miércoles, 18 de noviembre de 2015

Stalin y Hitler durante la Primera Guerra Mundial.

"Para Hitler, la guerra era un regalo del cielo", sostiene Ian Kershaw, biógrafo del dictador alemán. "Supuso encontrar una especie de empleo fijo y sobre todo una sensación de pertenencia". Hasta entonces había sido un fracasado aspirante a artista de 25 años, que se acababa de mudar a Munich. Componía poemas pésimos y vivía de pintar postales. Se alistó el 5 de agosto de 1914. Lo destinaron al batallón List, formado por reclutas sin experiencia militar.
El 29 de octubre de 1914 su unidad de 3600 hombres pasó a ser una unidad de 611 supervivientes, tras un bautismo de fuego en Bélgica. Hitler era un correo con la graduación de cabo. Ese puesto le salvaba de morir en la tierra de nadie y le daba la ocasión de leer y pintar pero, como todos los correros, se jugaba la vida llevando mensajes en bicicleta a lo largo de la línea del frente. De 60 correos de la unidad List solo cuatro, entre ellos Hitler, recibieron la Cruz de Hierro de segunda en 1914, y en 1918, la de primera clase.
Le hirieron en una pierna y en 1918 recibió la noticia del armisticio en un hospital de campaña de Pomerania, donde se recuperaba de una ceguera provocada por un ataque con gas.

Stalin no combatió porque estaba preso en Siberia a causa de sus actividades políticas. En 1914 estaba destinado en Kureika, una població al norte del Círculo Polar Ártico de 67 habitantes. "Se sentía irrelevante, frustrado y prometido en matrimonio a una adolescente de 13 años a la que había dejado embarazada", dice el historiador Sebag Montefiore.
Escapó del matrimonio gracias a la guerra. Se ofreció voluntario para ir al frente, sabiendo que los reclutadores no le aceptarían por tener un brazo más corto que el otro. Pero eso sirvió para que le trasladaran a la civilizada Kasnoyarks, una ciudad industrial. Estaba destarrado en Achinks cuando se enteró de la abdicación del zar Nicolás II.

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