lunes, 6 de febrero de 2017

300 Aniversario del nacimiento de Carlos III de Borbón

-Quédaos quieto, Su Majestad. Que enseguida terminamos.- trata de sosegar a su modelo de un cuadro oficial el pintor de Cámara Mengs.
Carlos III de Borbón suspira. No quiere posar para un retrato. Y mucho menos vestido con una anacrónica armadura repujada, que no tiene nada que ver con su carácter. Él es un rey ilustrado, que cuando va a la guerra, lo hace contra su voluntad.
Es un monarca rutinario y gris, aunque con eso no quiero decir que no sea uno de los más brillantes monarcas españoles. Se levanta temprano, oye misa, desayuna una jícara de chocolate caliente y entonces ya está listo para recibir a sus ministros y despachar los asuntos del Reino. Se ha rodeado del mejor equipo de asesores, con gente capaz, que entiende de la gravedad de esa España del siglo XVIII, que trata de regenerarse en el siglo de la Razón.
En realidad, medita Carlos de Borbón, si todo hubiera salido como planeó su padre, a él no le correspondería estar en el trono. Felipe V abdicó en su hijo Luís I, pero tuvo que volver al trono a causa de la muerte del muchacho. Su hemanastro Fernando VI sucedió al padre de ambos tras su muerte, pero su salud mental se deterioró a consecuencia de la muerte de su esposa.
Felipe V quiso para Carlos el trono de Polonia. Los reyes polacos eran elegidos por sufragio nobiliario, no sometidos a ninguna política dinástica. Pero Francia y Austria no quería a Carlos de Borbón en ese trono. Tras la firma del Primer Pacto de Familia, una alianza con Francia en contra de Austria y el Sacro Imperio Germánico, pudo ocupar el trono de Nápoles.
Buenos tiempos los de Nápoles... Tan lejanos ya. Recuerda el fusil automático de caza que le preparó uno de los hombres del Siglo de las Luces más enigmáticos que haya en Italia: Raimondo di Sangro, el principe de Sansevero. El tipo era capaz de hacer fuegos artificiales que tomaban formas de animales en el cielo de la bahía de Napoles.
Y Alcubierre, el primer arqueólogo... Ahora estaría sin duda excavando en las ruinas de Pompeya, el Oplontis, en el puerto del lugar que una vez se llamo Herculano o en las villas de Stabiae.
Pero murió Felipe V y tuvo que reinar en España. Se había casado con María Amalia de Sajonia. Tuvo que enviar una carta a su padre describiendo su primera relación íntima, pero luego pudieron ser la pareja más feliz del mundo. Cuando murió, el rey se había quedado a solas con su cuerpo sin vida y se había limitado a decir:
-Es el primer disgusto que me das, Amalia, querida mía.
En política exterior Carlos III participó en la Guerra de los Siete Años apoyando a Francia. También apoyó a los colonos americanos de forma solapada por medio de corsarios en su lucha contra Gran Bretaña. Recuperó Florida y Menorca, pero los ingleses se negaron a restituir Gibraltar. Contó en America con las misiones del padre Junípero Serra, con los soldados de Galvez y con Gardoqui, el primer embajador español en los Estados Unidos.
Los jesuitas le buscaron un disgusto en Paraguay, tras el reparto de tierras estipulado en el Tratado de Madrid de 1750. Se empeñaban en no abandonar a su suerte a los indios guaraníes. Los bandeirantes portugueses eran esclavistas, claro, pero Portugal era una nación soberana. dirigida con mano de hiero por el marques de Pombal, y un acuerdo es un acuerdo.
En marzo de 1766 hubo una revuelta en Madrid por una nimiedad. Harto de los majos embozados, que cometían tropelías ocultos bajo una capa más grandes que ellos y con un gorro ancho, decretó que debían vestir a la francesa. Es decir, con casaca entallada y tricornio de tres picos. Hubo una rebelión. Aparecieron pasquines estúpidos en los que se sugería a Carlos III, no, se le ordenaba, expulsar al ministro Esquilache y licenciar a la Guardia Valona. En realidad, piensa Carlos III, que no es tonto, era una pendencia por el precio del grano. Pero era él el Rey, el que mejor sabía lo que convenía a la plebe.
Destituyó a Esquilache y al marqués de La Ensenada y expulsó a los jesuitas, que eran los que habían impreso esos sediciosos pasquines. Lo sustituyó en el cargo el conde de Aranda.

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