lunes, 21 de diciembre de 2015

El puente de los espías, de Steven Spielberg.

Estados Unidos, 1957. James Donovan ( interpretado por Tom Hanks) es un simple abogado de seguros, un hombre normal. Un día es elegido para defender ante los tribunales al espía soviético Rudolp Abel, un hombre al final de su vida, al que en la cinta conocemos más por su capacidad pictórica que por sus actividades clandestinas.
A finales de los años 50 los Estados Unidos están asutados por la posibilidad de un ataque con armas nucleares, por lo que la gente quiere ver en la silla eléctrica al bueno de Abel. Donovan tiene que recordar a los ciudadanos estadonidenses que el caso de este anciano amable no es como el de los Rosemberg, puesto que Abel no ha traicionado a su país, e incluso ha rechazado las ofertas para ser un agente doble.
En la otra punta del mundo, el piloto Francis Gary Powers es derribado de un avión espía sobre suelo soviético. Va a parar a una celda inundada y es interrogado. Tal como Abel, no suelta prenda.
Es entonces cuando a los dos bloques se les ocurre la idea de un intercambio en Berlín, donde se está construyendo un muro para que nadie pueda huir de los sueños socialistas y del paraíso de los trabajadores. Donoven tendrá que cruzar ese Muro a diario para negociar con alemanes de la RDA y funcionarios soviéticos el intercambio de Abel por Powers y por Pryor, un estudiande de Económicas detenido por la STASI.

Nota:
Dicen en Filaffinitty que la película es maniquea y patriotera. Yo creo que muestra tanto el fanatismo alimentado por la histeria ante un ataque nuclear que no llegó - y que nadie deseaba- de los norteamericanos como la frialdad de alemanes de la RDA y soviéticos. Pero dejemos clara una cosa, en la película todo el mundo intenta proteger a los suyos.
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