lunes, 12 de enero de 2026

¿Pueden reconstruir los arqueólogos una batalla de la que no hay testimonios escritos?

 


Hoy en día sí se puede reconstruir, hasta cierto punto, una batalla del siglo III entre tribus germánicas y romanos a partir de sus restos arqueológicos, aunque lo que puede reconstruirse no es una narración detallada con nombres y fases de combate, sino un relato basado en las huellas materiales del combate y apoyado en comparaciones tipológicas e interpretativas con fuentes clásicas y otros hallazgos.

Un caso real que se ajusta muy bien a lo que describes es el de la batalla del Harzhorn, un yacimiento arqueológico descubierto cerca de Kalefeld (Baja Sajonia, Alemania) que ha arrojado luz sobre un enfrentamiento entre tropas romanas y germanas en el siglo III d. C. — un periodo conocido como la Crisis del siglo III del Imperio Romano.

El yacimiento de Harzhorn y la evidencia arqueológica

El sitio arqueológico de Harzhorn fue hallado en diciembre de 2008 y desde entonces ha sido objeto de excavaciones metódicas. Las evidencias materiales incluyen:

  • Monedas romanas datables en las décadas centrales del siglo III, que ayudan a fechar el combate en torno al año 235 d. C.

  • Artefactos militares romanos, como puntas de ballesta (bolts) asociadas a máquinas de torsión (que se usaban en artillería romana) y puntas de flecha con tipología romana.

  • Restos de arma de infantería y fragmentos de equipo, incluidos trozos de armaduras y otros elementos vinculables con legionarios.

  • La distribución espacial de los objetos permite a los arqueólogos inferir la dirección de los disparos, la posición de las tropas y partes del campo de batalla, gracias a la cartografía de hallazgos.

Estos restos, combinados con análisis de contexto (estratigrafía, dataciones relativas, tecnología de los artefactos), permiten a los investigadores reconstruir aspectos clave del enfrentamiento: donde estaban posicionados los combatientes, qué tipo de armas se emplearon, y la presencia clara de artillería romana, lo que indica un choque que involucró tropas romanas bien equipadas enfrentadas a guerreros germanos.

¿Por qué este hallazgo es tan importante?

Durante mucho tiempo, la historiografía tradicional sostenía que después de la batalla del bosque de Teutoburgo (9 d. C.) y las campañas de Germánico, el avance romano más allá del Rin fue muy limitado. Sin embargo, Harzhorn demuestra arqueológicamente que en el siglo III sí hubo incursiones romanas profundas en territorio germánico más allá de los límites establecidos del Limes, con enfrentamientos armados significativos.

Estas evidencias ponen de manifiesto que:

  • No solo hubo presencia de soldados romanos lejos de la frontera, sino que usaron artillería pesada como parte de su táctica, algo observable directamente en los artefactos recuperados.

  • El hallazgo de restos de transporte (por ejemplo, restos asociados a carro y equipo de campaña) sugiere la presencia de una fuerza organizada y no solo un destacamento ligero.

  • Los objetos se encontraron in situ o con una dispersión que permite inferir fases de lucha y movimientos tácticos, lo que es oro puro para la arqueología de campos de batalla.

¿Cómo interpretan esto los expertos?

Los especialistas en arqueología militar romana y en historia antigua coinciden en que, aunque no tenemos una crónica escrita de esta batalla, la evidencia arqueológica es suficientemente sólida como para reconstruir un relato histórico razonable de lo que pasó:

  • Los legionarios romanos estaban realizando una expedición —probablemente de castigo o retaguardia tras incursiones germanas en territorio imperial— y se toparon con una fuerza germánica que los emboscó o bloqueó un paso estratégico.

  • El uso de artillería romana indica que los legionarios no eran un grupo pequeño aislado, sino una fuerza suficientemente equipada para el combate organizado.

