viernes, 15 de junio de 2012

La Compañía de los Mares del Sur.

Sigo con el tema de las burbujas económicas a lo largo de la Historia.
A principios del siglo XVIII, parece que se han hecho realidad los mejores deseos de generaciones de europeos. Tras la guerra por la Sucesión, los Habsburgo Occidentales han dejado de ser la dinastía reinante y han sido substituídos por Felipe de Anjou, un nieto de Luis XIV. La más interesante de todo el asunto para Inglaterra, que ha apoyado a Francia, es que puede hacer reclamaciones de guerra.
La nueva Aministración les concede el uso y disfrute del navío de permiso, un buque que los británicos pueden fletar y llenar de marcancias de la América Española a su antojo. Gran expectación en Londres, donde los Agentes de la Compáñía de los Mares del Sur venden la piel del león antes de haberla desollado.
El problema es que las ganancias, terminados de redactar los balances del primer año no dan para tanto, así que se opta por mentir. Por un lado se hace una publicidad engañosa sobreestimando las posibilidades de negocio en el Nuevo Mundo. Por otra se informa a los inversores de que no es uno únicamente el barco fletado, sino tres.
Las acciones empiezan a subir en Exchange Street, un callejón donde se compran y se venden las acciones de la Compañía. Cuando revienta la burbuja, el científico y director de la casa de la Moneda sir Newton dirá. "Puedo predecir el movimiento de los astros pero no la locura de la gente".
Mientras tanto en París otra desastrosa locura de inversores está sucediendo. Un escocés llamado Law había acabado con el patrón monetario creando las cartas bancarias. De repente un papel avalado por una casa de crédito valía tanto como las monedas de metal.
Law era un jugador que usaba las matemáticas, la estadística y su conocimiento sobre las leyes de la probabilidad para saltar la banca de las casas de juego. Fue en esos ambientes donde conoció al Regente de Francia, Felipe de Orleans. Le propuso su idea de las cartas bancarias.
Francia no es Inglaterra. Quiero decir que durante el Antiguo Régimen valía más ser que hacer, por lo que muchos aristócratas ociosos creyeron que las ganancias del Nuevo Mundo eran ilimitadas. Compraron cartas y acciones de la Compañía del Mississippi.
Era tal la demanda del producto, tal la codicia del Regente de Francia, y tal la estupidez de sus consejeros, que sacaron más acciones de las recomendables. Francia, tras la política agresiva del rey Luis XIV, debía más dinero del que podía recaudar con los impuestos.
Los criados empiezan a acosar a Law y sus auxiliares exigiendo  cartas y acciones para sus amos. El principe Conti, que no quiere esperar cola, con nobles de más bajo rango, decide retirar el dinero monetario, por lo que se le mima y se dan acciones por encima de las disponibles para un solo inversor.
Cuando los rumores de que no hay ganancias ni las habrá se disparan, el Regente ordena disfrazar como mineros camino de la Loisiana a unos mendigos a cambio de una comida caliente. Es en vano. La burbuja explota.
Law tendrá que huir de Francia. El Regente, que ha malogrado una idea tan brillante como la de los primeros billetes bancarios, saldrá indemne del asunto.                                                                      

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