sábado, 16 de octubre de 2010

La División Azul.


1940. No hace ni un año que la Guerra Civil Española ha terminado, y Franco está buscando un medio de devolver a Alemania las atenciones prestadas durante su desarrollo. Durante la Conferencia de Hendaya, el Caudillo había puesto un precio muy alto a la ruptura de hostilidades de España con Inglaterra: todos los territorios marroquíes bajo control francés. La oferta inicial de Hitler, que secretamente despreciaba a Franco, era la devolución de Gibraltar.

Los círculos del poder de El Pardo están divididos entre los franquistas y los falangistas, que postulan por una entrada definitiva en la guerra, siempre que los enemigos sean comunistas. Serrano Suñer, el cuñado del Caudillo, aboga por contribuir a la Operación Barbarroja con un contingente de falangistas voluntarios. De este modo se les da un hueso que morder y se les aleja de España. En una controvertida reunión a dos mangas, con abundantes gritos, el general Enrique Varela, llama "tonto" a Serrano Suñer, por defender una política que podría llevar a un enfrentamiento directo de la vulnerable y paupérrima España, contra una bien provista y superior Unión Soviética. Franco los mira ausente, mientras medita qué podría ser lo mejor para asegurarse el, mal afianzado todavía, poder.

Los falangistas responden con una manifestación en apoyo de Alemania. Inglaterra reacciona con un embargo de petróleo. Así que Franco da luz verde al proyecto de Serrano Suñer. Se reclutan los hombres entre una poca homogenea mezcla de campesinos analfabetos obligados a la fuerza, unos entusiásticos falangistas, dispuestos a hacer valer su baza en contexto internacional, los niños pijos de las gentes pudientes, etc...

Fueron todos ellos trasladados a Alemania, donde se les entrenó exhaustivamente. Hitler y su jefe militar Keitel habían planeado en principio trasladarlos al principal frente de operaciones: las maniobras para tomar Moscú. Pero las quejas de los mandos y los testimonios de los oficiales de las Waffen SS acerca de confraternizaciones con los civiles rusos, comentarios contra el trato recibido a la población judía, etc, hace que se cambien los planes para esta unidad. Hitler ya no los quiere en el meollo del asunto, sino en un frente de segunda categoría: las operaciones para hacer caer como una fruta madura Novgorod, más al norte.

Se calcula que las pérdidas entre heridos, muertos y prisioneros de guerra fueron del 56 por ciento. Entre las historias de valor y truculencia que podemos citar está la de la Compañía de Esquiadores, cuya misión de 11 días era socorrer a una posición alemana copada. Los esquiadores cruzaron un lago helado a una temperatura de 52º bajo cero. Sólo 12 hombres podían luchar al término del trayecto, de un total de 228. 18 de los Esquiadores perdieron bajo el serrucho de los cirujanos ambas piernas.

Cuando Joachim Von Ribentropp, el ministro de exteriores alemán, y el embajador de España en Berlín, Ginés Vidal y Saura, negocia la salida de las tropas españolas del conflicto, ambos tienen en cuenta que la batalla de Stalingrado lo ha cambiado todo. Los únicos españoles que se quedan en Rusia forman parte de la Legión Azul. ésta está encuadrada dentro de la 121 División Alemana de Infantería, al mando de Antonio García Navarro. Solamente permaneció un mes en el frente, enero de 1944.

España no se hizo cargo de los prisioneros españoles hasta 1954, cuando el poder de Franco en España era incuestionable. Paradojicamente, la derrota de Hitler había hecho imposible relegarlo a un papel secundario y honorífico. El gobernador Acedo Colunga imposibilitó el retorno triunfal a Madrid de muchos de los combatientes con dotaciones armadas de la policía en la barcelonesa Estación de Francia.

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