lunes, 27 de julio de 2026

Un turista australiano visita el Wasteland Weekend.

 


Ned dejó su mochila en el suelo del porche y soltó una carcajada antes incluso de sentarse.

—Te juro, Chandler, si alguna vez pensaste que los fans de Mad Max exageraban, es porque no has estado en el Wasteland Weekend.

Chandler, apoyado en la barandilla de su casa en Alice Springs, sonrió.

—¿Tan loco era?

—Más. Muchísimo más. Era como atravesar un portal y aparecer directamente en el Yermo. No había camisetas con el logo de la película ni gente haciendo cola para hacerse selfis. Todo el mundo iba metido en el papel.

—¿Cómo vestidos?

—Como supervivientes del fin del mundo. Cuero desgastado, chatarra convertida en armadura, máscaras de soldador, ruedas de neumático como hombreras... Había quien parecía llevar décadas recorriendo el desierto buscando gasolina. Algunos daban auténtico miedo.

—Eso sí suena a Mad Max.

—Y espera. Los coches eran una barbaridad. No eran deportivos nuevos ni réplicas perfectas. Eran cacharros de segunda y tercera mano, viejos utilitarios, rancheras oxidadas, pickups destartaladas... todos transformados con pinchos, placas metálicas, tubos de escape imposibles y pintura desconchada. Parecía que cada vehículo hubiera sobrevivido a veinte guerras.

Chandler soltó una risa.

—Eso me recuerda a algunos coches que aún circulan por el Territorio del Norte.

—Solo que estos llevaban lanzas falsas, calaveras de plástico y bocinas que sonaban como monstruos. Había incluso camiones enormes convertidos en auténticos "camiones de guerra". Los habían elevado, blindado y llenado de depósitos, cadenas y ruedas gigantes. Parecía que en cualquier momento iba a aparecer Immortan Joe dando órdenes.

—¿Y la seguridad? Con tanto loco disfrazado...

—También iban disfrazados.

—¿Cómo que también?

—Muchos vigilantes iban vestidos como Nux, ¿te acuerdas? El War Boy tuberculoso de Mad Max: Fury Road. La cabeza rapada, la piel completamente blanca, los ojos maquillados y hasta el gesto fanático. Era rarísimo pedir indicaciones a alguien que parecía dispuesto a sacrificarse por el V8.

Chandler negó con la cabeza entre divertido e incrédulo.

—Eso ya es compromiso.



—Lo mejor fue la Cúpula del Trueno.

—¿Había una de verdad?

—Una réplica. Dos personas entraban con casco, gafas de seguridad y porras de gomaespuma. En cuanto empezaba el combate, todo el público rugía al unísono: "¡Dos hombres entran! ¡Uno solo sale!"

—Dime que nadie acabó en el hospital.

—No, hombre. Era todo muy controlado. Mucho ruido, muchas risas y algún revolcón espectacular. Lo importante era el espectáculo.

Chandler se quedó unos segundos imaginando la escena.

—¿Sabes qué es lo más curioso?

—¿Qué?

—Que nosotros vivimos rodeados de desierto, polvo y carreteras interminables, y aun así hay gente que cruza medio mundo para recrear una versión exagerada de eso.

Ned sonrió.

—Supongo que esa es la magia de Mad Max. Cogieron paisajes como los que tienes a unas horas de aquí y los convirtieron en un mito. Durante un fin de semana entero, miles de personas deciden vivir dentro de ese mito.

Chandler levantó su taza de café.

—Bueno... si el año que viene vuelves, avísame. Creo que ya va siendo hora de ver con mis propios ojos a un ejército de Nux vigilando un festival lleno de chatarras gloriosas.

—Trato hecho. Pero ve preparando un disfraz. Allí, si pareces demasiado normal, eres tú quien desentona.

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