Entre los gorilas de las montañas Virunga
Durante años, Dian Fossey pasó buena parte de sus días en las laderas cubiertas de niebla de los volcanes Virunga, en África central. Allí, a miles de metros de altitud, vivían los gorilas de montaña, animales que durante mucho tiempo habían sido considerados feroces y peligrosos. Fossey descubrió algo muy distinto: detrás de su formidable aspecto había animales tímidos, sociables y extraordinariamente sensibles a cuanto ocurría a su alrededor.
Su propósito no era limitarse a observarlos desde lejos. Quería llegar a conocerlos individualmente, distinguir sus personalidades y comprender la vida de los grupos sin alterar su comportamiento. Para conseguirlo tuvo que ganarse algo mucho más difícil que una simple proximidad física: su confianza.
Fossey comprendió pronto que un ser humano que permaneciera inmóvil observándolos podía resultarles tan extraño como cualquier otra amenaza. Por eso decidió hacer algo poco convencional: comportarse como ellos.
Cuando los gorilas se alimentaban, ella imitaba sus movimientos y fingía comer la misma vegetación. Cuando se acicalaban, reproducía sus gestos. Poco a poco empezó también a copiar sus sonidos. Entre ellos estaba una especie de eructo o vocalización grave que los gorilas utilizaban habitualmente para comunicarse mientras permanecían tranquilos. Fossey descubrió que, al reproducir aquellos sonidos, podía acercarse mucho más al grupo.
La técnica exigía paciencia y una cierta pérdida de dignidad. Sentada entre la vegetación, podía pasar largos períodos fingiendo que un tallo era un manjar extraordinario o golpeándose suavemente el pecho para reproducir los gestos de los animales. Pero el resultado compensaba el esfuerzo. Algunos gorilas terminaron aceptándola como una presencia familiar.
La relación llegó a ser tan estrecha que los jóvenes se aproximaban a ella por pura curiosidad. Algunos examinaban su mochila, tocaban las correas de la cámara o jugaban con los cordones de sus botas. Fossey había dejado de ser simplemente una figura humana situada en el borde del grupo: para ciertos animales se había convertido en una curiosidad conocida.
El extraño grupo de Rafiki
Entre todos sus encuentros hubo uno especialmente singular. Era el grupo dirigido por Rafiki, compuesto exclusivamente por machos.
Cuando Fossey conoció al grupo, la situación era diferente. Junto a los cinco machos vivía una hembra muy anciana, a la que llamó Koko. Era una criatura envejecida y debilitada, con los brazos atrofiados y el aspecto propio de una hembra que había llegado al final de su vida reproductiva.
Sin embargo, su edad y su debilidad no parecían disminuir su importancia dentro del grupo.
Koko ocupaba un lugar central en la vida social de aquellos machos. Una de sus actividades favoritas era el acicalamiento mutuo. Comenzaba a limpiar cuidadosamente el pelo de otro gorila, separándolo y examinándolo, y los demás terminaban incorporándose a la sesión. En poco tiempo varios animales podían estar sentados juntos, concentrados en aquella labor de limpieza que tenía también una evidente función social.
Fossey observó algo particularmente revelador: después de la muerte de Koko, el acicalamiento colectivo prácticamente desapareció de aquel grupo. En los meses siguientes sólo pudo observarlo en contadas ocasiones.
Era como si la vieja hembra hubiera desempeñado una función social que trascendía con mucho su capacidad física.
Los cinco machos
Después de la muerte de Koko, Rafiki y los demás quedaron convertidos en un grupo de solteros. Sin hembras ni crías que proteger, su comportamiento resultaba especialmente curioso.
Los jóvenes —Peanuts, Geezer y Samson— eran los más atrevidos. Cuando Fossey observaba al grupo desde un árbol, ellos podían trepar hasta donde estaba ella. Su interés no parecía hostil. Querían investigar aquel extraño objeto que había aparecido en su territorio.
La cámara, la ropa, las botas y la mochila se convertían en objetos de exploración.
Aquellos encuentros permitieron a Fossey observar una faceta de los gorilas que raramente aparecía en las descripciones tradicionales: su curiosidad. Los animales no eran simplemente enormes simios que toleraban a regañadientes la presencia de una investigadora. También podían acercarse voluntariamente, examinarla y participar en una especie de juego.
