lunes, 17 de mayo de 2010

¿En qué creían los hombres de la Edad Media?


Todos creemos saber, de las escasas y poco detalladas clases que la educación de Secundaria dedica al estudio del medievo, que salvo por las guerras, fueron 1000 años de lo más aburrido. Claro que lo dicen los mismos profesionales que, con el país lleno de magrebíes, no hacen nada por explicar las aportaciones del pueblo musulmán a nuestra identidad nacional. ¿Alguno de ustedes conoce algún gobernante de Al Andalus? ¿No, verdad?

El caso es que la gente de la Edad Media era tan contestataria como nosotros, por lo menos en lo tocante a la religión. Los clérigos tenían la obligación de educarles al respecto mediante ejemplos prácticos, llamados exempla. Para muchos siervos, el cura de su parroquia era lo más parecido que iba a haber a un educador en sus vidas.

Claro que para mucha gente los votos eclesiásticos - sobre todo el de castidad- eran un precio razonable a pagar si se quería estar cerca de las personas poderosas. Durante toda la Edad Media los prebostes y sus guardias reciben denuncias sobre monjes que juegan a los dados, asaltan a los viajeros - sí; eso se denunció en el sur de Inglaterra en el siglo XII- o visitan las tabernas.

A finales del siglo XIII, un sacerdote llamado Arnaud de Morlana es denunciado ante su obispo por un colega por dudar de la transustaciación de la sagrada hostia y la validez de las Escrituras.

A principios del siglo XIV, Pierre Clergue, un curita fornicador y demasiado amante del poder cae por proteger y simpatizar demasiado con los últimos cátaros en la aldea de Montaillou, en el sur de Francia.

Los obispos del siglo XIV habían tomado medidas muy severas. Visitaban regularmente las parroquias e interrogaban a los fieles sobre la gestión de los fondos, las actividades, y los pecados del vecindario. La mayoría de las denuncias eran de naturaleza sexual. Entre un 10 y un 30 por ciento de las denuncias versaban sobre no asistir a misa.

En la diócesis de Lincoln, en el norte de Inglaterra, se denunció a varias personas por salir a cazar en horas de eucaristia. Tal fue el caso de Alicia Kesull, denunciada por salir a cazar cangrejos para complementar su dieta.

En Norfolk, los zapateros John y William Braine fueron denunciados por vender en hora de misa sus mercancias en las parroquias vecinas, donde se rezaba en grupo en otro momento.

Pero, como dije al principio de esta entrada, en la Baja Edad Media ya hay objetores de conciencia en materia religiosa. En Blunham, Inglaterra, John Inglie es denunciado porque "cuando el sacerdote elevó el cuerpo de Cristo, no mostró ningún respeto, sino que bajó la cabeza y empezó a reirse de forma estúpida". Richard Lillyngton, de Castle Combe, admitió ante su obispo que "siempre que en la iglesia hay sermones, yo prefiero ir a la taberna".

Y, por Belcebú, hay ateos. Con la que les puede caer encima... El cronista Alpert de Metz, a principios del siglo XI, relata una conversación de taberna en la que un hombre afirma "que el alma no es nada, y su último aliento se dispersa por completo en la brisa".

En 1492, Thomas Tailour fue sentenciado a penitencia, por decir en público "que cuando el cuerpo de un hombre o una mujer muere, también lo hace su alma, ya que como la llama de una vela se consume al arrojarla lejos o al soplar o agitarla, también el alma se consume al morir el cuerpo".

En el siglo XIV, nos encontramos con el empirismo al servicio del pensamiento ateo. La investigadora es una mujer analfabeta del sur de Francia, Guillaumette de Orlonac. Dijo a sus vecinos que el alma no era otra cosa que sangre y viento. La mujer llegó a esta conclusión tras dos experimentos de vital importancia. En una ocasion se había dado un golpe en la nariz y había empezado a sangrar; en la segunda, observó detenidamente al hijo moribunde de una amiga para ver si el alma salía por su boca en el momento de su muerte. Al percibir tan solo una expiración, llegó a la conclusión de que esa era el alma y que, por lo tanto, no había voda después de la muerte.

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