miércoles, 30 de junio de 2010

Samurais.


Sí. Ya sé que hablé de estos guerreros en una entrada anterior. Pero como me aburro, y esta sensación es tediosa, me pongo a recalcar lo que ya dije un año anterior.



"Abrid paso al samurai", grita el criado. Los habitantes de Edo se hacen a un lado, mientras un hombre armado con una espada ligeramente curva y un puñal corto, se limita a avanzar. Sólo él, después de la Caza de la Espada del siglo XVI, esta autorizado a portar armas en Japón.

Viste un kimono, con unos pantalones holgados, a modo de falda, y una chaqueta corta. La parte superior de su cabeza está rapada, mientras que el pelo de los lados de su cabeza y su nuca están recogidos en un coqueto moño.

El Estado no exige a este hombre que trabaje: solamente se conforma con que se mantenga en forma, aunque podría aceptar alguna tarea renumerada para completar su estipendio de arroz anual. Y si algún insensato le falta el respeto, puede matarlo allí mismo, sin mediar explicación alguna, y sin miedo a un castigo por parte de las autoridades. Claro que rara vez llegan a un comportamiento tan extremo ante las ofensas. La mayor parte de ellos son arrogantes pero nunca homicidas.
Aunque estamos en el siglo XVIII, creo que vamos a retroceder un poco en el tiempo, solo hasta el siglo X. Los primeros samurais eran guardias de la corte imperial o, sencillamente, las milicias contratadas por los señores de provincias. Los intentos de levantar un ejército de leva con los campesinos habían fracasada, por lo que se recurrió a los hijos de la pequeña aristocracia.

Pronto, ante la creciente debilidad de la fgura del emperador, se constituyeron dos poderosos clanes de samurais rivales: los Taira y los Minamoto. Los Minamoto se logran imponer a sus oponentes, y uno de sus líderes, Yoritomo, instaló una corte marcial en la aldea de pescadores de Kamakura.

Actualmente no queda nada que recuerde esta época de influencia en la región, nada salvo un túnel de árboles floridos que Yoritomo mandó plantar para pedir a los dioses que Masako, su esposa embarazada, diese a luz sin contratiempos.

La predilección de los samurais por los cerezos en flor y por las ceremonias sintoístas están relacionadas por la forma en que la tradición y la autodisciplina les obligaban a mirarse a sí mismos. Un japonés me lo explica: "La flor del cerezo no permanece en el árbol hasta marchitarse, sino que cae al suelo en sazón, del mismo modo en que un samurai estaba obligado a imaginarse a sí mismo cayendo en el campo de batalla".

Estos primeros guerreros aristócratas solían galopar hasta las líneas enemigas unas horas antes del inicio del combate para proclamar su linaje, y solicitar de este modo el honor de un combate individual.

"Eh, Soy Kajiwara Heizo Kagetoki. descendiente de quinta generación de Gongoro Kagemasa de Kamakura, célebre guerrero de la Región Oriental capaz de abatir a un millar de hombres. A los 16 años (...) tras recibir una flecha en el ojo izquierdo a través del casco, se la arrancó y mató con ella al tirador que la había disparado".

Una revista que leí en cierta ocasión - Clío Historia, creo- empezaba un artículo sobre la invasión de Japón por parte de los mongoles con un samurai acribillado por un jinete mongol mientras recitaba su genealogía. Ni combate individual, ni honor de clan, ni leches, Pelea o vete.

Las exhibiciones de este tipo fueron desapareciendo a medida que crecían los ejércitos y los ashigarus, soldados plebeyos de infantería, superaban a los jinetes de la aristocracia.
La llegada de los mongoles también supuso el final de la preponderancia de los arcos y el inicio de la gloria del sable.

El sable largo - la katana- medía 60 centímetros. El arma auxiliar, para los combates cuerpo a cuerpo y a pie, se llamaba wakizashi. Las señas de identidad de una espada japonesa son la curvatura - como el arco de la luna nueva- y una ondulada línea de temple llamada hamon, que separa el duro acero del filo del resto de la hoja, de un metal más blando.

Los Katanajaki- o maestros espaderos- estuvieron a punto de desaparecer de Japón tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Michihiro Tanobe, el conservador del Museo Nacional de la Espada, en Tokyo, nos explica las causas. "Los marines estadounidenses estaban asustados con estas armas, porque cuando ya tenían tomada una posición aparecía un soldado nipón esgrimiendo una espada al grito de Banzai, como si creyera en los poderes mágicos del poder de la espada. Cuando ocuparon Japón en la segunda mitad de los años 40, destruyeron muchísimas katanas de un valor histórico incalculable. Pero logramos esconder bastantes, y en 1953, se levantó la prohibición de poseerlas. ¿Saben que todavía se fabrican con las antiguas recetas de los maestros espaderos?".

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