  • El análisis espacial de las armas ofrece pistas sobre las fases de la batalla y las tácticas empleadas, lo cual es esencial para reconstrucciones narrativas del choque.

En la bibliografía arqueológica especializada (como capítulos en obras de síntesis sobre la arqueología de Alemania romana) Harzhorn y sitios similares se emplean como caso de estudio para demostrar que la arqueología de batalla puede producir reconstrucciones plausibles de hechos bélicos antiguos, incluso cuando las fuentes escritas son escasas o inexistentes.

Hasta dónde puede llegar la reconstrucción

La arqueología puede identificar:

  • el lugar exacto del combate,

  • la cronología aproximada con ayuda de monedas y dataciones de contexto,

  • el tipo de armamento y algunas tácticas,

  • la escala relativa del enfrentamiento (cantidad de hallazgos sugiere un combate de cierta envergadura),

pero no puede, por sí sola, decirnos nombres de generales, detalles del objetivo político, o narrativas completas de quién ganó o perdió sin apoyo de fuentes escritas o epigráficas complementarias. La arqueología funciona como el testigo silencioso del terreno, que proporciona la evidencia material que, interpretada por expertos, nutre nuestra comprensión de eventos tan remotos.

Las reglas de la Cosa Nostra.

 


La lámpara colgaba demasiado baja, como si alguien hubiera querido obligar a los hombres a inclinar la cabeza. Don Salvatore permanecía sentado, inmóvil, con la paciencia de quien ha visto pasar generaciones enteras de errores.

—La sangre ya habló por ti —dijo—. Ahora te toca aprender a no hablar tú.

El soldato no respondió. Sabía que cualquier palabra podía convertirse en prueba.

La omertá

—La omertá no nació para protegernos del Estado —continuó el capo—. Nació para protegernos entre nosotros.

Hizo un gesto vago con la mano, como espantando un recuerdo.

—Tommaso Buscetta también juró silencio. Lo juró como tú. Durante años fue un hombre respetado. Luego creyó que la omertá era una deuda que podía renegociarse cuando el mundo se le vino encima.

Clavó los ojos en el joven.

—Habló. Vivió. Pero dejó de existir. Sin tierra, sin nombre, sin muertos a los que rezar. Eso es lo que les espera a los que confunden respirar con vivir.

Se inclinó hacia adelante.

—Aquí, el silencio no es lealtad. Es identidad. Cuando lo pierdes, ya no eres nada.

La policía y los jueces

Don Salvatore sonrió por primera vez. Fue una sonrisa breve y sin humor.

—Giovanni Falcone. Paolo Borsellino. Dos hombres convencidos de que la ley podía entender esta isla.

Bajó la voz.

—Eran inteligentes. Honestos. Y murieron igual.

Golpeó suavemente la mesa.

—No porque fueran débiles, sino porque creyeron que el sistema era más fuerte que el miedo. La policía y los jueces pasan. Sus nombres quedan en placas de mármol. Nosotros seguimos aquí, en las cocinas, en los campos, en las familias.

Lo miró fijamente.

—No los odies. No los subestimes. Y sobre todo: no les hables. Porque el día que cruzas esa línea, ya no hay jueces que te salven ni hombres que te reconozcan.

Las mujeres

El tono de Don Salvatore se volvió más áspero.

—Muchos hombres fuertes cayeron sin que nadie les apuntara con un arma.

Se levantó.

—Una mujer dolida habla más que un juez convencido. Una amante abandonada hace más daño que un fiscal con escolta.

Se detuvo detrás del soldato.

—El que no sabe cerrar una puerta en su propia casa termina abriendo la boca donde no debe. Y aquí, las bocas abiertas se llenan de tierra.

La política

Volvió a sentarse lentamente.

—Bernardo Provenzano entendió algo que otros no —dijo—. Mientras unos buscaban guerras, él buscó desaparecer. Mandar sin ser visto. Influir sin firmar.

Negó con la cabeza.

