Vera Gedroitz, la princesa que operaba bajo las bombas y desafió a Rasputín
Reportaje histórico
La escena parece extraída de una novela de aventuras. Una aristócrata rusa, descendiente de una antigua familia lituana, atraviesa el campo de batalla mientras la artillería japonesa cae a su alrededor. Lleva un bisturí en la mano, no un abanico. A pocos metros, los heridos se acumulan. No hay tiempo para ceremonias. Hay que amputar, abrir un abdomen perforado o detener una hemorragia antes de que llegue la siguiente salva.
Aquella mujer era Vera Ignátievna Gedroits, considerada una de las primeras mujeres cirujanas militares del mundo y una de las personalidades más extraordinarias de la medicina rusa de comienzos del siglo XX.
Una princesa poco convencional
Nacida en 1870 en el seno de una familia principesca de origen lituano, Vera Gedroitz creció rechazando casi todos los papeles reservados a las mujeres de la nobleza. Prefería montar a caballo, disparar armas, cazar y practicar deportes antes que asistir a bailes de sociedad.
Desde muy joven mostró un temperamento independiente. Tras verse implicada en movimientos estudiantiles contrarios al régimen zarista, marchó a estudiar Medicina a Lausana, donde fue discípula del prestigioso cirujano César Roux, pionero de la cirugía abdominal moderna.
Aquella formación europea marcaría toda su carrera.
La guerra ruso-japonesa: cirugía bajo el fuego
Cuando estalló la Guerra ruso-japonesa, Gedroitz se ofreció como cirujana de campaña.
Fue destinada a hospitales militares cercanos al frente de Manchuria, donde trabajó prácticamente sin descanso.
Su experiencia la llevó a cuestionar una de las doctrinas médicas vigentes. Mientras muchos cirujanos retrasaban las operaciones abdominales por miedo a las infecciones, Gedroitz defendía intervenir cuanto antes. Las heridas de bala en el abdomen, sostenía, debían operarse inmediatamente.
Los resultados le dieron la razón.
Sus estadísticas de supervivencia llamaron la atención del ejército ruso y sus publicaciones influyeron posteriormente en la cirugía militar europea.
Recibió varias condecoraciones por su valentía, pues operaba incluso cuando los hospitales eran bombardeados.
Cirujana de la familia imperial
Su prestigio terminó llevándola al entorno de Nicolás II.
Fue nombrada médica jefe del hospital del palacio imperial de Tsárskoe Seló y también impartió formación sanitaria a las grandes duquesas.
Aunque nunca fue una figura cortesana en sentido estricto, su fuerte personalidad la convirtió en alguien respetado y, al mismo tiempo, incómodo para ciertos sectores de la corte.
Frente a Rasputín
Uno de esos sectores giraba en torno a Grigori Rasputín.
La influencia del célebre monje sobre la zarina Alejandra Fiódorovna provocaba un profundo rechazo entre numerosos médicos.
Rasputín era considerado por muchos contemporáneos un curandero capaz de aliviar las crisis hemorrágicas del zarevich Alexéi Nikoláievich, enfermo de hemofilia. Hoy los historiadores creen que esas mejorías pudieron deberse a varios factores: la relajación que inducía su presencia, la interrupción de tratamientos perjudiciales —como el uso de aspirina, que favorece las hemorragias— y un notable poder de sugestión e hipnosis. No existe evidencia científica de que poseyera auténticos poderes hemostáticos.
Gedroitz, formada en la cirugía científica occidental, desconfiaba profundamente de aquellas prácticas.
Aunque algunas obras populares exageran el enfrentamiento, sí consta que pertenecía al grupo de profesionales de la corte que rechazaban la creciente influencia de Rasputín en asuntos médicos y políticos.
Otra guerra, otra vez el quirófano
Durante la Primera Guerra Mundial volvió a situarse en primera línea.
Organizó hospitales militares, realizó miles de intervenciones quirúrgicas y formó a nuevas generaciones de médicos y enfermeras.
Su experiencia acumulada en traumatología y cirugía de guerra la convirtió en una autoridad nacional.
Después de la Revolución abandonó la corte y pasó a trabajar como profesora en Kiev, donde escribió importantes tratados de cirugía y numerosos trabajos científicos.
Una mujer de rifle y taco de billar
La imagen de Gedroitz rompía todos los estereotipos de su tiempo.
Era una apasionada cazadora, especialmente de osos, actividad reservada casi exclusivamente a hombres de la aristocracia rusa.
También disfrutaba jugando al billar, otra afición considerada muy poco femenina en la Rusia imperial.
Vestía con frecuencia ropa de corte masculino, fumaba, montaba a caballo y llevaba una vida extraordinariamente independiente para los cánones de comienzos del siglo XX.
Diversos estudios biográficos también destacan que mantuvo relaciones sentimentales con mujeres, algo que vivió con notable discreción dadas las circunstancias de la época.
¿La persiguió Stalin?
Aquí conviene separar la realidad histórica de algunas versiones difundidas en internet.
No existe evidencia sólida de que Iósif Stalin ordenara torturar personalmente a Vera Gedroitz o que fuera víctima de las grandes purgas estalinistas.
La razón es cronológica: Gedroitz murió en 1932, mientras que el período más intenso de las purgas comenzó entre 1936 y 1938.
Sí sufrió las profundas transformaciones del sistema soviético. Perdió la posición privilegiada que había ocupado en la medicina imperial, fue apartada de algunos cargos, padeció críticas políticas por su pasado aristocrático y vio disminuir notablemente su influencia académica. Su producción científica quedó en parte olvidada durante décadas, más por motivos ideológicos y por el cambio de régimen que por una persecución personal de Stalin.
Por tanto, la afirmación de que "Stalin no la purgó, pero sí la torturó y destruyó su carrera" no está respaldada por la investigación histórica disponible.
Un legado recuperado
Durante décadas, el nombre de Vera Gedroitz permaneció casi olvidado fuera del ámbito médico.
Hoy se la reconoce como una figura adelantada a su tiempo: pionera de la cirugía de guerra moderna, innovadora en el tratamiento de heridas abdominales, profesora universitaria, escritora y una de las primeras mujeres que abrió camino en un terreno reservado casi exclusivamente a hombres.
Su vida reúne ingredientes difíciles de encontrar en una sola persona: princesa, cirujana, profesora, veterana de dos guerras, cazadora de osos, jugadora de billar y defensora de una medicina basada en la evidencia en una corte donde el prestigio de un místico podía llegar a pesar tanto como el criterio de los mejores médicos. Su historia demuestra que, mucho antes de que la igualdad profesional fuera una realidad, ya había mujeres capaces de cambiar la medicina desde el frente de batalla.
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