Querido padre:
Espero que al recibir esta carta todos en casa gocen de buena salud. Hace apenas unas semanas habría sido difícil imaginar que pudiera escribirte sobre una Navidad tranquila, sin el silbido de los obuses ni el estruendo de las ametralladoras. Sin embargo, gracias a Dios, así ha sido.
La guerra terminó el 11 de noviembre y nuestro batallón permanece todavía en Francia mientras se organizan las cosas para regresar a casa. Nadie sabe exactamente cuándo embarcaremos, pero al menos ya no dormimos esperando un ataque antes del amanecer.
Los oficiales decidieron que, por un solo día, debíamos olvidar todo lo que habíamos visto. Querían que celebráramos la Navidad como hombres que habían sobrevivido, no como soldados destinados a morir en la siguiente ofensiva. Nuestro batallón, que había pasado por Baccarat, por el Vesle, por Saint-Mihiel y finalmente por el Argonne, merecía al menos una jornada de descanso y de alegría.
Nuestro árbol de Navidad fue probablemente el más extraño que jamás hayas visto. No había bosques cercanos intactos, pues casi todos habían quedado destrozados por la artillería. Un grupo encontró un joven abeto que había sobrevivido entre los cráteres y lo trajimos al campamento. El carpintero del batallón construyó una base con tablones rescatados de una granja derruida y enderezó el árbol para que pareciera digno. Después fabricó una estrella de madera para la punta y algunos muchachos la cubrieron con papel de aluminio arrancado de envoltorios de raciones.
Las guirnaldas nacieron de donde menos cabría esperar. Cortamos tiras de vendas limpias, cintas de embalaje y papel de colores procedente de cajas de suministros. Vaciamos casquillos de fusil y los colgamos como si fueran adornos dorados. Uno de los muchachos colocó en una rama un casco alemán agujereado por una bala y todos nos reímos diciendo que era el adorno más caro del árbol.
Como la guerra había terminado, los oficiales organizaron juegos. Nunca pensé que vería a soldados que habían combatido en el Argonne correr riendo como niños. Hicimos carreras de sacos y carreras de tres piernas en la tierra de nadie. Resultaba extraño recorrer aquel terreno donde semanas antes nadie podía levantar la cabeza sin exponerse a un disparo.
Todavía quedaban alambradas retorcidas, cascos abandonados, cajas de munición vacías y carretillas destrozadas. También había montones de equipo que los alemanes dejaron atrás al retirarse con tanta rapidez después del armisticio: mochilas, mantas, herramientas y hasta cocinas de campaña medio desmontadas. Los ingenieros habían marcado las zonas peligrosas por las minas sin explotar, de modo que corríamos únicamente por los lugares considerados seguros. Nunca imaginé que un campo de batalla pudiera convertirse, aunque solo fuera durante una tarde, en una pista para carreras y risas.
La mayor sorpresa llegó a la hora de la cena. Las viandas de Navidad habían salido de París en una camioneta de Intendencia que recorrió toda la línea del frente. Venía cargada con pavos, harina, patatas, manzanas, café y todo lo necesario para que ningún hombre pasara la Nochebuena comiendo únicamente carne enlatada y galletas militares. La camioneta había tomado primero la ruta hacia el Argonne, avanzando por carreteras rotas y pueblos medio derruidos, y desde allí siguió bordeando la línea del frente, deteniéndose en los distintos puestos hasta llegar a nuestro batallón. No sé cómo lograron hacer llegar todo aquello a través de caminos tan malos y tan llenos de barro, pero fue un verdadero milagro de la Intendencia.
Los cocineros trabajaron desde antes del amanecer. Consiguieron preparar pavos para toda la unidad, enormes cazuelas de puré de patatas con abundante mantequilla y, para rematar, tarta de manzana. No sé cómo lograron encontrar tantos ingredientes en un país que ha sufrido tanto, pero hicieron maravillas.
Los cocineros estaban cubiertos de harina hasta los codos y parecían más orgullosos de aquella cena que muchos generales de sus victorias. Creo que nunca he probado un pavo tan bueno, aunque quizá fuera simplemente porque lo compartíamos entre amigos que seguían vivos. Después de tantos meses de raciones frías, aquella comida nos supo como un auténtico banquete.
Hubo café caliente para todos y algunos incluso recibieron paquetes enviados desde América con dulces, calcetines y tabaco. Más de un hombre lloró al leer las cartas de su familia. No fueron lágrimas de tristeza solamente, sino de alivio por haber llegado hasta este día.
A pesar de todo, basta alejarse un poco del campamento para recordar el precio de la guerra. Hemos recorrido varios pueblos franceses cercanos a la antigua línea del frente y es difícil describir lo que queda de ellos. Calles enteras son montones de ladrillos. Muchas casas han perdido los tejados y otras conservan únicamente una pared en pie. Los árboles aparecen partidos como cerillas gigantes.
Las iglesias son quizá lo que más impresiona. Algunas mantienen todavía el campanario, pero el techo ha desaparecido y la lluvia cae directamente sobre los bancos. En otras, las vidrieras se hicieron añicos hace mucho tiempo y las campanas yacen entre los escombros. He visto altares cubiertos de polvo de ladrillo y estatuas con los brazos arrancados por la metralla. Cuesta creer que aquellos lugares fueran, hace apenas unos años, el corazón de pequeñas comunidades tranquilas.
Sin embargo, los franceses poseen una determinación admirable. Aun entre las ruinas se ve a hombres reparando puertas, mujeres limpiando piedras para reconstruir sus hogares y niños jugando donde antes hubo trincheras. Parecen convencidos de que todo volverá a levantarse algún día.
Eso me hace pensar mucho en casa. Después de contemplar tanta destrucción, uno aprende a valorar cosas tan sencillas como una mesa familiar, una iglesia sin agujeros en el tejado o un camino que no esté lleno de cráteres. Nunca volveré a dar esas cosas por sentadas.
Espero que la próxima Navidad pueda celebrarla sentado contigo, junto al fuego, sin uniforme y sin tener que mirar por encima del hombro. Hasta entonces, no te preocupes demasiado por mí. Estoy sano, tengo buenos amigos a mi alrededor y, por primera vez en mucho tiempo, el futuro parece traer más esperanza que miedo.
Da un fuerte abrazo a mamá y a todos los de casa de mi parte.
Con todo mi cariño,
Tu hijo.

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