—La política es para los que necesitan aplausos. Nosotros necesitamos tiempo. El político promete. Nosotros esperamos.

Levantó un dedo.

—El día que un hombre nuestro se presenta como candidato, deja de ser útil. Se convierte en ejemplo. Y los ejemplos se rompen para que los demás aprendan.

El cierre

Don Salvatore se levantó y colocó la mano sobre el hombro del joven. No apretó. No hizo falta.

—Recuerda los nombres que te he dicho —susurró—. No como historia, sino como advertencia.

Se apartó.

—Aquí no se castiga al que falla. Aquí se borra.

La puerta se abrió.

—Vete. Aprende a ser invisible. Aprende a callar incluso cuando tengas razón.

La puerta se cerró.

Y el soldato entendió entonces que la verdadera iniciación no había sido la sangre,
sino aceptar que, desde ese momento, su vida valía exactamente lo que su silencio.


Muere el polémico pseudoarqueólogo Erich Von Däniken.

 


Entrevista radiofónica – Dramatización

(Sintonía de apertura. Sonido suave de estudio de radio.)

LOCUTOR:
Son las diez en punto y seguimos en La Trastienda de la Historia. Hoy tenemos con nosotros al doctor Alejandro Ruiz, arqueólogo y profesor universitario, para hablar de uno de los temas más polémicos de la divulgación histórica: Erich von Däniken y la teoría de los antiguos astronautas. Doctor, bienvenido.

ARQUEÓLOGO:
Un placer estar aquí… y prometo no traer ningún marciano al estudio.

(Ríen.)

LOCUTOR:
Empecemos por el principio. Para quien no lo conozca, ¿quién fue Erich von Däniken?

ARQUEÓLOGO:
Fue un escritor suizo que se hizo muy famoso a finales de los años sesenta. Sus libros defendían que muchas construcciones y mitos del pasado solo podían explicarse si aceptábamos la intervención de extraterrestres en las primeras civilizaciones.

LOCUTOR:
Una idea que enganchó —y sigue enganchando— a muchísima gente.

ARQUEÓLOGO:
Claro. Mezcla misterio, ciencia ficción y un toque de rebeldía contra la academia. El problema es que no se apoya en evidencias arqueológicas sólidas.

LOCUTOR:
Vamos a ejemplos concretos. Isla de Pascua y los famosos moáis. Von Däniken decía que los habitantes locales no podían haberlos movido solos.

ARQUEÓLOGO:
Eso decía, sí. Pero hoy sabemos cómo se hicieron, de dónde se extrajeron y cómo se transportaron. Hay restos de canteras, herramientas de piedra y experimentos modernos que demuestran que podían moverse con cuerdas, balanceándolos en posición vertical.

LOCUTOR:
O sea, nada de tecnología extraterrestre.

ARQUEÓLOGO:
Nada en absoluto. Solo organización social, conocimiento práctico y muchísimo esfuerzo humano.

LOCUTOR:
Pasemos a las líneas de Nazca. Quizá el ejemplo más famoso: “pistas de aterrizaje para naves espaciales”.

ARQUEÓLOGO:
Una frase muy potente… y completamente falsa. Las líneas no están diseñadas para soportar peso ni para guiar ningún aterrizaje. Son trazados rituales, relacionados con creencias religiosas y con el agua, algo vital en esa región.

LOCUTOR:
Pero solo se aprecian bien desde el aire.

ARQUEÓLOGO:
Ese es un mito. Se pueden recorrer a pie y se pueden planificar desde el suelo con métodos muy simples. No hace falta volar para dibujar geometría.

LOCUTOR:
Von Däniken también afirmaba que los antiguos dioses eran en realidad extraterrestres malinterpretados.

ARQUEÓLOGO:
Y ahí entramos en un terreno delicado. Esa idea ignora el simbolismo religioso. Los dioses no eran descripciones literales; eran formas de explicar fenómenos naturales, el orden del cosmos, la vida y la muerte.

