martes, 14 de julio de 2026

Curiosidades sobre la exploración y la fauna de la Antártida.

 La historia de los primeros avistamientos de la Antártida está llena de controversias porque, durante décadas, navegar por aquellas aguas significaba enfrentarse a bancos de hielo, nieblas constantes y una cartografía prácticamente inexistente. No existe un consenso absoluto sobre quién fue el primer ser humano que contempló el continente. La expedición rusa dirigida por Fabian Gottlieb von Bellingshausen y Mijaíl Lazarev llegó en enero de 1820 a las proximidades de una enorme barrera de hielo que hoy muchos historiadores identifican como parte de la plataforma helada de Fimbul. Bellingshausen describió un inmenso muro blanco que no parecía un simple campo de hielo flotante, sino tierra cubierta por una capa glaciar. Apenas unos días después, el británico Edward Bransfield divisó la península Trinidad, y meses más tarde el estadounidense Nathaniel Palmer, dedicado a la caza de focas, también aseguró haber visto tierras antárticas.

Cuando la discusión se traslada específicamente a la península de Ross, la cronología cambia. Aquella inmensa lengua de tierra y hielo situada en el mar de Ross permaneció desconocida hasta la expedición de James Clark Ross en 1841. Fue Ross quien penetró en aquel mar, descubrió la gigantesca plataforma de hielo que hoy lleva su nombre y bautizó los volcanes Erebus y Terror. No existen pruebas sólidas de que los hombres de Bellingshausen o los cazadores de focas estadounidenses alcanzaran a contemplar la península de Ross antes que él. Los foqueros norteamericanos operaban sobre todo en las islas Shetland del Sur, la península Antártica y las Orcadas del Sur, donde abundaban los lobos marinos, muy lejos del mar de Ross. Por ello, aunque Bellingshausen y Palmer figuran entre los posibles primeros observadores del continente antártico, la exploración efectiva de la región de Ross pertenece claramente a la expedición británica de 1839-1843.

La Expedición Imperial Transantártica de Ernest Shackleton, iniciada en 1914, nació con un objetivo extraordinariamente ambicioso: cruzar todo el continente desde el mar de Weddell hasta el mar de Ross. El plan nunca llegó a ponerse en marcha porque el Endurance quedó atrapado en el hielo del mar de Weddell en enero de 1915. Durante casi diez meses el barco derivó aprisionado hasta que la presión del hielo terminó por destrozar su casco. Los hombres establecieron campamentos sobre la banquisa antes de alcanzar la isla Elefante, donde permanecieron aislados en condiciones extremas.

Las islas Shetland del Sur aparecen en la historia de Shackleton en más de una ocasión, aunque no como escenario principal del naufragio. Durante expediciones anteriores, especialmente la expedición Nimrod (1907-1909), varios puertos naturales de aquellas islas sirvieron como escalas logísticas para los buques balleneros y exploradores. En la expedición del Endurance, el grupo principal nunca permaneció largo tiempo en las Shetland del Sur; la deriva los condujo finalmente a la isla Elefante, situada justo al este del archipiélago. Allí improvisaron refugios con los propios botes volcados y pieles de foca mientras soportaban temperaturas bajo cero, humedad permanente y vientos que hacían imposible secar la ropa. Desde esa playa desolada Shackleton partió con cinco compañeros en el pequeño bote James Caird, navegando unos 1.300 kilómetros hasta Georgia del Sur, una de las travesías marítimas más admiradas de la historia de la navegación.

Los peces de hielo antárticos constituyen una de las adaptaciones biológicas más sorprendentes conocidas entre los vertebrados. Pertenecen a la familia Channichthyidae y son los únicos peces conocidos cuya sangre carece prácticamente de glóbulos rojos y de hemoglobina funcional. Su sangre es casi transparente porque el oxígeno permanece simplemente disuelto en el plasma. En la mayoría de los ambientes esto sería incompatible con la vida, pero el océano Austral ofrece dos condiciones excepcionales: sus aguas son extremadamente frías y, por ello, pueden contener mucho más oxígeno disuelto que los mares templados. Además, el metabolismo de estos peces es lento. Para compensar la escasa capacidad de transporte de oxígeno, poseen corazones muy grandes, vasos sanguíneos de mayor diámetro y un volumen de sangre considerablemente superior al de otros peces. También presentan una piel muy vascularizada por la que absorben parte del oxígeno directamente desde el agua.

