viernes, 22 de febrero de 2013

Gadafi y el patrimonio arqueológico libio.

El preservador mira la estatua del emperador romano Septimio Severo, nacido en Libia, muy cerca de la colonia romana de Leptis Magna. No sabe muy bien qué hacer con ella. El dictador Gadafi ha muerto pero los nuevos amos del país no acaban de definirse. Todo es posible ahora. Los sueños y las pesadillas de un país están a la misma distancia. Nunca la sensación de mariposas en el estómago fue tan acongojante.
Gadafi era el hijo de un beduino que se pasó la vida luchando contra las tropas del general italiano Graziani. Cuando derrocó al rey Idris en 1969 tuvo la funesta idea de considerar que la historia de su país consistía en una oscura sucesión de dominaciones imperialistas europeas y un periodo de esplendor controlado por él. Por eso vivió de espaldas al pasado de su país como una colonia romana o como el territorio desde el que los cartagineses pusieron en jaque a la poderosa Roma. Todo lo que no tuviera que ver con el pasado beduino no tenía que ser considerado.
Libia es el territorio donde se encuentran las rinas de Leptis Magna. Esta ciudad trajo a Roma los gladiadores más duros y mejor entrenados, las animales destinados a morir a manos de los bestiarios en la arena, el ya desaparecido condimento conocido como silphium y un emperador, Septimio Severo.
La ciudad de Cirene era un reino gobernado en tiempos de la ocupación griega por la dinastía Batiada, que proporcionó 8 reyes y un usurpador. También fue el hogar de Simón de Cirene, el hombre que acompañó a Cristo en el tramo más empinado del camino al lugar donde sería crucificado.
El hecho de que Gadafi destruyera tantas edificaciones italianas y olvidara el pasado romano y griego de su nación hacen que casi tidas las ruinas estén intactas y que nadie las haya expoliado. En el lado negativo, nadie se ha formado como arqueólogo y parece que estos académicos son lo último en lo que piensan los ciudadanos libios en este momento.

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