LOCUTOR:
Entonces, ¿ningún visitante del espacio en la Antigüedad?

ARQUEÓLOGO:
No hay una sola prueba arqueológica que lo respalde. Ninguna. Lo que sí hay son toneladas de evidencias de ingenio humano.

LOCUTOR:
Algunos oyentes dirán que la arqueología “no quiere aceptar” estas teorías.

ARQUEÓLOGO:
La arqueología acepta cualquier idea… si viene acompañada de pruebas. El problema es que estas teorías parten de una premisa peligrosa: que nuestros antepasados no eran capaces.

LOCUTOR:
Y eso no es cierto.

ARQUEÓLOGO:
Exacto. Las primeras civilizaciones no necesitaron extraterrestres. Necesitaron tiempo, conocimiento acumulado y cooperación. Y eso, francamente, es mucho más impresionante.

LOCUTOR:
Doctor Ruiz, gracias por ayudarnos a separar la ciencia del mito.

ARQUEÓLOGO:
Gracias a vosotros. Y recordad: el pasado humano ya es extraordinario… sin añadirle ovnis.

(Sintonía de cierre.)

sábado, 10 de enero de 2026

El fantasma de Oskar Schindler nos invita a pasear por el gueto de Cracovia.


Dramatización

Atardece en Cracovia. Las sombras se alargan sobre el empedrado del antiguo gueto, en Podgórze. Un turista contemporáneo consulta su móvil. De pronto, el aire se enfría. Una figura translúcida, con abrigo oscuro y mirada cansada, aparece a su lado.

FANTASMA (OSKAR SCHINDLER)
No mires la pantalla. Aquí, la historia no cabe en un rectángulo de vidrio. Ven. Camina conmigo.

TURISTA
(Se sobresalta) ¿Quién…?

FANTASMA
Fui industrial. Fui oportunista. Fui, a ratos, valiente. Me llamo Oskar Schindler. Y este lugar aún me habla.

Avanzan hacia la Plaza de los Héroes del Gueto. Las sillas de metal brillan, inmóviles.

FANTASMA
¿Ves las sillas? No son bancos. Son ausencias. Aquí esperaron quienes no sabían si volverían a sentarse en su casa. Cada una es un nombre que el viento aprendió a pronunciar.

TURISTA
Es… abrumador.

FANTASMA
Debería serlo. La comodidad es enemiga de la memoria.

Cruzan hacia la Farmacia del Águila.

FANTASMA
Aquí, Tadeusz Pankiewicz vendía más que medicinas. Vendía humanidad. Un frasco podía ser un salvoconducto. Una palabra, un gesto, una noche más de vida.

TURISTA
¿Usted también…?

FANTASMA
Aprendí tarde. Al principio contaba beneficios. Luego conté personas. La contabilidad cambia cuando entiendes el precio real.

Se detienen ante un tramo del muro del gueto, con forma de lápida.

FANTASMA
Este muro no solo encerraba cuerpos. Intentaba encerrar el mundo. Fracasó. Siempre fracasa.

TURISTA
¿Qué queda por hacer hoy?

FANTASMA
Caminar despacio. Nombrar. No pasar de largo. Y cuando alguien diga “nunca más” como consigna vacía, recordarle que es una tarea diaria.

La figura se vuelve más tenue.

TURISTA
¿Se quedará?

FANTASMA
Yo no. Pero ellos sí. Escúchalos.

El fantasma desaparece. El turista guarda el móvil. Se sienta en el borde de una silla de metal, en silencio. La plaza respira.

 

ramatización

Atardece en Cracovia. Las luces son suaves. Un turista contemporáneo camina por el barrio de Podgórze, mirando su móvil y un mapa. De pronto, siente un escalofrío. A su lado aparece un hombre elegante, con abrigo oscuro y sombrero antiguo. Es el fantasma de Oskar Schindler.

TURISTA
(distraído)
Qué lugar tan tranquilo… cuesta creer todo lo que pasó aquí.