Entre las aves marinas más características de la Antártida destacan los cormoranes de ojos azules, conocidos también como cormoranes antárticos o imperiales según la especie considerada. A diferencia de la mayoría de las aves marinas, sus huesos son relativamente pesados, lo que les facilita el buceo profundo. Sus ojos presentan un llamativo anillo azul intenso durante la época reproductora. Se alimentan de peces, cefalópodos y pequeños crustáceos, y forman colonias sobre acantilados libres de hielo. Después de cada inmersión suelen permanecer con las alas extendidas, una postura clásica de los cormoranes que favorece el secado del plumaje, ya que sus plumas no son completamente impermeables.

El pingüino de Adelia es quizá la imagen más clásica de la Antártida continental. Habita principalmente las costas libres de hielo y construye nidos con pequeñas piedras, un recurso tan valioso que los individuos suelen robarse mutuamente los cantos rodados cuando el propietario se descuida. Son animales extraordinariamente resistentes: durante la incubación pueden soportar tormentas de nieve y temperaturas inferiores a los –40 °C, formando grupos compactos para reducir la pérdida de calor. Se alimentan sobre todo de kril, aunque también consumen peces y pequeños cefalópodos.

El pingüino barbijo recibe su nombre por la estrecha línea negra que cruza la parte inferior de su cabeza como si llevara una cinta atada bajo el pico. Es una especie especialmente abundante en las islas Shetland del Sur y la península Antártica. Sus colonias pueden reunir cientos de miles de individuos, produciendo un ruido constante y un fuerte olor debido a la acumulación de guano. Son escaladores sorprendentemente ágiles y son capaces de ascender pendientes rocosas muy empinadas para alcanzar los lugares de nidificación.

Aunque suele imaginarse como un continente completamente congelado e inmóvil, la Antártida alberga una intensa actividad volcánica. Hoy se conocen más de un centenar de edificios volcánicos, muchos ocultos bajo kilómetros de hielo. El más famoso es el monte Erebus, descubierto por James Clark Ross en enero de 1841. Cuando los barcos Erebus y Terror penetraron en el mar de Ross, los marineros contemplaron un espectáculo inesperado: una montaña de más de 3.700 metros expulsaba columnas de humo oscuro y lanzaba materiales incandescentes sobre la nieve. Ross describió un penacho permanente que ascendía miles de metros sobre el cráter y relató que, durante la noche, el resplandor rojizo podía verse a gran distancia reflejándose sobre las nubes.

En 1842 varios exploradores y balleneros informaron de un período de actividad volcánica especialmente intensa en el océano Austral. Algunas crónicas de la época mencionan que hasta trece volcanes mostraban simultáneamente signos de actividad entre las islas subantárticas y el entorno del mar de Ross. Sin embargo, conviene interpretar ese dato con cautela. La geología moderna ha confirmado numerosas erupciones históricas en volcanes como el Erebus y en algunos centros volcánicos de las islas Balleny, pero la afirmación de que trece volcanes antárticos entraron simultáneamente en erupción en 1842 procede principalmente de relatos de navegantes del siglo XIX y no está respaldada de forma concluyente por registros geológicos modernos. Aquellos marinos describieron columnas de vapor visibles desde decenas de kilómetros, cenizas oscuras depositándose sobre la nieve y un olor persistente a azufre que el viento transportaba a gran distancia. En una época en la que apenas se conocía la geografía del continente, cada una de aquellas montañas humeantes parecía confirmar que bajo el mayor desierto helado del planeta seguía latiendo una intensa actividad geológica.

Hoy se sabe que buena parte del vulcanismo antártico está relacionado con el sistema del Rift de la Antártida Occidental y con puntos calientes situados bajo la corteza. El monte Erebus continúa activo y alberga uno de los pocos lagos permanentes de lava que existen en la Tierra, un recordatorio de que, bajo kilómetros de hielo, el continente blanco sigue siendo un territorio geológicamente dinámico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Curiosidades sobre la exploración y la fauna de la Antártida.

 La historia de los primeros avistamientos de la Antártida está llena de controversias porque, durante décadas, navegar por aquellas aguas s...