.

No podía excavarse desde arriba.

Sobre él existía una ciudad moderna.

Había viviendas.

Calles.

Conventos.

Huertos.

Derribar todo aquello era imposible.

Los ingenieros optaron por una solución propia de la minería.

Abrieron pozos verticales.

Desde ellos excavaron galerías horizontales.

Los túneles recorrían la roca como si fueran una red de minas de carbón.

Todavía hoy algunos de esos pasadizos pueden visitarse mediante recorridos guiados.

Los primeros exploradores descendían mediante cuerdas o escaleras de madera iluminándose únicamente con lámparas de aceite y antorchas.

El aire era húmedo.

La temperatura apenas variaba.

Las paredes rezumaban agua.

En algunos lugares el techo amenazaba con desplomarse.

Cada pocos metros aparecía una nueva sorpresa.

Una inscripción.

Una estatua.

Un capitel.

Una grada perfectamente conservada.

Era como penetrar en una ciudad fantasma.


El aspecto del teatro antes del expolio

El edificio había sido construido siguiendo los cánones clásicos romanos.

Podía albergar probablemente entre dos mil quinientos y tres mil espectadores.

La cavea, es decir, la gradería semicircular, estaba dividida por corredores que facilitaban la circulación del público.

Los asientos inferiores estaban reservados para los personajes más importantes de la ciudad.

Magistrados.

Sacerdotes.

Miembros de las familias más ricas.

Las zonas superiores acogían a ciudadanos comunes, libertos y otros grupos sociales, siguiendo una distribución jerárquica característica de los teatros romanos.

El escenario estaba decorado con una monumental fachada arquitectónica.

Columnas de mármol.

Cornisas.

Nichos.

Frontones.

Estatuas.

Todo ello pintado originalmente con vivos colores que hoy apenas podemos imaginar.

El conjunto constituía mucho más que un lugar para las representaciones.

Era uno de los símbolos del prestigio cívico de Herculano.


Las primeras esculturas

Los obreros comenzaron pronto a encontrar esculturas de calidad excepcional.

No se trataba de copias toscas.

Muchas eran auténticas obras maestras realizadas por escultores griegos o por talleres romanos de primer nivel.

Los descubrimientos causaron auténtica conmoción en la corte napolitana.

Nunca desde el Renacimiento habían aparecido tantas esculturas clásicas prácticamente intactas.

Bronces completos.

Estatuas de mármol.

Retratos imperiales.

Figuras mitológicas.

Las noticias comenzaron a difundirse rápidamente entre los diplomáticos europeos.

Cada hallazgo aumentaba el prestigio internacional del Reino de Nápoles.


Extraer una estatua era una operación de ingeniería

Sacar una escultura de veinte metros de profundidad no era sencillo.

Los ingenieros abrían cuidadosamente una cámara alrededor de la pieza.

Después colocaban vigas de madera para evitar desprendimientos.

Se envolvía la estatua con cuerdas gruesas.

Mediante poleas, cabrestantes y fuerza humana comenzaba un lento ascenso.

En ocasiones la operación duraba varios días.

Un movimiento brusco podía fracturar un brazo, romper un pedestal o hacer caer la obra al fondo del pozo.

Las esculturas de bronce eran especialmente pesadas.

Cada extracción constituía un auténtico desafío técnico.


El problema de los mármoles

Las esculturas despertaban admiración.

Pero los mármoles también poseían un enorme valor económico.

En el siglo XVIII resultaba extraordinariamente costoso importar mármol antiguo.

Sin embargo, Herculano parecía ofrecer cantidades casi inagotables.

Columnas.

Revestimientos.

Pavimentos.

Escalinatas.

Placas decorativas.

Muchos elementos fueron arrancados sin contemplaciones.

Lo importante era la belleza del material.

No su contexto arqueológico.

Hoy sabemos que precisamente la posición exacta de cada fragmento permite reconstruir la historia de un edificio.

Aquellos primeros excavadores no podían imaginarlo.


Los tesoros viajan hacia el palacio real

Cada hallazgo importante era enviado inmediatamente a la colección real.

Las mejores esculturas comenzaron a decorar los palacios borbónicos.

Más tarde formarían parte del futuro Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, una de las instituciones arqueológicas más importantes del mundo.