SCHINDLER
(con voz serena)
La tranquilidad también puede ser una forma de memoria. Buenas tardes.

TURISTA
(sobresaltado)
¡Dios mío! ¿Usted es…?

SCHINDLER
Oskar Schindler. O, lo que queda de mí. Veo que estás paseando sin saber del todo por dónde caminas. ¿Me acompañas?

TURISTA
(asombrado, nervioso)
Creo que no podría decir que no.

Caminan despacio.

SCHINDLER
Aquí estuvo el gueto judío de Cracovia. No siempre fue silencio. Hubo niños jugando, rezos en voz baja, hambre, miedo… y esperanza, incluso entonces. Mira esas placas en las paredes: cada una es una vida.

TURISTA
He leído sobre el gueto, pero estar aquí es distinto. Pesa.

SCHINDLER
Debe pesar. Si no, algo falla.
(se detiene frente a la Plaza de los Héroes del Gueto)
¿Ves esas sillas vacías? Representan a quienes fueron arrancados de aquí. Familias enteras. Nadie se levantó de esas sillas por voluntad propia.

TURISTA
(tragando saliva)
Es imposible no imaginarlo.

SCHINDLER
Eso es lo importante: imaginar, recordar, no pasar de largo. Yo no fui un santo. Fui un hombre lleno de contradicciones. Pero aquí entendí que no hacer nada también es una elección.

Siguen caminando hacia la antigua fábrica.

SCHINDLER
En ese edificio trabajaron judíos que, gracias a un papel con nombres —una simple lista—, lograron sobrevivir. No fue heroísmo puro. Fue humanidad en medio del horror.

TURISTA
Hoy es un museo… la gente entra, sale, toma fotos.

SCHINDLER
Y está bien, si salen distintos a como entraron. El pasado no pide culpa eterna, pide responsabilidad.

Schindler se detiene. La luz sobre él se atenúa.

SCHINDLER
Mi tiempo aquí termina. El tuyo continúa. Cuando camines por estas calles, recuerda que no son solo piedras antiguas: son testigos.

TURISTA
Lo haré. Se lo prometo.

El fantasma asiente levemente y desaparece. El turista queda solo, en silencio, guardando el móvil y mirando alrededor con otros ojos.

Oscuro.


viernes, 9 de enero de 2026

Marco Aurelio, el emperador estoico, y su hijo Cómodo.


 La tarde caía sobre el Palatino con una luz cansada, casi polvorienta. Desde el peristilo se oían risas apagadas y el choque metálico de las armas de práctica. Cómodo se aburría rápido de todo; hoy, más rápido que de costumbre.

Marco Aurelio estaba sentado en un banco de mármol, envuelto en una clámide sencilla, impropia de un emperador. Tenía un rollo de papiro en la mano, pero no lo leía. Miraba, más bien, hacia dentro. A su lado, de pie, el liberto Polidario, instructor del joven César, aguardaba con respeto contenido.

—Se ha marchado otra vez —dijo Polidario, rompiendo el silencio—. Dice que los ejercicios del espíritu no fortalecen el brazo.

Marco Aurelio esbozó una sonrisa leve, sin ironía.

—El brazo se fortalece con el uso —respondió—. El alma, con la resistencia. Y eso es algo que cuesta más explicar.

Polidario dudó un instante.

—Augusto… si me lo permites… ¿cómo debo enseñarle lo que ni siquiera desea escuchar?

El emperador apoyó el rollo en el banco y levantó la vista hacia el cielo, donde las primeras estrellas comenzaban a imponerse a la luz.

—Enséñale, Polidario, aunque no aprenda. El deber del maestro no es vencer, sino ofrecer. El resto no nos pertenece.

Polidario frunció el ceño, intrigado.

—Eso… ¿es estoicismo?

Marco Aurelio asintió despacio.

