lunes, 20 de enero de 2014

Matar a Prim.

Prim fue el típico político y militar español del siglo XIX. Derrochó valor desde el momento en que se alistó a los 19 años para combatir las aspiraciones carlistas. Lo mismo sitiaba Barcelona para poner fin a un levantamento que usaba voluntarios catalanes para combatir en Marruecos. Y conspiraba, conspiraba demasiado... O¨Donnel y Narváez pudieron contarnos tanto sobre el particular. Fue gobernador de Puerto Rico, donde reprimió levantamientos de esclavos.
En el plano internacional asistió como observador a la guerra de Crimea, de donde regresó con una condecoración y una espada entregada por el sultán otomano. También apoyó abritánicos y franceses contra Benito Juárez en México. De hecho, su esposa era mexicana.
En 1868, este conspirador nato y aventurero político, con la ayuda de los liberales republicanos y del general Serrano, otro conspirador, lideró una revolución que terminó con la reina Isabel II exiliada. La revolución Gloriosa estaba financiada por el Duque de Montpensier, al que se le había prometido el trono vacante.
El problema es que en 1870, no se sabe si por pragamatismo político o por qué, se busca un sustituto para Montpensier. Se ofrece la corona a los Duques de Aosta y de Génova sucesivamente, pero la rechazan. Finalmente las cortes se deciden por un rey de la casa Saboya, Amadeo I. Montpensier y Serrano, así como los republicanos se sienten estafados. Esta vez Prim ha ido demasiado lejos. Y lo va a pagar.
Las Navidades de 1870 Prim deja las dependencias del Gobierno y toma una berlina para ir a su casa. Le han invitado a cenar los miembros de su logia masónica, pero desecha la oferta. Un compañero de intrigas en el asunto de la destitución de Isabel II, José Paul y Angulo, le dice con tono amenazador: "A cada cerdo le llega su San Martín". El periodista Bernado García le había mandado una escueta nota indicando que se estaba cociendo una conspiración contra él. Como es su pan de cada día, Prim no cambia sus planes ni toma medidas de seguradad especiales.
La berlina presidencial enfila las calles de Madrid entre farolas débiles y rociones de nieve. Al entrar en la Calle del Turco (Hoy Marqués de Cubas) dos carretones de reparto cierran el paso a la berlina de Prim. Un grupo de enmascarados armados con trabucos, supuestamente contratados en el Café de Correos por José María Pastor, el jefe de escoltas del general Serrano, se abalanzan por los costados del carruaje y disparan a través de la portezuela abierta. Una bala atraviesa la mano de Prim. Un dedo se va a hacer puñetas. Ninguna bala es letal a corto plazo. El cochero cruza la mejilla de uno de los embozados con su látigo.
Posteriormente se detendría a una veintena de hombres, todos relacionados con Serrano. 7 de ellos fallecieron en prisión y los otro 12 murieron en extrañas circunstancias durante los días siguientes. Ninguno habló.
Prim sobrevivió dos días antes de morir en la cama, tras una fiebre altísima, de infección. Como le diría a su esposa: "No sé quién está detrás pero no es una mano republicana o liberal". Fue el primer presidente del Gobierno español muerto en atentado. Las circunstancias misteriosas de su muerte lo equiparan a la posible conspitación contra John Fiztgerald Kennedy.

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