Entre las piezas recuperadas había retratos imperiales de extraordinaria calidad, esculturas honoríficas dedicadas a ciudadanos destacados y numerosas representaciones de divinidades.

Para los visitantes ilustrados de la época aquello era casi milagroso.

Era la primera vez desde la Antigüedad que podían contemplarse originales romanos en semejante estado de conservación.


El secreto de Estado

Durante muchos años el gobierno borbónico decidió mantener un férreo control sobre las excavaciones.

No cualquiera podía visitarlas.

Los dibujos estaban sometidos a autorización.

Los viajeros necesitaban permisos especiales.

¿Por qué tanto secreto?

Porque los descubrimientos tenían un enorme valor político.

Carlos VII comprendía perfectamente que poseer aquellas antigüedades equivalía a poseer un símbolo de legitimidad cultural.

Los monarcas europeos competían por exhibir el legado de Roma.

Las excavaciones de Herculano eran un instrumento diplomático de primer orden.

Además, existía el temor de que otros estados enviaran especialistas o incluso intentaran apropiarse de piezas excepcionales.


El trabajo de los obreros

La imagen romántica del arqueólogo con sombrero y pincel pertenece al siglo XIX.

En Herculano trabajaban, sobre todo, mineros.

Muchos procedían de las zonas rurales próximas al Vesubio.

Su labor era extremadamente dura.

Descendían por estrechos pozos.

Respiraban polvo volcánico.

Trabajaban a la luz de antorchas.

Manejaban picos, cinceles y martillos durante jornadas muy largas.

La humedad constante deterioraba las herramientas.

Las galerías podían inundarse.

No existían sistemas modernos de ventilación.

Los accidentes eran frecuentes.

A pesar de ello, aquellos trabajadores fueron los primeros seres humanos que volvieron a caminar por las calles de Herculano después de más de mil seiscientos años.


¿Expolio o arqueología?

La respuesta no es sencilla.

Desde una perspectiva moderna, muchos de aquellos trabajos constituyeron un auténtico expolio.

Se arrancaron esculturas de su contexto.

Se desmontaron edificios.

Se destruyeron niveles arqueológicos.

Se reutilizaron materiales.

Información histórica irreemplazable desapareció para siempre.

Sin embargo, también es cierto que sin aquellas excavaciones muchas obras maestras habrían permanecido enterradas hasta épocas mucho más tardías, expuestas quizá a otros riesgos. Además, el interés despertado por Herculano impulsó el nacimiento de nuevas formas de estudiar el pasado y estimuló el desarrollo de una arqueología cada vez más rigurosa.


El impacto en Europa

Las noticias procedentes de Herculano recorrieron el continente.

Los artistas comenzaron a copiar las esculturas recién descubiertas.

Los arquitectos estudiaban las proporciones del teatro.

Los decoradores imitaban los frescos.

Los ebanistas reproducían muebles romanos.

Los ceramistas copiaban motivos ornamentales.

Se produjo una auténtica revolución estética.

Intelectuales como Johann Joachim Winckelmann comprendieron que aquellos descubrimientos permitían estudiar directamente el arte clásico, sin depender únicamente de las fuentes literarias. Sus escritos contribuyeron decisivamente al nacimiento de la historia del arte como disciplina y alimentaron el auge del Neoclasicismo.

En pocas décadas, las formas artísticas inspiradas en Herculano se difundieron por París, Londres, Viena, Madrid y San Petersburgo. Fachadas, mobiliario, jardines e incluso la moda incorporaron elementos inspirados en los hallazgos vesubianos.


Un teatro que todavía guarda secretos

Aunque se recuperaron numerosas esculturas y elementos arquitectónicos, el teatro sigue siendo, en gran parte, un monumento subterráneo.

La ciudad moderna de Ercolano continúa levantándose sobre él.

Cada nueva investigación exige un delicado equilibrio entre la conservación del patrimonio arqueológico y la vida cotidiana de los habitantes actuales.

Lejos de haber revelado todos sus secretos, el teatro sigue siendo uno de los grandes laboratorios de la arqueología romana. Las técnicas de documentación tridimensional, la fotogrametría y los análisis geológicos continúan aportando nuevos datos sobre un edificio que fue el primer gran hallazgo de Herculano y que marcó el inicio de una nueva manera de mirar el mundo antiguo.


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