—En parte. El estoicismo comienza ahí: en distinguir con absoluta claridad lo que depende de nosotros y lo que no. —Golpeó suavemente el mármol con los nudillos—. No dependen de mí los gustos de mi hijo, ni su impaciencia, ni su desprecio por la reflexión. Dependen de mí mis palabras, mi ejemplo y mi constancia.

Polidario bajó la mirada, pensativo.

—Entonces no se trata de endurecerse.

—No —corrigió Marco Aurelio—. Se trata de no mentirse. El mundo no está hecho para complacernos. El dolor, la pérdida, la ingratitud… todo eso llega sin pedir permiso. El estoico no huye de ello, pero tampoco se deja gobernar. Aprende a decirse: “Esto ha ocurrido. Ahora, ¿qué haré yo con ello?”

Un grito de júbilo interrumpió la conversación: Cómodo había derribado a uno de sus compañeros y celebraba la victoria con exageración teatral. Marco Aurelio lo observó sin dureza, con una tristeza serena.

—¿Y sus Meditaciones? —preguntó Polidario en voz baja—. He oído decir que escribe para los dioses.

Marco Aurelio negó suavemente con la cabeza.

—No escribo para los dioses. Escribo para no olvidarme de mí mismo.

Tomó de nuevo el rollo y lo desenrolló apenas.

—Ahí me recuerdo cosas simples, Polidario. Que soy mortal. Que el poder es prestado. Que la cólera promete fuerza y solo entrega debilidad. Que nadie hace el mal a propósito, sino por ignorancia de lo que es bueno.

Polidario alzó la vista, sorprendido.

—¿Incluso Cómodo?

Marco Aurelio tardó en responder.

—Especialmente él. —Cerró el rollo—. En mis notas me repito que debo ser paciente, justo, y firme. No para parecer un buen emperador, sino para ser un buen hombre… incluso cuando nadie mira, incluso cuando mi propio hijo no escucha.

El ruido de las armas cesó. Cómodo se acercó, sudoroso, con gesto displicente.

—Padre, ¿seguimos perdiendo el tiempo en palabras? —dijo—. Polidario habla demasiado.

Marco Aurelio se levantó con calma.

—Las palabras pasan —respondió—. El carácter queda.

Cómodo se encogió de hombros y se alejó de nuevo.

Polidario lo siguió con la mirada, inquieto.

—¿Y si nunca aprende?

Marco Aurelio respiró hondo, como quien acepta una verdad ya conocida.

—Entonces yo habré aprendido esto: que la virtud no depende del éxito. —Le puso una mano en el hombro—. Ese, Polidario, es el corazón del estoicismo. Vivir conforme a la razón y a la naturaleza… no para controlar el mundo, sino para no perderse uno mismo dentro de él.

La noche terminó de caer sobre Roma. Y, por un instante, el emperador pareció más un alumno de la vida que su soberano.

jueves, 8 de enero de 2026

La cultura de El Argar.

 


Entrevista imaginaria con el arqueólogo Dr. Martín Salgado, especialista en la Edad del Bronce peninsular

Periodista: Doctor Salgado, para situarnos, ¿qué fue exactamente la cultura de El Argar?

Dr. Salgado: El Argar —o cultura argárica— fue una sociedad de la Edad del Bronce desarrollada en el sureste de la península ibérica, aproximadamente entre el 2200 y el 1550 a. C. Ocupó zonas de las actuales Almería, Murcia, Alicante, Granada y Jaén. Hoy sabemos que no fue una cultura más: fue una de las sociedades más complejas y jerarquizadas de la Europa prehistórica.


Periodista: Se habla a menudo de su carácter militar. ¿Está justificado?

Dr. Salgado: Absolutamente. El Argar es, con los datos actuales, una de las primeras sociedades claramente militarizadas de Europa occidental. Lo vemos en varios indicios: asentamientos fortificados en cerros, armas estandarizadas —espadas, alabardas, puñales—, y sobre todo en los ajuares funerarios. Las tumbas no son iguales: algunas contienen armas y objetos de prestigio, otras apenas cerámica. Eso nos habla de una élite guerrera que concentraba el poder.