Fossey aprendió que la confianza no significaba que los gorilas hubieran dejado de ser animales salvajes. Seguían teniendo sus propias reglas y podían reaccionar violentamente cuando se sentían amenazados. Pero una vez que reconocían a una persona y comprendían sus intenciones, su comportamiento podía ser extraordinariamente tranquilo.
Los pequeños que habían perdido a sus familias
Entre los episodios que más impresionaron a Fossey estaban sus contactos con jóvenes gorilas que habían quedado sin sus familias.
Dos de ellos, una hembra joven llamada Pucker Puss y un macho llamado Coco, fueron atendidos por Fossey después de que sus familias fueran víctimas de cazadores furtivos. Los pequeños necesitaban cuidados y atención, y la investigadora pudo observar de cerca la enorme importancia que tenían para los gorilas las relaciones sociales y familiares.
El contacto con los jóvenes mostraba además otro aspecto de los machos adultos. Fossey comprobó que podían ser pacientes y protectores con las crías.
En una ocasión, un macho adulto al que había considerado particularmente severo sorprendió por completo a la investigadora. Durante un período de descanso, una cría se aproximó a él y se apoyó contra su espalda. Fossey esperaba una reacción brusca. En lugar de eso, el macho tomó una flor de tallo largo y comenzó a hacer cosquillas al pequeño.
La escena cambió por completo la imagen que ella tenía de aquel animal. El supuesto gruñón terminó tendido en la ladera, entretenido con la cría y convertido, durante unos minutos, en un juguetón cuidador.
Aprender a mirar a un gorila
Cada encuentro enseñaba a Fossey algo nuevo.
Los gorilas se comunicaban mediante diferentes vocalizaciones: sonidos suaves asociados con la tranquilidad y el contacto social, gruñidos empleados para imponer disciplina y otras llamadas utilizadas cuando un animal sentía curiosidad o alarma. El macho dominante podía emitir una vocalización que hacía que todos los miembros del grupo prestaran atención inmediatamente.
Fossey comenzó a registrar aquellos sonidos y a relacionarlos con determinadas situaciones. Pero no quería estudiar únicamente un repertorio de llamadas. Quería comprender el conjunto de la vida social de los animales: sus desplazamientos, su alimentación, sus disputas, sus juegos, sus períodos de descanso y la manera en que construían sus nidos diurnos y nocturnos.
Sobre todo, quería observarlos sin convertir su presencia en el acontecimiento principal.
Ésa era la paradoja de su trabajo. Para conocerlos tenía que acercarse; para estudiarlos correctamente tenía que conseguir que su presencia dejara de importarles.
Un mundo que se abría poco a poco
Los años de convivencia fueron transformando la relación. Fossey empezó a reconocer a los gorilas por sus caras, sus cuerpos y sus peculiaridades. Les dio nombres para poder identificarlos en sus cientos de páginas de notas y acabó conociendo sus diferentes temperamentos.
Algunos eran reservados. Otros se mostraban curiosos. Algunos jóvenes buscaban el contacto y el juego. Los machos dominantes podían ser imponentes y autoritarios, pero también mostraban comportamientos de protección y ternura hacia las crías.
La imagen que emergía era muy diferente de la del monstruo que atacaba sin motivo. Fossey insistía en que los gorilas eran animales fundamentalmente tímidos y pacíficos, aunque capaces de defenderse cuando se sentían amenazados.
Su método había empezado con una idea sencilla: si quería que los gorilas aceptaran su presencia, tendría que aprender a comunicarse con ellos en sus propios términos.
Y, poco a poco, eso fue precisamente lo que ocurrió.
Entre la niebla, los helechos y las laderas volcánicas, una mujer que había llegado para estudiar a unos animales salvajes terminó estableciendo con algunos de ellos una relación de familiaridad extraordinaria. Los observaba; ellos la observaban a ella. Ella imitaba sus sonidos y sus gestos; ellos examinaban sus cámaras, sus botas y sus pertenencias.
El resultado fue algo más que una colección de observaciones científicas. Fue un retrato íntimo de una sociedad animal que hasta entonces había permanecido casi completamente oculta al mundo.
Fossey había entrado en el bosque para estudiar a los gorilas.
Para hacerlo, tuvo primero que conseguir que los gorilas aceptaran que ella también formaba parte, aunque fuera sólo de manera provisional, de su mundo.

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