Periodista: ¿Podríamos decir que fue una sociedad violenta?

Dr. Salgado: Más bien estructuralmente coercitiva. No tenemos evidencias de batallas masivas constantes, pero sí de una organización social basada en la amenaza del uso de la fuerza. El control del territorio, de los recursos agrícolas y metalúrgicos, y de las personas, parece haber estado en manos de una minoría armada. En ese sentido, algunos colegas hablamos de una sociedad “protoestatal” con rasgos claramente autoritarios.


Periodista: Ha mencionado desigualdad. ¿Hasta qué punto era extrema?

Dr. Salgado: Muchísimo. El Argar rompe con la relativa igualdad del Neolítico anterior. Hay tumbas de niños con objetos de poder, lo que indica que el estatus se heredaba. También hay enterramientos sin ajuar alguno, incluso dentro de las propias viviendas, lo que sugiere una población sometida. Algunos investigadores no dudan en hablar de una sociedad cercana a lo que hoy llamaríamos distópica: control del cuerpo, del trabajo y del futuro desde el nacimiento.


Periodista: ¿Distópica en qué sentido?

Dr. Salgado: Pensemos en esto: vivían bajo vigilancia, en poblados fortificados; el acceso a armas y metales estaba restringido; la desigualdad era visible incluso en la muerte; y todo indica que la producción estaba organizada para sostener a una élite. No es una utopía comunitaria, sino un sistema duro, eficiente y poco amable para la mayoría. Una distopía sin propaganda, pero muy real.


Periodista: Sin embargo, también se ha hablado de política y de instituciones. Incluso de un “primer parlamento” europeo. ¿No es exagerado?

Dr. Salgado: Es una afirmación provocadora, pero no absurda si se matiza. En el yacimiento de La Almoloya (Murcia) se descubrió una gran sala con bancos corridos, capacidad para decenas de personas y un ajuar asociado al poder político. No es una casa cualquiera. Muchos pensamos que era un espacio de reunión formal, donde la élite tomaba decisiones.


Periodista: ¿Un parlamento en plena Edad del Bronce?

Dr. Salgado: No un parlamento democrático, desde luego. Pero sí un lugar institucionalizado para deliberar, negociar o legitimar decisiones. En ese sentido, podría ser uno de los primeros espacios políticos formales conocidos en Europa. Y eso es fascinante: una sociedad autoritaria que, aun así, necesitaba consenso interno entre los poderosos.


Periodista: ¿Qué nos dice El Argar sobre los orígenes de Europa?

Dr. Salgado: Que la complejidad no siempre nace de la cooperación voluntaria. A veces surge de la coerción, del miedo y de la desigualdad. El Argar nos recuerda que la historia europea no empieza con ciudades libres y asambleas abiertas, sino también con jerarquías duras, control militar y sistemas que hoy nos resultarían inquietantes.


Periodista: Para terminar, ¿por qué sigue siendo tan relevante estudiar El Argar?

Dr. Salgado: Porque nos obliga a mirarnos al espejo. Nos muestra que conceptos como Estado, ejército, clase social o incluso parlamento tienen raíces muy antiguas, y no siempre luminosas. Entender El Argar es entender que el pasado no fue simple… y que algunas preguntas incómodas vienen de muy lejos.


Joachim Patinir, el paisajista flamenco del siglo XVI.

 


Entrevista imaginaria con un experto en arte flamenco

Entrevistador: Hoy tenemos el placer de conversar con el doctor Hendrik Van der Meer, historiador del arte y especialista en pintura flamenca del siglo XVI. Doctor, gracias por acompañarnos.

Experto: El placer es mío. Hablar de Joachim Patinir siempre es una excelente excusa para perderse en paisajes… literalmente.


Sobre Joachim Patinir

Entrevistador: Empecemos por el artista. ¿Quién fue Joachim Patinir y por qué es tan importante?

Experto: Patinir fue uno de los grandes innovadores del Renacimiento flamenco. Activo principalmente en Amberes a comienzos del siglo XVI, es considerado uno de los primeros pintores especializados en el paisaje como protagonista, no solo como fondo decorativo. Antes de él, el paisaje servía a la escena; con Patinir, la escena casi parece servir al paisaje.


El cuadro de San Cristóbal

Entrevistador: Uno de sus cuadros más conocidos es San Cristóbal. ¿Qué vemos realmente en esa obra?

Experto: A primera vista, vemos a San Cristóbal cruzando un río con el Niño Jesús sobre los hombros. Pero lo fascinante es que la figura del santo, aunque central, es casi pequeña frente a la inmensidad del paisaje. Montañas rocosas, caminos serpenteantes, pueblos diminutos, el río que se abre paso… todo invita al espectador a “viajar” con la mirada.


Simbolismo del paisaje

Entrevistador: ¿Qué simboliza ese paisaje tan amplio y detallado?

Experto: En Patinir, el paisaje no es neutro. Representa el camino de la vida cristiana. El río que cruza San Cristóbal es el mundo terrenal, peligroso e inestable. Las montañas abruptas simbolizan las dificultades espirituales, mientras que los caminos que se bifurcan al fondo aluden a la elección entre la salvación y la perdición. El tamaño reducido de las figuras humanas refuerza una idea muy medieval: la pequeñez del hombre frente a la creación divina.


La leyenda de San Cristóbal

Entrevistador: Para entender mejor el cuadro, ¿podría recordarnos la leyenda de San Cristóbal?

Experto: Claro. Según la tradición, Cristóbal era un hombre de enorme fuerza que deseaba servir al señor más poderoso del mundo. Tras varias decepciones, acaba sirviendo a Cristo sin reconocerlo, ayudando a la gente a cruzar un río peligroso. Un día carga a un niño que se vuelve cada vez más pesado; al llegar a la otra orilla, el niño se revela como Cristo y le dice que ha cargado con el peso del mundo. Es una metáfora potentísima del servicio humilde y de la fe.


Durero y su encuentro con Patinir

Entrevistador: Cambiemos de foco. ¿Qué relación tuvo Patinir con Alberto Durero?

Experto: Una relación breve pero muy significativa. Durero visitó los Países Bajos en 1520–1521 y pasó por Amberes, donde conoció a Patinir. De hecho, lo menciona en su diario con gran admiración, llamándolo “ein guter Landschaftsmaler” —un gran pintor de paisajes—, algo muy revelador viniendo de alguien tan exigente como Durero.


Influencias y reconocimiento

Entrevistador: ¿Influyó este encuentro en la historia del arte?

Experto: Sin duda. El reconocimiento de Durero ayudó a legitimar el paisaje como género autónomo. Además, muestra que Patinir no era solo un pintor local, sino una figura respetada internacionalmente. Ese diálogo entre el arte flamenco y el alemán enriqueció a ambos mundos.


Cierre

Entrevistador: Para terminar, ¿cómo deberíamos mirar hoy el San Cristóbal de Patinir?

Experto: Con calma. No como una escena aislada, sino como un mapa espiritual. Patinir nos invita a recorrer el cuadro como San Cristóbal recorre el río: paso a paso, atentos al peso que cargamos y al camino que elegimos.

Entrevistador: Doctor Van der Meer, muchas gracias por esta conversación tan iluminadora.

Experto: Gracias a usted. Y cuidado: los paisajes de Patinir enganchan.

¿Pueden reconstruir los arqueólogos una batalla de la que no hay testimonios escritos?

  Hoy en día sí se puede reconstruir, hasta cierto punto, una batalla del siglo III entre tribus germánicas y romanos a partir de sus restos...